miércoles, 12 de noviembre de 2008

Latrocinio






Te agazapas, te ocultas entre sombras, no quieres que te vea... Tus manos hacen el amago de palpar en la penumbra y no llegan a mí; sólo encuentran aire, ese aura invisible que ni siquiera la más aventajada y moderna cámara de Kirlian podría distinguir. Un halo perlado de mi fragancia, ésa que tanto te absorbe, que controla tus días, tus tardes, tus noches y también tus madrugadas, aquélla que te obsesiona y cuyas notas intentas disociar, analizándola como el más exquisito perfume...

Tus manos, palmariamente torpes, buscan y rebuscan intentando hallar, aunque diríase que aquel que las maneja alargara indefinidamente el momento, sólo con el afán de recrearse en el quiero y no puedo. No. Decididamente, no le mueve que los dedos lleguen a la meta, que las manos se alcen triunfadoras con el trofeo ansiado, que las palmas rugosas hallen el contraste en la suavidad de mis muslos de azúcar. No desea eso, más bien al contrario, pues probablemente el buscar la oscuridad y la penumbra tiene un fin: como el más destacado ladrón del mejor cuento para adultos, lo que desea el dueño de esas manos, es decir, tú, es cometer el más escabroso, el más sublime, el más escandaloso y el más arrebatador por lo que supone, latrocinio de mis sentidos. Ladrón.


sábado, 28 de junio de 2008

Los pactos derogados




Han transcurrido sólo cuatro días desde nuestro último encuentro y me parece que ya ha pasado un mes. Echo de menos sus manos calientes, que, curiosas, habían revoloteado por todo mi cuerpo como descaradas libélulas.

Pienso en aquella tarde en que se me acercó por detrás mientras yo preparaba la ensalada. Le había invitado a comer sin ninguna pretensión como no fuera la de pasar un agradable rato de charla tras algún tiempo de no vernos. Me gustaba mucho su conversación, y tenía ganas de compartir críticas de cine, libros y música. Y por supuesto, sumergirme en el aceite profundo de sus ojos de oliva. Naturalmente, eso no estaba dispuesta a contárselo. Ni entonces, ni nunca.


I.-

Mientras hablaba con él por teléfono preguntándole sus preferencias para la comida, y contestándome un previsible y aburrido: “Me gusta todo; lo que tú elijas estará bien”, rebuscaba con la mirada en la frutería, tratando de acertar con la lechuga más fresca y con un melón que estuviera realmente dulce, cosa harto complicada a no ser que lo calara. Pensé que con olerlo me bastaría, así que, en cuanto me despedí de él hasta un rato después, acerqué mi nariz a aquel fruto ovoide y me embriagué con su olor fragante y delicioso de caramelo. Estaba en su punto.

La lechuga de hoja de roble, los tomatitos cherry, el aguacate, la zanahoria para rallarla en juliana… Todo formaría una ensalada formidable que sería el anticipo, junto con el melón con jamón, de un plato en el que la carne sería la protagonista. Una mouse de chocolate blanco sería el colofón perfecto a una comida que tenía que salir bien a la fuerza.


II.-

Me esmeré en la preparación del plato principal. Había pensado en un simple solomillo a las tres pimientas. Nada demasiado pesado ni elaborado; no quería ni salsas, ni nata, sino algo muy ligero y que pudiera dejar sitio al postre que habría de venir a continuación. Mientras fileteaba la pieza de solomillo, me complacía en pensar qué historias podrían surgir tras aquella comida de sábado, cuando en plena sobremesa estuviésemos degustando algún licor y de fondo oyéramos a Billie Holiday, nuestra favorita. Rápidamente me di una colleja mental pues no podía esperar más de aquel amigo que sólo sería eso, un amigo, fiel y en quien confiar, pero que nunca, por un pacto nunca hablado pero siempre respetado entre nosotros, traspasaría la frontera de la amistad y el amor… o el sexo.

Seguí añadiéndole amor a la carne mientras caía sobre ella la pimienta recién machacada en el molinillo. Al menos, el solomillo llevaría sobre sí la esencia de la pasión. Yo me imaginé como un trasunto de Tita de la Garza, la inolvidable protagonista de “Como agua para chocolate”. Yo, en aquellos momentos, era Tita.


III.-

Mientras, para ir abriendo boca antes de que él llegara, sonaba en el aire la voz desgarradora de la dama más triste del blues, comencé a cortar aquel melón fresco que embriagó el aire con sus notas dulces. Parecía, al soltar sus jugos, que lloraba mientras oía el estremecedor “Strange fruit”. Envolví cada porción con un poco de jamón, y dispuse aquellos trocitos tramposos en una fuente de diseño. Tramposos porque querían ser afrodisíacos. Tramposos porque luego, finalmente, lo fueron.


IV.-

La mouse montó definitivamente bien aunque en un primer momento tuve mis dudas, pues las claras al principio parecían reticentes a hacerlo. La fusión con el chocolate blanco fue mágica, y junto a los demás ingredientes se unieron en un baile que anticipaba derroche y lujo. Metí el dedo índice en la mezcla y lo chupé de forma voluptuosa. Imaginé traviesos lametones en sitios casi inaccesibles y encendí el ventilador. Me estaba empezando a entrar calor. Espolvoreé un poco de canela sobre la mouse y dispuse un par de palitos también de canela para que pusieran la guinda final. Dejé que la suave mezcla se fuera enfriando en la nevera mientras empecé a preparar la ensalada, que, deliberadamente, había dejado para el final.


V.-

Él ya había llegado y estaba tomándose una copa de vino mientras yo me peleaba con el rallador y una lustrosa zanahoria. Fue justo cuando empezaba a disponer las hojas de roble en una fuente de diseño. Noté sus manos sobre mi cintura y, aunque el “¿Te ayudo?” fue dicho sin maldad, a mí me sonó a cañonazo de inicio de la batalla, a trompetas y clarines de ángeles y a todo lo que quería que yo sonara. Me hacían falta unas manos como aquellas en mi cintura, sobre todo si eran las de él, pero tenía miedo a traspasar la frontera pactada. Aunque ardiera en hacerlo.

