miércoles, 12 de noviembre de 2008

Para etiquetar en la cajita como: Guindillas picantes
sábado, 28 de junio de 2008
Han transcurrido sólo cuatro días desde nuestro último encuentro y me parece que ya ha pasado un mes. Echo de menos sus manos calientes, que, curiosas, habían revoloteado por todo mi cuerpo como descaradas libélulas.
Pienso en aquella tarde en que se me acercó por detrás mientras yo preparaba la ensalada. Le había invitado a comer sin ninguna pretensión como no fuera la de pasar un agradable rato de charla tras algún tiempo de no vernos. Me gustaba mucho su conversación, y tenía ganas de compartir críticas de cine, libros y música. Y por supuesto, sumergirme en el aceite profundo de sus ojos de oliva. Naturalmente, eso no estaba dispuesta a contárselo. Ni entonces, ni nunca.
I.-
Mientras hablaba con él por teléfono preguntándole sus preferencias para la comida, y contestándome un previsible y aburrido: “Me gusta todo; lo que tú elijas estará bien”, rebuscaba con la mirada en la frutería, tratando de acertar con la lechuga más fresca y con un melón que estuviera realmente dulce, cosa harto complicada a no ser que lo calara. Pensé que con olerlo me bastaría, así que, en cuanto me despedí de él hasta un rato después, acerqué mi nariz a aquel fruto ovoide y me embriagué con su olor fragante y delicioso de caramelo. Estaba en su punto.
La lechuga de hoja de roble, los tomatitos cherry, el aguacate, la zanahoria para rallarla en juliana… Todo formaría una ensalada formidable que sería el anticipo, junto con el melón con jamón, de un plato en el que la carne sería la protagonista. Una mouse de chocolate blanco sería el colofón perfecto a una comida que tenía que salir bien a la fuerza.
II.-
Me esmeré en la preparación del plato principal. Había pensado en un simple solomillo a las tres pimientas. Nada demasiado pesado ni elaborado; no quería ni salsas, ni nata, sino algo muy ligero y que pudiera dejar sitio al postre que habría de venir a continuación. Mientras fileteaba la pieza de solomillo, me complacía en pensar qué historias podrían surgir tras aquella comida de sábado, cuando en plena sobremesa estuviésemos degustando algún licor y de fondo oyéramos a Billie Holiday, nuestra favorita. Rápidamente me di una colleja mental pues no podía esperar más de aquel amigo que sólo sería eso, un amigo, fiel y en quien confiar, pero que nunca, por un pacto nunca hablado pero siempre respetado entre nosotros, traspasaría la frontera de la amistad y el amor… o el sexo.
Seguí añadiéndole amor a la carne mientras caía sobre ella la pimienta recién machacada en el molinillo. Al menos, el solomillo llevaría sobre sí la esencia de la pasión. Yo me imaginé como un trasunto de Tita de la Garza, la inolvidable protagonista de “Como agua para chocolate”. Yo, en aquellos momentos, era Tita.
III.-
Mientras, para ir abriendo boca antes de que él llegara, sonaba en el aire la voz desgarradora de la dama más triste del blues, comencé a cortar aquel melón fresco que embriagó el aire con sus notas dulces. Parecía, al soltar sus jugos, que lloraba mientras oía el estremecedor “Strange fruit”. Envolví cada porción con un poco de jamón, y dispuse aquellos trocitos tramposos en una fuente de diseño. Tramposos porque querían ser afrodisíacos. Tramposos porque luego, finalmente, lo fueron.
IV.-
La mouse montó definitivamente bien aunque en un primer momento tuve mis dudas, pues las claras al principio parecían reticentes a hacerlo. La fusión con el chocolate blanco fue mágica, y junto a los demás ingredientes se unieron en un baile que anticipaba derroche y lujo. Metí el dedo índice en la mezcla y lo chupé de forma voluptuosa. Imaginé traviesos lametones en sitios casi inaccesibles y encendí el ventilador. Me estaba empezando a entrar calor. Espolvoreé un poco de canela sobre la mouse y dispuse un par de palitos también de canela para que pusieran la guinda final. Dejé que la suave mezcla se fuera enfriando en la nevera mientras empecé a preparar la ensalada, que, deliberadamente, había dejado para el final.
