viernes, 29 de junio de 2007

De tus manos


Adoro el perfume de tus manos. Es cálido, pero a la vez inquietante. Es dulce, pero a la vez salado. Cierro los ojos y las huelo después de habérmelas pasado por toda la piel, despacio, como a ti y a mí nos gusta, haciendo remolinos con tus dedos en el vello de mi sexo y dando pequeños tironcitos que me hacen sonreír.


Has pasado tus manos por mis pechos. Ellos casi rebotaron cuando desabrochaste mi sujetador: yo no quise hacerlo y dejé que fueras tú quien los aprisionara de su dulce tortura de encaje y satén. Los tuviste entre ellas. Los sopesaste, con cariño, calibrando una vez más su forma, el color y tamaño de sus pezones, sonriendo a ese lunar que aparece, divertido, como un visitante inesperado. Los acariciaste con dulzura, amasando suavemente sin lastimar, convencido de que el deseo crecería a medida que los ibas tocando. Sin brusquedad, con mesura.


Pasaste tus manos por mis brazos también sin prisa, recreándote en cada centímetro, paladeando con la vista el hueco opuesto al codo, aprovechando para pasar tu lengua por él. Mis hombros, mis brazos, mis antebrazos, mis muñecas que giraste para besar esas venas que pugnan por salir, tan azules bajo una piel fina… Y mis manos. Mis dedos largos, mis uñas sin pintar, mis palmas que abrí para dejar que depositaras besos una y otra vez, de nuevo mis dedos que se meten en tu boca como inesperados huéspedes.


Tus manos pasearon por mi espalda, delicada y lentamente, recreándose en cada curva, y te asemejaste al viajero, que, asombrado, llega por primera vez a una ciudad que sólo existió en sus sueños y comprueba que es más bonita de lo que nunca pensó. Desde el hueco de los riñones, bajas las manos a mis nalgas. Más curvas aún, más voluptuosidad que te va enardeciendo por momentos, hasta hacer que tus dedos también sean visitantes inesperados de oquedades por descubrir.


Y mi sexo… Tus dedos se deslizan por él, que hace rato que te espera, húmedo, cálido, deseando que el sueño de tus manos por mi cuerpo no se rompa como una frágil pompa de jabón; anhelando por momentos que consigan levantar suspiros de amor sin fin; esperando que consigan latigazos inolvidables de uno, dos, tres orgasmos que juntos celebraremos mirándonos a los ojos.


Por eso adoro el olor de tus manos. Porque huelen a mí.

5 mordiscos a esta cereza:

A. dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Raquel dijo...

Guindita, adoro seguir encontrándote por aquí. Te echo de menos, preciosa. Un besazo,

Raquel

Guinda de Plata dijo...

Un besito muy dulce, Raquel. No sabes cuánto me encanta verte por aquí. Sabes que te quiero tela, nena.

El mundo es tuyo, no dejes que se vaya, no lo dejes escapar...

Belén.

Luciérnago dijo...

Yo huelo las manos con las que he acaraciado a la persona que amo y su aroma impregnado me catapulta a universos infinitos en los que rememoro la felicidad que me proporciona.
Gracias por este relato.

Guinda de Plata dijo...

De nada, Luciérnago. Sé que para ti son muy importantes los olores: te conocí a través del Blog de El Mundo y precisamente decías que eras algo así como el protagonista de El Perfume. A mí me pasa igual: soy superolfativa, adoro los perfumes y me encanta el olor de una piel limpia.

Gracias por tus comentarios aquí y en otros post que he colgado. Y gracias por tu regalo en el post de Corazón loco.

Belén.

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