Me volví y rechacé con una sonrisa su solicitud de auxilio a la hora de montar el plato. Prefería que me montara a mí, si me permiten el chiste fácil, así que le mandé para el salón y que me esperara, que no iba a tardar más de un minuto. Las piernas me temblaban pero no quería que se me notara. Ya mi sonrisa era demasiado evidente. Me dio la impresión, en aquel instante, de que la ensalada se quedaría a medio preparar.


VI.-

Cuando han pasado cuatro días desde aquel encuentro, aún sonrío cuando recuerdo el desorden de ropas y zapatos diseminados por todo el apartamento. Las fronteras habían sido violadas, y los pactos, abolidos. Pero, sobre todo, me acuerdo de la comida que quedó sin ser degustada sobre la mesa perfectamente puesta tras tanto esfuerzo, y de aquellos dos palitos de canela que, como dulces banderillas, esperaron infructuosamente que las desclaváramos de la espumosa montaña de chocolate y claras. Sólo el melón, cubierto por las sábanas saladas del jamón, logró cumplir su objetivo y ser degustado de forma lúbrica entre risas de pactos derogados.

jueves, 1 de mayo de 2008

A tan sólo un instante


Las yemas acariciaron, trémulas, la piel tibia, transparente, sin apenas rastro de sudor. En cada surco de las huellas quedaba impregnada la fragancia imperceptible, el olor continuo del deseo. Trasminando pasión, la muchacha se dio la vuelta, aun con los ojos cerrados, como si un velo invisible impidiera su apertura, y suspiró largamente. Los dedos, curiosos, seguían investigando de forma provocadora allá donde otros semejantes no habían hallado más que obstáculos. Los pezones, que apuntaban bien alto desde hacía un rato, se dejaban ver bajo la camisola de seda gris, cuyo faldón apenas alcanzaba a cubrir el sexo liviano. Los dedos recorrían un surco virgen hasta ese instante, y lo hacían desesperadamente, como si aguardaran de un momento a otro que la vida se detuviera y no hubiera a partir de entonces más oportunidades para intentarlo de nuevo.


Los ojos se abrieron de forma perezosa y una sonrisa se dibujó en el rostro de la mujer al adivinar la mirada del otro clavada en ella. Los pétalos de rosa repartidos de forma aleatoria por toda la sábana eran el trasunto de las lágrimas que ella regaló alguna vez sin tener que haberlo hecho, porque había sido algo injusto. No más llanto, no más angustia, no más dolor.


Ahora, a un segundo de perder la virginidad, recordó sin querer hacerlo los abusos y las vejaciones. No, no habían culminado en penetración, pero daba lo mismo. Sí, la chica había seguido siendo virgen a lo largo de los años, pero también daba lo mismo. Su alma estaba rota, no importaba que su sexo aún continuara entero, ajeno a las vergüenzas que su dueña tuvo que soportar en un pasado. Ahora, a años luz de aquella niña, aun el poco tiempo transcurrido, se sentía una mujer dichosa, a pesar de ese alma quebrada. Al fin el poco dolor que sentiría en ese paso que estaba a punto de dar, le sabría como la recompensa más dulce.

viernes, 25 de abril de 2008

¿Quién dijo miedo?



“¿Quién dijo miedo?”, me atreví a susurrarte.

Me abalancé contra tu pecho de vellos de medusa, flotantes ramitas de un bosque varonil que esperaban el disparate de mis dedos inmisericordes. Me gustó jugar con tus rizos, tu cuerpo cálido, tus brazos fuertes que se convirtieron en mi salvavidas protector, al menos durante unas horas. Me encantó dominarte y saberte dominado, disfruté con la complacencia en tu desnudo, aprendí que quien tiene el poder puede, en una décima de segundo, verse transformado en un dócil corderillo. Supe distinguir en el brillo de tus ojos la dulzura de la picardía, la indolente dejadez de la mirada más perversa, la inocencia constante de la travesura por llegar.


“¿Quién dijo miedo?”, me contestaste.

Me apretaste las muñecas con infinita mesura, dosificando las fuerzas y provocándome un daño que no dolía, un tormento que esperaba y que olía a picardía de niños en cabaña de árboles, a juego detrás de las rocas de la playa. Me buscaste las cosquillas, con esa dulce tortura de azúcar que tanto me gusta y tanto persigues. Me buscaste los besos, aquellos que se asemejan a la medicina que auxilia en los momentos más delicados. Supiste encontrar el justo equilibrio entre lo indecente y lo correcto, entre el placer y el dolor, entre lo divino y lo humano.


¿Quién dijo miedo si, por muy desvalidos que nos sepamos, siempre hallaremos el consuelo de tenernos? ¿Quién dijo miedo al deseo y al amor? ¿Quién dijo miedo?

sábado, 27 de octubre de 2007





I.-

Aturdida aún por el deseo, instalado éste todavía en mi cuerpo, me dispuse a recoger la ropa que había quedado diseminada por todo el piso: en la entrada, la chaqueta; en el pasillo, la blusa; sobre el sofá de chenilla, el chantilly negro del sujetador. Y mientras recogía el tanga del suelo del baño, y la falda del suelo del dormitorio, me preguntaba cómo había sido posible que ocurriera todo…



Me trasladé con la memoria a seis meses atrás. Le conocí en el trabajo. Yo llevaba en la empresa cinco años que me parecían diez o doce por lo menos, por lo monótono y aburrido. Miraba constantemente el reloj para ver cuándo marcarían sus manillas la maldita hora de salir, y de vez en cuando perdía tontamente el tiempo enviando estúpidos mails en cadena para mis amigos, o jugando algún solitario. Siempre rezando para que no me pillaran, claro. Pero no podía dejar de hacerlo, porque esos ratitos suponían un trocito menos de tortura en mi oscura y gris vida laboral de todos los días.



Fernando llegó porque se jubiló Rafael, el viejo compañero de oficina que tenía al lado y que gastaba parte de su tiempo en observarme con calculada exactitud mis piernas, evidentemente más aún cuando lucía una de mis minifaldas. Podía adivinar su mirada, aun cuando yo no la cruzara con la suya, escudriñando mis piernas, aventurándose a imaginar cómo sería lo que habría en la unión de ellas, debajo de la falda oscura, algo corta pero no en exceso, lo justo para que fuera la perfecta falda para ir a trabajar. Ustedes ya me entienden.