V.-
Él ya había llegado y estaba tomándose una copa de vino mientras yo me peleaba con el rallador y una lustrosa zanahoria. Fue justo cuando empezaba a disponer las hojas de roble en una fuente de diseño. Noté sus manos sobre mi cintura y, aunque el “¿Te ayudo?” fue dicho sin maldad, a mí me sonó a cañonazo de inicio de la batalla, a trompetas y clarines de ángeles y a todo lo que quería que yo sonara. Me hacían falta unas manos como aquellas en mi cintura, sobre todo si eran las de él, pero tenía miedo a traspasar la frontera pactada. Aunque ardiera en hacerlo.
Me volví y rechacé con una sonrisa su solicitud de auxilio a la hora de montar el plato. Prefería que me montara a mí, si me permiten el chiste fácil, así que le mandé para el salón y que me esperara, que no iba a tardar más de un minuto. Las piernas me temblaban pero no quería que se me notara. Ya mi sonrisa era demasiado evidente. Me dio la impresión, en aquel instante, de que la ensalada se quedaría a medio preparar.
VI.-
Cuando han pasado cuatro días desde aquel encuentro, aún sonrío cuando recuerdo el desorden de ropas y zapatos diseminados por todo el apartamento. Las fronteras habían sido violadas, y los pactos, abolidos. Pero, sobre todo, me acuerdo de la comida que quedó sin ser degustada sobre la mesa perfectamente puesta tras tanto esfuerzo, y de aquellos dos palitos de canela que, como dulces banderillas, esperaron infructuosamente que las desclaváramos de la espumosa montaña de chocolate y claras. Sólo el melón, cubierto por las sábanas saladas del jamón, logró cumplir su objetivo y ser degustado de forma lúbrica entre risas de pactos derogados.
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jueves, 1 de mayo de 2008
Los ojos se abrieron de forma perezosa y una sonrisa se dibujó en el rostro de la mujer al adivinar la mirada del otro clavada en ella. Los pétalos de rosa repartidos de forma aleatoria por toda la sábana eran el trasunto de las lágrimas que ella regaló alguna vez sin tener que haberlo hecho, porque había sido algo injusto. No más llanto, no más angustia, no más dolor.
Ahora, a un segundo de perder la virginidad, recordó sin querer hacerlo los abusos y las vejaciones. No, no habían culminado en penetración, pero daba lo mismo. Sí, la chica había seguido siendo virgen a lo largo de los años, pero también daba lo mismo. Su alma estaba rota, no importaba que su sexo aún continuara entero, ajeno a las vergüenzas que su dueña tuvo que soportar en un pasado. Ahora, a años luz de aquella niña, aun el poco tiempo transcurrido, se sentía una mujer dichosa, a pesar de ese alma quebrada. Al fin el poco dolor que sentiría en ese paso que estaba a punto de dar, le sabría como la recompensa más dulce.
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viernes, 25 de abril de 2008
“¿Quién dijo miedo?”, me contestaste.
¿Quién dijo miedo si, por muy desvalidos que nos sepamos, siempre hallaremos el consuelo de tenernos? ¿Quién dijo miedo al deseo y al amor? ¿Quién dijo miedo?
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sábado, 27 de octubre de 2007
I.-
Aturdida aún por el deseo, instalado éste todavía en mi cuerpo, me dispuse a recoger la ropa que había quedado diseminada por todo el piso: en la entrada, la chaqueta; en el pasillo, la blusa; sobre el sofá de chenilla, el chantilly negro del sujetador. Y mientras recogía el tanga del suelo del baño, y la falda del suelo del dormitorio, me preguntaba cómo
Me trasladé con la memoria a seis meses atrás. Le conocí en el trabajo. Yo llevaba en la empresa cinco años que me parecían diez o doce por lo menos, por lo monótono y aburrido. Miraba constantemente el reloj para ver cuándo marcarían sus manillas la maldita hora de salir, y de vez en cuando perdía tontamente el tiempo enviando estúpidos mails en cadena para mis amigos, o jugando algún solitario. Siempre rezando para que no me pillaran, claro. Pero no podía dejar de hacerlo, porque esos ratitos suponían un trocito menos de tortura en mi oscura y gris vida laboral de todos los días.
