miércoles, 20 de junio de 2007

La Bailarina



La chica se ató la cinta de raso alrededor del tobillo. Una cinta de color rosa pálido, clara como sus carnes que últimamente evidenciaban, aún más si cabía, la fotografía de sus venas demasiado azules bajo la piel transparente. Medias de espuma rosa, tutú vaporoso, cuerpo ceñido y se diría que alas en vez de zapatillas con la punta bien dura, donde sus torturados piececitos encontraban un paradójico acomodo y se complacían en estirarse bien.
Había nervios ante el estreno. La muchacha resoplaba con ansiedad. Una compañera le espetó, sinceramente preocupada:

- Oye, ¿te encuentras bien?
- Sí, no te preocupes. Son los nervios. Falta ya muy poco.

Sí. Tenía razón; faltaba muy poco. El público había empezado a entrar desde hacía ya un rato, algunos mostrando escandalosamente la entrada en la mano; otros buscando su asiento con discreción. Los más, ayudados por los acomodadores, que, solícitos, agradecían con una sonrisa su presencia a los espectadores. Algunos de ellos, maleducados, ni siquiera daban las gracias.

La orquesta afinaba instrumentos. En el foso, violas y violines se ponían de acuerdo para que todo saliera perfecto. Uno de los músicos acariciaba su trombón igual que a la frente de su pequeña en las noches febriles de enfermedad. Otro se dedicaba a repasar la partitura. Dos de ellos miraban, curiosos, hacia el patio de butacas, trufado ya de espectadores que se disponían en pocos minutos a zambullirse en La bella durmiente del maestro Tchaikovsky.

Las muchachas se apuraban. Unas sonreían nerviosas mientras atusaban el pelo a alguna compañera patosa que no había aprendido aún a colocarse bien el moño, a pesar de algunos años de experiencia en las tablas. Otras repasaban mentalmente cada salto, cada pirueta, cada aplauso futuro que deseaban recibir. La bailarina no se encontraba bien. Pero calló. No dijo nada. No sería nada. El gran estreno se iniciaría en segundos.

Tras tres avisos, el teatro quedó a oscuras; algunos rezagados se daban prisa por tomar su asiento, abrigos y bolsos reposaron sobre las piernas de sus respectivos propietarios. Los miembros de la orquesta respiraron profundamente mientras el director recibía el aplauso del público. Todo estaba en marcha. El fabuloso amalgama de notas iba tomando forma sobre las tablas del viejo pero cuidado teatro. Las bailarinas volaban por encima del escenario. Perfectas cariátides frías por un lado pero llenas de calor a su vez. Delgadas, flexibles, demostrando lozanía y juventud arrebatadora y evocadora de buenos tiempos para algunas de las señoras que estaban disfrutando con el ballet.

Ella, preciosa, tan blanca y perlada de azul bajo su piel, se deslizaba con tal maestría, a pesar de su juventud, que estaba maravillando por momentos a aquellos que gozaban de tal espectáculo de música y danza. Deboulé, passe de basque, glissade… todos los pasos se confabulaban con alevosía calculada para conformar un espectáculo espléndido, mil veces ejecutado en la intimidad de los ensayos, y degustado por primera vez por los ojos del conmovido público.

La joven se desplomó de forma repentina. Sus ojos se cerraron, sus brazos cayeron desmadejados a ambos lados de su cuerpo, negándose a encumbrarlo, las manos unidas por encima de la cabeza, en un arco maravilloso y perfecto que hubiera hecho las delicias de los espectadores, arrebatados hacía un minuto, atónitos ahora. Sus piernas se aflojaron y las puntas decidieron, esta vez, no empinar a la de los torturados piececitos. La bella durmiente culminó así el papel más logrado de su vida.

Fue entonces, viéndola desmayada para siempre sobre las tablas, cuando alguna compañera reparó en lo insólito del azul de unas venas que pugnaban por escaparse de la piel transparente y tibia.

3 mordiscos a esta cereza:

Dr. Krapp dijo...

Leyendo su texto me vino a la cabeza aquella maravillosa película de Michel Powell y Emeric Pressburger, Las Zapatillas Rojas que recientemente he tenido la fortuna de conseguir por Internet. También me viene al recuerdo la preciosa escena final de Candilejas cuando el viejo Calvero muere cerca de donde está actuando Terry la bailarina. Un cuento a la que se le podría poner la música metálica pero hermosa de una de esas cajas chinas lacadas y con un hermoso paisaje en la tapa.

corsario sin patente dijo...

Leyendo, me vino a la mente el acontecimiento más trágico de mi vida: Estaba conversando como tantas veces con mi amigo y, sólo un segundo despues, murió.

Guinda de Plata dijo...

Gracias por pasarse por aquí, mi doctorcito y mi corsario.

Los lectores son los motores de aquellos a los que nos encanta juntar letras y hacemos de esto nuestra pasión.

Un cálido beso.

Belén.

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