Rafael babeaba literalmente por mí y el día que le hicimos su cena de homenaje al jubilarse, en un aparte me dio un tortazo en el culo al que yo respondí con otro pero en su cara asquerosa de viejo libidinoso. Nadie se dio cuenta y a nadie le conté jamás aquel incidente. Y es que no sé si alguien terminaría creyéndome. ¿Mi palabra contra la del íntegro Rafael? Bah, batalla perdida. Y dejé correr todo aquello pensando en si el sustituto del viejo sátiro sería como él.



II.-



Fernando, aquel nuevo compañero, me gustó físicamente desde que llegó a la oficina, a pesar de que yo le llevaba diez años. Me encantó su cuerpo en general, no sabría destacar nada en concreto. Eso sí, me apasionaron desde un primer instante sus manos morenas, con las uñas tan cortitas y tan limpias… Manos que daban ganas de comérselas y no parar.



Él no me miraba mucho, al menos eso creí siempre. Lo justo e imprescindible en una relación laboral. No sé por qué pero no era afable conmigo, y eso que yo intentaba mostrarme simpática, aunque sin pasarme. No quería que me tomara por una pesada. Luego adiviné que su timidez era la que impedía el acercamiento, porque en el fondo yo le atraje físicamente desde el primer día. Pero de eso me enteré esta tarde, hace un rato en realidad, entre besos, pellizcos, mordisquitos y caricias.



III.-



Un encuentro fortuito en el ascensor de mi casa (¡Pero qué sorpresa, ¿qué haces tú aquí?, No, que vengo a ver a un amigo, no me digas que tú vives en este piso, bla bla bla…) encendió una chispa que yo ya había dejado por imposible. Una chispa que jamás pensé que prendería en el bosque de su indiferencia, y por eso el encuentro ha sido más volcánico si cabe.



Tras la invitación a una copa por mi parte, la música suave de jazz y las varitas de sándalo hicieron el resto. “La luz tenue nunca falla”, pensé, así que me dediqué a darle al regulador hasta que obtuve la que yo sabía que iba a ser mi cómplice: la claridad justa para tapar mi desvergüenza y la exacta para mostrarme todo aquello que estuve esperando durante seis meses.



Hicimos el amor como locos tras besarnos con pasión en el sofá. Nos levantamos y recorrimos toda la casa inconscientemente, beso a beso, apoyados en las paredes, mientras nos abrazábamos fuertemente intentando recuperar aquellos seis meses perdidos. Sus manos indagaban, buscaban, hallaban, encontraban. Aquellas manos preciosas que me enamoraron desde un primer instante se estaban convirtiendo en las cómplices de su fiebre, transformando deseo por cumplir en caricias fehacientes e intensas.



IV.-



Ahora, cuando ya han pasado un par de horas de todo aquello, busco la ropa de la que Fernando me fue despojando a ciegas, sin dejar de besarme, y que yace en los sitios más variopintos como muda testigo de una tarde loca.



No sé qué va a pasar a partir de ahora, porque no hemos hablado mucho más después de nuestro encuentro. Él se ha duchado y se ha ido tras darme un beso, pero sin concretar nada más.



Mañana, en la oficina, cuando mire sus hermosas manos, alzaré la vista y probablemente encuentre en sus ojos la respuesta que estoy deseando hallar. Y si no es así… tampoco se acaba el mundo. Al menos fue mío durante una tarde.

viernes, 12 de octubre de 2007


Me acerqué sutilmente, casi flotaba sobre el suelo. Él tenía cerrados sus párpados, expectante; intuía que iba a darle más de lo previsible. Lentamente, con una sonrisa traviesa casi imperceptible -por el resto del mundo si hubiéramos tenido espectadores, porque por él era imposible verme-, acerqué mis labios a sus ojos y besé sus párpados.


Advertí el suavísimo e invisible vello de su frente, de sus orejas, erizándose, los labios hinchándose de gozo, su cara dándose a mí. La barba cerrada, recién afeitada, luchaba por salir de los poros de su cara, en un ardid inaudito e imposible: los pelos tardarían al menos tres días en aparecer. Pero a mí no me importaba. Me chiflaba ese tacto suave de la piel, y, por un momento, casi hubiera deseado que la suya fuera como la de una mujer: de melocotón, de merengue...


Inopinadamente, abrió los ojos, y, extasiado ante mis pies desnudos, no le quedó más remedio que besarlos en un ejercicio de sublime adoración.

viernes, 21 de septiembre de 2007




Encuéntrame.


La recompensa será la esperada: besos en recodos ignotos, caricias a tus lunares ocultos, lametazos en tu piel salina, sonrisas respondiendo a tus diabluras.


Encuéntrame, sí, y permite que tus dedos se paseen por el filo de mi escote, por el encaje de las medias que atenazan sin piedad mis muslos, que jueguen por el tacón de mis sandalias, estilete mortal que ansiarás recorrer con tus ojos hambrientos.


Encuéntrame, sí, de una vez, y deja que tus manos bullan por debajo de mi falda, que levanten algodones y tules, que sometan encajes y transparencias; que, desvergonzadas, retiren braguitas imposibles y suelten algún cachete inesperado.


Encuéntrame, sí, de una vez y para siempre, y no dejes de buscarme a perpetuidad, olvidando allá donde quieras las buenas formas para doblegarme, rendirme, y hacer que me muestre ante ti a la vez sumisa y salvaje, azúcar y sal, guinda y guindilla.

miércoles, 29 de agosto de 2007


Para C. y su sonrisa. (Espero verte pronto...)




La chica se estremeció ante el anuncio de lo que habría de llegar. Rellenita, le gustaba imaginarse, en su soledad, esos dedos curiosos e inquisidores concediendo calidez y dibujando vericuetos en su cuerpo tibio. Le encantó verse abandonada, abierta y desnuda, casi desvalida ante el torbellino de deseo arrobador que habría de arrastrarla, como si fuera un tsunami. Una ola enorme que la envolvería, recorriéndola con su espuma y salitre y dejando, solícita, que se extraviara en ella. La mujer lo agradecería siempre, porque le encantaba estar a merced de las lúbricas situaciones a las que él la llevaba. Él era en sí ese tsunami, aunque ni lo sospechara.