Fernando llegó porque se jubiló Rafael, el viejo compañero de oficina que tenía al lado y que gastaba parte de su tiempo en observarme con calculada exactitud mis piernas, evidentemente más aún cuando lucía una de mis minifaldas. Podía adivinar su mirada, aun cuando yo no la cruzara con la suya, escudriñando mis piernas, aventurándose a imaginar cómo sería lo que habría en la unión de ellas, debajo de la falda oscura, algo corta pero no en exceso, lo justo para que fuera la perfecta falda para ir a trabajar. Ustedes ya me entienden.
Rafael babeaba literalmente por mí y el día que le hicimos su cena de homenaje al jubilarse, en un aparte me dio un tortazo en el culo al que yo respondí con otro pero en su cara asquerosa de viejo libidinoso. Nadie se dio cuenta y a nadie le conté jamás aquel incidente. Y es que no sé si alguien terminaría creyéndome. ¿Mi palabra contra la del íntegro Rafael? Bah, batalla perdida. Y dejé correr todo aquello pensando en si el sustituto del viejo sátiro sería como él.
II.-
Fernando, aquel nuevo compañero, me gustó físicamente desde que llegó a la oficina, a pesar de que yo le llevaba diez años. Me encantó su cuerpo en general, no sabría destacar nada en concreto. Eso sí, me apasionaron desde un primer instante sus manos morenas, con las uñas tan cortitas y tan limpias… Manos que daban ganas de comérselas y no parar.
Él no me miraba mucho, al menos eso creí siempre. Lo justo e imprescindible en una relación laboral. No sé por qué pero no era afable conmigo, y eso que yo intentaba mostrarme simpática, aunque sin pasarme. No quería que me tomara por una pesada. Luego adiviné que su timidez era la que impedía el acercamiento, porque en el fondo yo le atraje físicamente desde el primer día. Pero de eso me enteré esta tarde, hace un rato en realidad, entre besos, pellizcos, mordisquitos y caricias.
III.-
Un encuentro fortuito en el ascensor de mi casa (¡Pero qué sorpresa, ¿qué haces tú aquí?, No, que vengo a ver a un amigo, no me digas que tú vives en este piso, bla bla bla…) encendió una chispa que yo ya había dejado por imposible. Una chispa que jamás pensé que prendería en el bosque de su indiferencia, y por eso el encuentro ha sido más volcánico si cabe.
Tras la invitación a una copa por mi parte, la música suave de jazz y las varitas de sándalo hicieron el resto. “La luz tenue nunca falla”, pensé, así que me dediqué a darle al regulador hasta que obtuve la que yo sabía que iba a ser mi cómplice: la claridad justa para tapar mi desvergüenza y la exacta para mostrarme todo aquello que estuve esperando durante seis meses.
Hicimos el amor como locos tras besarnos con pasión en el sofá. Nos levantamos y recorrimos toda la casa inconscientemente, beso a beso, apoyados en las paredes, mientras nos abrazábamos fuertemente intentando recuperar aquellos seis meses perdidos. Sus manos indagaban, buscaban, hallaban, encontraban. Aquellas manos preciosas que me enamoraron desde un primer instante se estaban convirtiendo en las cómplices de su fiebre, transformando deseo por cumplir en caricias fehacientes e intensas.
IV.-
Ahora, cuando ya han pasado un par de horas de todo aquello, busco la ropa de la que Fernando me fue despojando a ciegas, sin dejar de besarme, y que yace en los sitios más variopintos como muda testigo de una tarde loca.
No sé qué va a pasar a partir de ahora, porque no hemos hablado mucho más después de nuestro encuentro. Él se ha duchado y se ha ido tras darme un beso, pero sin concretar nada más.
Mañana, en la oficina, cuando mire sus hermosas manos, alzaré la vista y probablemente encuentre en sus ojos la respuesta que estoy deseando hallar. Y si no es así… tampoco se acaba el mundo. Al menos fue mío durante una tarde.