Se veía cautiva de su mano, caminando por el pasillo hacia el dormitorio, medio desnuda, con unas braguitas negras que a duras penas abarcaba aquel trasero redondo, rotundo, pleno de carnes turgentes y embriagadoras. Algo pasada de kilos, la chica de pelo rojo adoraba esos abrazos que intentaban abarcar lo inabarcable: su cuerpo divino de curvas y montes, de carreteras por atravesar y senderos que adivinar.

Le encantaba observarle mientras él, abandonado al deseo y desdeñando la inquietud de ella por su cuerpo excesivo, cerraba los ojos y se sumergía, solícito, entre aquellos muslos de arropía y miel que sostenían una cueva de maravillosa sal. El acíbar de unos besos furtivos se transformaba en dulce ambrosía como por arte de magia. Los tirones de pelo, amagando fiereza, se hacían entonces dulces zalemas. El pretendido desdén dentro del juego en la cama, escondía en realidad tremendo agasajo. Las tornas cambiaban cuando ambos, se tenían, por fin, uno frente al otro. Por fin.

domingo, 26 de agosto de 2007


Acaríciame. Te ofrezco mi pelo, mi cara, mi cuello, mis pechos, mis brazos, mi abdomen, mi vientre, mi sexo, mi espalda, mis piernas. Toda yo soy para ti, para convertirme en un trocito más de tu vida, aunque sólo sea por esos instantes que esta noche significará en toda tu vida; aunque ya nunca más nos volvamos a ver, a encontrar, a tenernos.

Preciso de tus ojos en mis ojos la mirada. Quiero rastrearte, sumergirme en ti, adivinarte y tenerte, poseerte mientras tú lo haces, mientras el calor nos agobia y se derraman dulcemente tus caricias sobre mi piel morena. Necesito que me hables y que calles, que me protejas con tus brazos y me azotes con tus ojos, que esos dedos que inquieren y buscan, encuentren. Te daré calor a cambio de tu fuego, te regalaré vida si me das ternura. Mordisquitos y risas serán la recompensa a tus ansias por explorarme; dulzura y descaro los premios por conseguir.

Mil besos serán tuyos si esta noche consigues hacerme feliz.

martes, 21 de agosto de 2007

Alma en penumbra





Alma dijo hace unos meses: "Hace un par de años un forero de otro lugar me invitó a encontrarnos en un hotel.

Él puso una condición: No encenderíamos más luces que las del minibar al abrirse.



Yo puse otra: Él no me tocaría.



El hotel elegido fue el Real de Santander".







Con el permiso de Alma, naturalmente. Alma de luz frente al alma en penumbra.






- Cuando nos veamos, ¿cómo habré de saludarte? ¿Qué haremos? ¿Me darás un beso, un abrazo, simplemente te quedarás mirándome sin hablar?


- No. Ya lo hemos hablado. Si seguimos las reglas, no vamos a vernos; sólo nos adivinaremos.


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El sol entraba a raudales por la ventana. Alma adoraba el sol y por ello se había asegurado de que la tela de sus nuevas cortinas sería lo suficientemente tupida como para que ningún desconocido escarbara en la intimidad de su dormitorio, y lo bastante ligera como para que los rayos la acariciaran tan pronto fueran saliendo de su escondite, al otro lado del horizonte. La mujer se sentía viva con cada reflejo que rebotaba en cristales y aluminios, con cada sensación de tibieza que le iba llegando más y más nítidamente conforme pasaban los minutos. Aún en la cama, se desperezó bostezando, sin necesidad de tapar la boca por educación, ya que no tenía a su lado ningún espectador, y se quedó por un momento descolocada, sin saber qué día era.


Miró el despertador y sonrió con nerviosismo. Había llegado el día. Su ropa, cuidadosamente escogida, dormía aún sobre el galán de noche. Una ducha caliente, reconfortadora y milagrosa, la esperaba, mientras el café hirviente recién servido esperaba turno para ser bebido por la mujer. Alma sintió el jabón, la espuma, las burbujas, recorriendo descarados su cuerpo, un cuerpo que en un par de horas sería acariciado por unas manos desconocidas, nuevas, también descaradas.


Tragó saliva después de haberse bebido el café. Tenía muchos deseos de quedar, pero, a la vez, el miedo ante ese abismo de lo desconocido le estaba provocando un verdadero quebradero de cabeza. ¿Y si él no le gustaba? ¿Y si físicamente no se atraían? ¿Y si no hacía lo correcto? Pero… ¿qué era en realidad lo correcto? ¿Y por qué habría de hacerlo, en todo caso? ¿Por qué no abandonarse al deseo, a ese deseo creciente día a día que iba minando temores y miedos, que adornaba cada día con sus lazos el paquete del regalo transformado en lujuria y que estaba por venir?


Habría de regalárselo aquel con el que compartía confidencias y secretos, risas y tristezas cada día, cada noche, mediante escogidas palabras y dulces frases, cada vez más íntimas. Aquel con el que, finalmente, desechando miedos y aprehendiendo valentía, decidió quedar en el Hotel Real de Santander.


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- Pero… ¿cómo es eso de que vamos a adivinarnos? A veces me hablas de una forma tan críptica, que no entiendo nada.


- Te repito que ya hemos hablado de las reglas. No encenderemos las luces, todo estará a oscuras y sólo nos iluminará la luz del minibar las veces que haga falta que lo abramos… y tú no dejarás que yo te toque. Aunque esto, sinceramente, me va a ser difícil hacerlo.


- De acuerdo. Sí, no nos veremos; mejor... nos adivinaremos.


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Alma esperaba, a oscuras, en la habitación del Hotel Real. Una bellísima construcción de 1917 que había acogido suspiros de amantes y miradas arrebatadoras entre participantes de encuentros de trabajo y viajeros que se habían enamorado de la ciudad.


La mujer echó de menos, de repente, dentro de su nerviosismo, la claridad extrema de su habitación, sus visillos nuevos que dejaban pasar más luz de la que otra persona quizá permitiría. Renegar de esa luz en estas circunstancias tenía su por qué, ya que así lo habían decidido ambos jugadores, pero ello no evitó que la echara de menos. Cerró los ojos, a pesar de lo innecesario de la acción, puesto que no se veía nada. Era de día y fuera la vida no se había detenido: los coches inundaban las calles, las tiendas bullían de gente y los paseos y parques, de viejecitos sentados al sol. Dentro, oscuridad: no precisaba realizar aquel gesto. Pero Alma necesitó por unos instantes de ese repliegue interior. Al cerrar los ojos, se zambullía en sí misma, en lo que estaba a punto de hacer y, sobre todo, en la incertidumbre de lo que se aproximaba por momentos. Su pecho comenzó a latir deprisa y, recordando unas frases subidas de tono que a él le gustaba repetirle cada noche, sintió el deseo arder entre sus muslos. Se desabrochó un botón de la blusa. Le estaba entrando mucho calor. Eso y el nerviosismo, hizo que imperceptibles gotitas perlaran su frente. No podía permitir que él la viera así. Con un pañuelo de papel se las secó cuando cayó en la cuenta de la tontería que acababa de venirle a la cabeza. Como si él pudiera ver esas gotas. Él no vería nada. Nada. Ni ese sudor limpio, ni esos ojos expectantes, ni esas manos temblando ante el abismo, ni ese pecho latiendo desaforado.


Alma notó como la puerta se abría lentamente. La había dejado encajada a la hora convenida, para que el dador de regalo convertido en lujuria no tuviera el más mínimo obstáculo a la hora de entrar, para que ella no tuviera que abrirle con la luz encendida y así romper las reglas ya dispuestas.


Advirtió como entraba un desconocido del que conocía mucho más que bastante más gente que él tenía a su alrededor. Un desconocido al cual nunca había olido pero al que estaba dispuesto a mimar, besar, lamer y acariciar como si fuera lo último que hiciera en su vida.


- Eres tú, ¿verdad? Estoy nerviosa. Tenía muchas ganas de conocerte.


- Sí, soy yo. Yo también lo estoy, no te creas. ¿Estás sentada en la cama? Voy a tientas, espero no tropezar…


Las palabras salían de ambas bocas con la torpeza de un virgen ante una ramera y con la excitación de un naúfrago ante la vista de un barco salvador.


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- Te esperaré sentada en la cama. Habré bajado las persianas, corrido las cortinas, dejaré la puerta entreabierta para que puedas pasar. Sólo tienes que entrar, sin pedir permiso.


- Cuando ya pueda tocarte, será entonces cuando te lo pida, no te preocupes.


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Alma sintió el sonido de una silla arrastrándose y colocándose frente a ella, sentada al borde de la cama. Todo estaba oscuro, pero acechaba un horizonte de deseo y lujuria capaz de eclipsar la luz del sol que tanto amaba la mujer.


El hombre estaba tan cerca que percibía su respiración. Le llegó un agradabilísimo olor. Un perfume masculino preñado de salvia, nerolí, madera de cedro y bergamota, entre otras esencias. A Alma le entraron ganas de comerse a bocados aquella mandarina que intuía dentro de la sinfonía de olores de ese embriagador perfume, pero decidió seguir explorando en la oscuridad. Sus sentidos estaban más agudizados por la insólita negrura a pleno día, cortinas echadas y persianas bajadas. Oía la respiración del hombre, desacompasada probablemente por los nervios de la espera y del deseo envolvente.


Sus manos, largas, cuidadas y finas, desabrochaban lentamente la botonadura de la camisa masculina. Habían hablado de condiciones: él no podría tocarla a ella, pero sí al revés. Comenzó a hacerse dueña de la situación, y tras los dedos apartando ambos flancos de la camisa, siguieron unas manos llenas de premura, acariciando pecho y vellos y rozando pezones de hombre, que se engrosaban a la vez que se destacaban más y más de entre ese adorable monte de vello tibio.


- Espera un segundo, Alma. Espera.


Alma advirtió como su acompañante desconocido hasta hace unos minutos pero que ya empezaba a hacérsele familiar, se levantaba y buscaba a tientas el minibar. Una lucecita de poca potencia pero cegadora en esas inhabituales circunstancias, le bautizó los ojos y logró que, de una vez, pudieran verse. La sorpresa inicial dio paso a la alegría en pocos segundos. El hombre se volvió a sentar.


Hacía un rato que Alma había hundido su cara en el pecho del hombre, envolviéndose de ese olor que la empapaba y arrebataba, y lamía cuello, hombros, torso y abdomen, incluido ombligo, sin ningún orden ni concierto. Sus manos, descaradas y juguetonas, pugnaban por meterse entre la ropa interior del chico y un pubis caliente y vivo. Alma se arrodilló, continuando él sentado en la silla, y tomando el sexo del hombre con su mano, se lo introdujo en la boca para seguir dándole vida. Él estaba loco por poder tocarla, acariciar ese pelo sedoso mientras ella le comía con delectación, tocar su cabeza para cerciorarse, entre tanta negrura, de que Alma existía, de que Alma no era sólo un alma en penumbra.


No pudo más. Le pidió permiso, como un niño pequeño que desea ese pastel de fresa antes del almuerzo e intuye que se lo negarán; permiso para tocarla, permiso para adivinarla con sus dedos, permiso para explorar su orografía de montes escarpados y ríos deliciosos y salinos entre muslos de azúcar. Permiso para poseer un alma encarnada en el cuerpo de una mujer que poco antes era una desconocida y que ahora se había convertido en una cómplice de deseos y suspiros.


Alma, deliciosa alma de cuerpo en penumbra, iluminados ambos amantes con la luz mortecina del mueble bar, naturalmente, se lo concedió. El juego de las reglas, afortunadamente para los dos, había concluido. Pero las luces continuaron apagadas, alimentando ese juego cómplice que había comenzado en la oscuridad y debía concluir indefectiblemente con la tenue luz del minibar iluminando sus cuerpos sudorosos.

domingo, 19 de agosto de 2007

Esperando



Me quedé ahí, quieta, esperando, vestida con mi insultantemente sutil desnudez y el paño blanco de tus lágrimas de hombre, aquellas que nunca quisiste mostrarme, pero que aprendí a escudriñar en tus ojos azules, inmensos, tristes.