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viernes, 12 de octubre de 2007
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viernes, 21 de septiembre de 2007

La recompensa será la esperada: besos en recodos ignotos, caricias a tus lunares ocultos, lametazos en tu piel salina, sonrisas respondiendo a tus diabluras.
Encuéntrame, sí, y permite que tus dedos se paseen por el filo de mi escote, por el encaje de las medias que atenazan sin piedad mis muslos, que jueguen por el tacón de mis sandalias, estilete mortal que ansiarás recorrer con tus ojos hambrientos.
Encuéntrame, sí, de una vez, y deja que tus manos bullan por debajo de mi falda, que levanten algodones y tules, que sometan encajes y transparencias; que, desvergonzadas, retiren braguitas imposibles y suelten algún cachete inesperado.
Encuéntrame, sí, de una vez y para siempre, y no dejes de buscarme a perpetuidad, olvidando allá donde quieras las buenas formas para doblegarme, rendirme, y hacer que me muestre ante ti a la vez sumisa y salvaje, azúcar y sal, guinda y guindilla.
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miércoles, 29 de agosto de 2007
Se veía cautiva de su mano, caminando por el pasillo hacia el dormitorio, medio desnuda, con unas braguitas negras que a duras penas abarcaba aquel trasero redondo, rotundo, pleno de carnes turgentes y embriagadoras. Algo pasada de kilos, la chica de pelo rojo adoraba esos abrazos que intentaban abarcar lo inabarcable: su cuerpo divino de curvas y montes, de carreteras por atravesar y senderos que adivinar.
Le encantaba observarle mientras él, abandonado al deseo y desdeñando la inquietud de ella por su cuerpo excesivo, cerraba los ojos y se sumergía, solícito, entre aquellos muslos de arropía y miel que sostenían una cueva de maravillosa sal. El acíbar de unos besos furtivos se transformaba en dulce ambrosía como por arte de magia. Los tirones de pelo, amagando fiereza, se hacían entonces dulces zalemas. El pretendido desdén dentro del juego en la cama, escondía en realidad tremendo agasajo. Las tornas cambiaban cuando ambos, se tenían, por fin, uno frente al otro. Por fin.
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domingo, 26 de agosto de 2007
Preciso de tus ojos en mis ojos la mirada. Quiero rastrearte, sumergirme en ti, adivinarte y tenerte, poseerte mientras tú lo haces, mientras el calor nos agobia y se derraman dulcemente tus caricias sobre mi piel morena. Necesito que me hables y que calles, que me protejas con tus brazos y me azotes con tus ojos, que esos dedos que inquieren y buscan, encuentren. Te daré calor a cambio de tu fuego, te regalaré vida si me das ternura. Mordisquitos y risas serán la recompensa a tus ansias por explorarme; dulzura y descaro los premios por conseguir.
Mil besos serán tuyos si esta noche consigues hacerme feliz.
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martes, 21 de agosto de 2007
Él puso una condición: No encenderíamos más luces que las del minibar al abrirse.
Yo puse otra: Él no me tocaría.
El hotel elegido fue el Real de Santander".
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domingo, 19 de agosto de 2007
Me quedé ahí, quieta, esperando, vestida con mi insultantemente sutil desnudez y el paño blanco de tus lágrimas de hombre, aquellas que nunca quisiste mostrarme, pero que aprendí a escudriñar en tus ojos azules, inmensos, tristes.
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viernes, 17 de agosto de 2007
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miércoles, 15 de agosto de 2007
Para el único doctor que hace que me resulten agradables las visitas al médico: mi admirado y cinéfilo Dr. Krapp.
Una sola palabra bastó para detener su mano. Ésta se disponía, como una curiosa entrometida, a intentar arrancar los mismos suspiros que la mano de ella se autoprovocaba en su cuerpo de mujer.