Esta noche, en mi cama, navegaré en el mar de tus ojos.

viernes, 17 de agosto de 2007

Qué lástima


Para J. Me encantó oír hoy tu voz y saber de ti, lo sabes...



Sí, qué lástima que hoy es tu cumpleaños y no tengo a mano aquel relato que te escribí, regado de lujuria, nata y yema; uno más de aquellos relatos que te dediqué hace seis años, al poco tiempo de la ruptura con él. Fuiste mi tabla, mi salvación, mi alegría y ahora eres algo mucho más valioso: mi amigo que sigue ahí, con el paso de los años. El amigo que sé que seguirá siéndolo.


Qué lástima que he podido colgar el relato de las perlas, el del chocolate, el de la ducha -y tantos otros que te escribí y que aún quedan por mostrar-, y no pueda ponerte hoy 17, que es tu día, aquel "Regalito de cumpleaños", tan incorrecto políticamente -no es muy habitual rasurar el sexo a tu amante y bañarlo en tarta de nata y yema para luego devorarlo-, aquel que tanto te gustó y te pareció el regalo perfecto, aquel que escribí un 17 de agosto de hace hoy seis años, cuando las ganas de tenerte y el ansia de que me poseyeras alimentaban con avaricia mi imaginación y hacían que salieran de mis dedos cuentos de niña traviesa. Qué bueno el deseo que hace que la inspiración no deje de crecer...


Feliz cumpleaños, mi querido J.



miércoles, 15 de agosto de 2007



Para el único doctor que hace que me resulten agradables las visitas al médico: mi admirado y cinéfilo Dr. Krapp.





Una sola palabra bastó para detener su mano. Ésta se disponía, como una curiosa entrometida, a intentar arrancar los mismos suspiros que la mano de ella se autoprovocaba en su cuerpo de mujer.

Una sola palabra de ella hizo que él se detuviera. Su mano quedó en el aire, inmóvil, pobre apéndice que de haber tenido color como color tenían las mejillas de la mujer, se hubiera tornado cerúlea. Las venas habrían simulado frescos riachuelos, las palmas, áridos llanos nevados. La cálida piel se hubiese transformado en frígido mapa, y su ya inexistente calor no hubiera podido llegar a donde pretendía. Pero nada de eso pasó. La mano sólo se quedó inmóvil, a la espera de que su dueño la devolviera junto a sus muslos, en reposo, o se convirtiera en torbellino lujurioso, capaz de arrancar los más exacerbados gemidos al pulsar la cuerda apropiada. La mano esperaba, en fin, órdenes.

- Párate. No sigas –añadió tras un segundo de interminable silencio.

Una sonrisa maliciosa acompañaba estas palabras. La mujer amagaba el gesto sin enseñar sus dientes, dotados de tal perfección que un bocado con ellos se asemejaría más al dulce mordisqueo de un lactante clavando sus primeros dientes en el pezón, que a un doloroso recuerdo, quizá fruto de una apasionada batalla campal en la cama.

La mujer prefería observar esa mano, ese dorso salpicado de pequeños vellos, esas uñas inmaculadamente limpias y cortas, esos dedos que tantos placeres había procurado en otros tantos cuerpos femeninos, esa palma grande que se ofrecía poderosa sin saber aún qué iba a abarcar en los próximos minutos.

La mujer eligió acercarse, curiosa, a esa mano que se le ofrecía y degustar lentamente, con una lengua parecida a un látigo de dominatrix, el sabor salado y varonil que tanto conocía. Chupó dedos, besó yemas, mordisqueó cantos de las palmas, lamió sin medida. Su lengua dibujaba senderos de saliva caliente, sus labios acogían los dedos que se introducían, traviesos, en la boca. Uno, dos, tres… simulando ser el sexo de aquel que estaba siendo protagonista de tamaño sacrificio. Una diosa devoraba su mano. ¡Qué no haría con su sexo! Estando en este pensamiento, el hombre, ese hombre dueño de una mano libidinosa que en ese momento era el juguete de ambos amantes, soltó un profundo suspiro y se estremeció.

Mi querido amante


Mi querido amante:

Te escribo esta carta un par de minutos después de haber pensado en ti. Cuando digo esto, no me refiero a un pensamiento casto, desprovisto del deseo que a cada momento me acompaña cuando imagino tu nombre. Pienso en el desbocamiento más salvaje, en el hondo trepanar de la herida, en el dolor punzante de tenerte lejos y saber que jamás degustaré aquellos platos que me prometiste, tomados de tu boca, bebidos de tu piel, deseados hasta las simas más inquebrantables, aquellas que por lejanas nunca llegué a recorrer. Me refiero al orgasmo que jamás compartirás conmigo.

Mi querido amante, aquel que fuiste querido sin llegar a ser acariciado, lamido, besado, pero igualmente querido.

Mi querido, querido amante. Mi amante querido.

Mi despreciado amante.

lunes, 13 de agosto de 2007

Podría...




Pasan cuatro minutos de las tres y media de la tarde. Hace 35 minutos que me has llamado, y aún estoy recordando tu voz. Me recuerda a la de un viejo amigo del cual te contaré la historia algún día, cuando estemos aburridos, cosa que, por otra parte, dudo.


Estaba a punto de desnudarme para darme una ducha, cuando he sentido la tremenda necesidad de mandarte un último correo. Bueno, al fin y al cabo, quizá no sea éste el último de hoy; probablemente, y si las circunstancias son favorables, te mande unas palabras antes de hablar esta noche contigo.


Podría contarte cómo me quitaré con parsimonia la ropa, lentamente, como un amante inexperto,con manos temblorosas, retiraría cada prenda del cuerpo del objeto de su pasión. Podría describirte exactamente el momento de levantar primero una pierna, luego la otra, para introducirlas en la bañera, a la espera de caer el agua sobre mi piel morena. Podría hacer que fueras tú el que me enjabonara el pelo con un suave champú, y formar mucha espuma mientras me masajeas con delicadeza el cuero cabelludo. Podría decirte cómo me enjabonaría de forma teatral con el gel de baño de aceite de almendras que uso siempre. Sí, de forma teatral con el perverso fin de excitarte, dedicándome así tus miradas lascivas en silencio.


Podría hacer también que fueras tú -¡otra vez tú!-, quien, situado detrás de mí y con mis manos debajo de las tuyas, me enjabonaras masajeando cada trocito de piel, mis pechos enormes, mis brazos dorados por el sol y la playa de Cádiz, mi vello rizado, mis piernas largas, largas y tan suaves como las de una ninfa adolescente... aunque sin su lozanía, pero eso sé que no te importa.


Podría contarte cómo me enjuago, con un agua tibia no excesivamente caliente, y cómo veo a mis pies los remolinos de agua, jabón y champú que tristemente abandonan mi cuerpo. Podría hacer de nuevo que fueras tú, como un criado fiel, el que me secara con dulzura y servidumbre, esperando quizá tu recompensa en forma de mis labios gruesos y entreabiertos, pero sin ofrecértelos del todo, tan sólo con el propósito de hacerte sufrir un poquito más.


Podría hacer todo eso... pero simplemente te aviso que voy a ducharme.

sábado, 11 de agosto de 2007

Cuarenta grados



Con indolencia, entreabres los ojos. !Qué calor sientes! Coño, si son cuarenta grados. Cuarenta malditos grados. ¿No va a hacer calor? No sabes ni siquiera cómo has podido dormir. El sofocante calor se pegaba anoche a tu cuerpo como el áspid en el brazo de Cleopatra, ávida de sangre y muerte. Sudabas, dabas una vuelta, sudabas, otra vuelta más. ¿Cuándo narices va a venir el tío del aire acondicionado? ¡¡Mierda!! Pero de la mala noche apenas queda un vago recuerdo. Ha sido el postre amargo de unos momentos mágicos, sublimes, ardientes y más cálidos aún que ese calor que subía implacable desde el alquitrán de la calle.


Te incorporas un poco en la cama.


Me observas. Duermo a tu lado, inocente, no consciente de tu mirada dulce.


Te gusta mirarme mientras duermo. Es uno de esos pequeños grandes placeres de la vida de los que jamás te querrías desprender. Miras con curiosidad, como el niño al regalo envuelto en mil colores, como el gato al perro cuando ambos están a punto de enfrentarse. Te paras en mi perfil, en mis labios gruesos y entreabiertos que ultrajaste hace unas horas pero no te importó; ya vendrán más sacudidas en mi boca, y tú encantado. Y yo, más encantada aún. Mi nariz respira con cierta dificultad por el calor; te gusta oír esa respiración desacompasada porque sabes que estoy ahí. Un mechón de cabello pugna por pegarse a mi frente sudada. Mis ojos avellana no puedes verlos; ya te bastó anoche, cuando, suplicantes, te pedían que su dueña quería más y más, y satisfecha, sabía que estabas ahí para dárselo. Pagarías porque durmiera con los ojos abiertos, para así no perder de vista mis iris marrones. Sí, es una locura. Pero es una dulce locura.


Recorres mi cuello con tus ojos. Un largo cuello que besaste anoche, desesperado, dando toquecitos golfos con la punta de tu lengua mientras, tú también golfo, me penetrabas y abrazado a mi espalda me decías lo bonita que era. Uno, dos, tres leves mordisquitos, un estremecimiento mío y vuelta a empezar. Uno, dos, tres...


Te gustó besar mi escote. Y más te gustó lo que lo orlaba. Mi pecho grande, grávido, con esos pezones que te encantó besar y martirizar a pequeños bocaditos, a suaves chupetones, a desesperados lametones. Son mis pechos tan grandes que los subías y me metías mis propios pezones en la boca; aturdido y alucinado gozabas viendo como me daba placer a mí misma, y te unías a la comilona, mezclando tu lengua con la mía. Mientras hacías esto, subías la mirada y ésta se chocaba con mis ojos, que te observaban inmisericordes, traviesos, desafiantes, gozosos, divertidos. Amasabas mis pechos con la delicadeza con la que el panadero lo hace en la artesa, confiado en que el dulce masaje enervaría mis sentidos y haría que te pidiera más aún. Como así fue.


Miras ahora mi ombligo. Te acercas y lo observas sonriendo. Recuerdas algo que hiciste con él, no sé ahora qué, y vuelves tu mirada hacia abajo. El tremendo calor impide que una virginal sábana cubra aquello que tanto te gusta acariciar, chupar, lamer, adorar. Sonríes y acercas suavemente tus dedos, intentando coger un pequeño rizo inexistente. Mi escaso monte no da para más. Me retuerzo dormida, trastabillando en la cama y medio dándome la vuelta. No quieres que me despierte, así que retiras tu mano.


Continúas observándome con una sonrisa. Besaste con adoración esas piernas, esas rodillas, lamiste esos pies, esos deditos, esos talones que luego te rasparían las pantorrillas, los muslos, arriba y abajo, como un ascensor ardiente, mientras me penetrabas y me seguías diciendo lo bonita que era. Subieron a tu cintura, rodeándote como el áspid de Cleopatra, pero ahí ya no pudiste decir nada más. Quedaste en un sordo silencio y sólo me mirabas. Y suspirabas mientras, de soslayo escudriñabas el termómetro de pared. Cuarenta grados.

domingo, 22 de julio de 2007



Cierra los ojos.


Recuerda que no puedes abrirlos.







Estás desnudo, encima de nuestra cama. Hace calor. Sientes calor.


Yo estoy tumbada, estirada completamente encima de ti. Mis pies se enroscan en tus tobillos. Mis muslos comprimen los tuyos, los vientres se aplastan, mi pecho grávido cae sobre tu pecho y termina por perder su forma.


Mi cara está muy pegada a la tuya. Notas mi respiración, seca, tibia. Me oyes, excitado, y respiras a compás. Yo domino la escena, te observo, pero tú no puedes verme, y eso te desconcierta, y te excita aún más que mi propia respiración. Y te dejas vencer por mí.


Estás a mi merced, a mi capricho, haré lo que quiera contigo.