Una sola palabra de ella hizo que él se detuviera. Su mano quedó en el aire, inmóvil, pobre apéndice que de haber tenido color como color tenían las mejillas de la mujer, se hubiera tornado cerúlea. Las venas habrían simulado frescos riachuelos, las palmas, áridos llanos nevados. La cálida piel se hubiese transformado en frígido mapa, y su ya inexistente calor no hubiera podido llegar a donde pretendía. Pero nada de eso pasó. La mano sólo se quedó inmóvil, a la espera de que su dueño la devolviera junto a sus muslos, en reposo, o se convirtiera en torbellino lujurioso, capaz de arrancar los más exacerbados gemidos al pulsar la cuerda apropiada. La mano esperaba, en fin, órdenes.
- Párate. No sigas –añadió tras un segundo de interminable silencio.
Una sonrisa maliciosa acompañaba estas palabras. La mujer amagaba el gesto sin enseñar sus dientes, dotados de tal perfección que un bocado con ellos se asemejaría más al dulce mordisqueo de un lactante clavando sus primeros dientes en el pezón, que a un doloroso recuerdo, quizá fruto de una apasionada batalla campal en la cama.
La mujer prefería observar esa mano, ese dorso salpicado de pequeños vellos, esas uñas inmaculadamente limpias y cortas, esos dedos que tantos placeres había procurado en otros tantos cuerpos femeninos, esa palma grande que se ofrecía poderosa sin saber aún qué iba a abarcar en los próximos minutos.
La mujer eligió acercarse, curiosa, a esa mano que se le ofrecía y degustar lentamente, con una lengua parecida a un látigo de dominatrix, el sabor salado y varonil que tanto conocía. Chupó dedos, besó yemas, mordisqueó cantos de las palmas, lamió sin medida. Su lengua dibujaba senderos de saliva caliente, sus labios acogían los dedos que se introducían, traviesos, en la boca. Uno, dos, tres… simulando ser el sexo de aquel que estaba siendo protagonista de tamaño sacrificio. Una diosa devoraba su mano. ¡Qué no haría con su sexo! Estando en este pensamiento, el hombre, ese hombre dueño de una mano libidinosa que en ese momento era el juguete de ambos amantes, soltó un profundo suspiro y se estremeció.
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Te escribo esta carta un par de minutos después de haber pensado en ti. Cuando digo esto, no me refiero a un pensamiento casto, desprovisto del deseo que a cada momento me acompaña cuando imagino tu nombre. Pienso en el desbocamiento más salvaje, en el hondo trepanar de la herida, en el dolor punzante de tenerte lejos y saber que jamás degustaré aquellos platos que me prometiste, tomados de tu boca, bebidos de tu piel, deseados hasta las simas más inquebrantables, aquellas que por lejanas nunca llegué a recorrer. Me refiero al orgasmo que jamás compartirás conmigo.
Mi querido amante, aquel que fuiste querido sin llegar a ser acariciado, lamido, besado, pero igualmente querido.
Mi querido, querido amante. Mi amante querido.
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lunes, 13 de agosto de 2007
Pasan cuatro minutos de las tres y media de la tarde. Hace 35 minutos que me has llamado, y aún estoy recordando tu voz. Me recuerda a la de un viejo amigo del cual te contaré la historia algún día, cuando estemos aburridos, cosa que, por otra parte, dudo.
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sábado, 11 de agosto de 2007
Con indolencia, entreabres los ojos. !Qué calor sientes! Coño, si son cuarenta grados. Cuarenta malditos grados. ¿No va a hacer calor? No sabes ni siquiera cómo has podido dormir. El sofocante calor se pegaba anoche a tu cuerpo como el áspid en el brazo de Cleopatra, ávida de sangre y muerte. Sudabas, dabas una vuelta, sudabas, otra vuelta más. ¿Cuándo narices va a venir el tío del aire acondicionado? ¡¡Mierda!! Pero de la mala noche apenas queda un vago recuerdo. Ha sido el postre amargo de unos momentos mágicos, sublimes, ardientes y más cálidos aún que ese calor que subía implacable desde el alquitrán de la calle.
Te incorporas un poco en la cama.
Me observas. Duermo a tu lado, inocente, no consciente de tu mirada dulce.
Te gusta mirarme mientras duermo. Es uno de esos pequeños grandes placeres de la vida de los que jamás te querrías desprender. Miras con curiosidad, como el niño al regalo envuelto en mil colores, como el gato al perro cuando ambos están a punto de enfrentarse. Te paras en mi perfil, en mis labios gruesos y entreabiertos que ultrajaste hace unas horas pero no te importó; ya vendrán más sacudidas en mi boca, y tú encantado. Y yo, más encantada aún. Mi nariz respira con cierta dificultad por el calor; te gusta oír esa respiración desacompasada porque sabes que estoy ahí. Un mechón de cabello pugna por pegarse a mi frente sudada. Mis ojos avellana no puedes verlos; ya te bastó anoche, cuando, suplicantes, te pedían que su dueña quería más y más, y satisfecha, sabía que estabas ahí para dárselo. Pagarías porque durmiera con los ojos abiertos, para así no perder de vista mis iris marrones. Sí, es una locura. Pero es una dulce locura.
Recorres mi cuello con tus ojos. Un largo cuello que besaste anoche, desesperado, dando toquecitos golfos con la punta de tu lengua mientras, tú también golfo, me penetrabas y abrazado a mi espalda me decías lo bonita que era. Uno, dos, tres leves mordisquitos, un estremecimiento mío y vuelta a empezar. Uno, dos, tres...
Te gustó besar mi escote. Y más te gustó lo que lo orlaba. Mi pecho grande, grávido, con esos pezones que te encantó besar y martirizar a pequeños bocaditos, a suaves chupetones, a desesperados lametones. Son mis pechos tan grandes que los subías y me metías mis propios pezones en la boca; aturdido y alucinado gozabas viendo como me daba placer a mí misma, y te unías a la comilona, mezclando tu lengua con la mía. Mientras hacías esto, subías la mirada y ésta se chocaba con mis ojos, que te observaban inmisericordes, traviesos, desafiantes, gozosos, divertidos. Amasabas mis pechos con la delicadeza con la que el panadero lo hace en la artesa, confiado en que el dulce masaje enervaría mis sentidos y haría que te pidiera más aún. Como así fue.
Miras ahora mi ombligo. Te acercas y lo observas sonriendo. Recuerdas algo que hiciste con él, no sé ahora qué, y vuelves tu mirada hacia abajo. El tremendo calor impide que una virginal sábana cubra aquello que tanto te gusta acariciar, chupar, lamer, adorar. Sonríes y acercas suavemente tus dedos, intentando coger un pequeño rizo inexistente. Mi escaso monte no da para más. Me retuerzo dormida, trastabillando en la cama y medio dándome la vuelta. No quieres que me despierte, así que retiras tu mano.
Continúas observándome con una sonrisa. Besaste con adoración esas piernas, esas rodillas, lamiste esos pies, esos deditos, esos talones que luego te rasparían las pantorrillas, los muslos, arriba y abajo, como un ascensor ardiente, mientras me penetrabas y me seguías diciendo lo bonita que era. Subieron a tu cintura, rodeándote como el áspid de Cleopatra, pero ahí ya no pudiste decir nada más. Quedaste en un sordo silencio y sólo me mirabas. Y suspirabas mientras, de soslayo escudriñabas el termómetro de pared. Cuarenta grados.
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domingo, 22 de julio de 2007
Cierra los ojos.
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domingo, 1 de julio de 2007
Vamos corriendo por la calle, cogidos de la mano. Los dos sonreímos como niños pequeños, porque nos está mojando una lluvia fina que traspasa nuestras ropas y nos llega hasta el corazón. Incluso en nuestro loco deambular, pisamos de vez en cuando diminutos charcos, lo cual hace que retornemos, en unas milésimas de segundo, a nuestra infancia, cuando nos advertían de que no saltáramos sobre los charquitos de lluvia, y, al revés, cuanto más grandes, más nos atraían.
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viernes, 29 de junio de 2007
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viernes, 22 de junio de 2007
Allí estaba ella, sentada sobre un cojín marroquí de penetrante olor a cuero y labrado con letras diminutas y perfectas formas geométricas. La pelirroja no tendría más de veintitrés años. Pelo rizado, estatura media, complexión delgada. Nada fuera de lo normal. Ni curvas de vértigo ni cuello de alabastro. Pero su sonrisa… Y sus ojos, tan soñadores…
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