Acerco mis labios a tus párpados y te doy besitos chiquitines, casi imperceptibles. Desciendo por tu nariz también regalando pequeñas delicias en forma de beso. Con la punta de la lengua, como haciéndote burla, me divierto ofreciéndote pequeños golpecitos por tu cara hasta llegar a tu barbilla, que también beso con pasión. Me he saltado intencionadamente tu boca, porque en este paseo por tu cara quiero dejarla para el final.


A medida que he ido besándote, el calor y la comunión de mi cuerpo con el tuyo han hecho que una pátina de sudor nos separe. O nos una, como prefieras verlo. Un sudor que facilita que resbale sobre ti de forma malvada, provocando una fricción ardiente y maquiavélica que determina, por un instante, que abras tus ojos.


Quieto.


Te dije que los cerraras.


Tu sexo me arde a la altura del vientre y quieres jugar con él pero de momento, no te dejo. Espérate. Espérate a que mi lengua juegue a adivinar a qué sabe hoy tu boca. Mientras tanto, él bucea en los huecos de tus oídos. Aprovecha para seguir dando pequeños toquecitos, latigazos amorosos que humedecen tus orejas por dentro y te provocan mil escalofríos en medio del calor que hace. Y que sientes. Y que sentimos.


Notas como paso mi lengua por tus labios, por tus dientes, despacio, muy despacio, como si no tuviera prisa, como si la premura por lograr el premio de tu lengua enroscada en la mía no le importara demasiado.


Pero sí te importa. Y cuando la sientes luchando contra la tuya, decides que no puedes más y que es el momento de abrir tus ojos para mirarme mientras me penetras, yo encima de ti, ama y señora, pegada hace unos segundos y completamente estirada, pero ahora sentada sobre la dueña de mis sueños.

domingo, 1 de julio de 2007

Corazón Loco





Vamos corriendo por la calle, cogidos de la mano. Los dos sonreímos como niños pequeños, porque nos está mojando una lluvia fina que traspasa nuestras ropas y nos llega hasta el corazón. Incluso en nuestro loco deambular, pisamos de vez en cuando diminutos charcos, lo cual hace que retornemos, en unas milésimas de segundo, a nuestra infancia, cuando nos advertían de que no saltáramos sobre los charquitos de lluvia, y, al revés, cuanto más grandes, más nos atraían.


Ahora corremos y corremos para no perder el autobús. Quieres llevarme a algún sitio que no me quieres desvelar. ¿Y para qué quiero saberlo, si voy contigo, de tu mano? Contigo iría al fin del mundo, cariño.


Subimos a un autobús repleto de gente. Cuando el tiempo acompaña, apetece dar un paseo mientras el sol baña de tibieza nuestra cara, nuestra piel, pero en un día así lo que más apetece es llegar a casa y, aunque suene a manido, ver la lluvia tras los cristales. Y si es arrebujada entre tus brazos, mejor que mejor.


Nos vamos hacia el fondo. Está llenísimo, y es difícil ubicarnos en un hueco, sencillamente porque no lo hay. Apretando y empujando con delicadeza, logramos situarnos, tú detras de mí, muy juntito a mi cuerpo, como protegiéndome de cualquier tocón que pudiera rozarme.


Giro la cabeza y te pregunto como una niña curiosa que a dónde vamos. Evidentemente, tú no vas a contestarme. Me sonríes en silencio y miras fijamente hacia delante. Yo también sonrío, desconcertada, pero segura de que va a ser una muy agradable sorpresa. Noto cómo cada vez te vas apretando más contra mi espalda. Siento incluso tu calor maravilloso secando la ropa húmeda. Tus labios buscan mi pelo mojado y me das un suave besito en la cabeza. Sigo pensando en cuánto te quiero.


Tu mano derecha se agarra a la barra del autobús, pero la izquierda queda impúdicamente libre, libre para hacer lo que quiera, libre para rozarme, libre para palparme con disimulo, libre para magrearme. Libre. Y, naturalmente, no desaprovechas esa oportunidad. Me rozas los muslos, el trasero, comienzas a sobetear mientras observas, divertido, como todos van a lo suyo y nadie se da cuenta de la morbosa situación.


Advierto como tu sexo se va pegando más y más a mi culo. Siento como su dureza quisiera traspasarme la ropa, no tener piedad de mi cuerpo y llenarme toda, sobrepasarme, inundarme de tu calor. Cada vez más apretado contra mí, y, por tanto, más excitado, me susurras bajito al oído derecho: "Pero qué pedazo de pendón estás hecho..."


Ahora soy yo la que sonrío en silencio, encantada de mi victoria.


Nos toca bajar del autobús. "Hemos llegado, cariño", me anuncias, mientras te inquiero inútilmente con la mirada, sabiendo que no vas a contestarme. "Vamos a ir a bailar, cielo", me dices, mientras entramos en un local que no tiene demasiado público. Te apetece una buena sesión de baile y a ello vamos. A los dos nos encanta danzar, sentir la música en nuestro interior y poder expresar ese sentimiento al movernos. Nos pedimos unas copas y comenzamos a vivir nuestra noche. Suena de todo un poco, desde canciones más moviditas a temas más tranquilos, que, sin llegar a ser lentos del todo, ralentizan esos momentos y dan un respiro a nuestro ímpetu.


De repente, comienzan a sonar canciones realmente románticas. Bachatas, boleros... Te aproximas más a mí, y, tomándome por la cintura, te transformas en la maravillosa pareja de baile que siempre soñé. Advierto tu respiración junto a mi cara, el calor de tu piel que roza la mía. Es una situación muy erótica, no morbosa, es dulce y terriblemente sensual. Deliciosa, en suma. De vez en cuando se te escapa algún besito chiquitín, encantador, que hace que me apriete más si cabe contra ti, clavándote mis pechos en el tuyo, como las aristas de una montaña taladrando las nubes.


Inesperadamente, suena "Corazón loco". Separas tu mejilla de la mía y, sonriendo débilmente, me miras a los ojos. Te acercas de nuevo, y, cerrándolos, disfrutas el momento. Mientras, acompasadamente, seguimos el ritmo del bolero, noto como tus manos bajan lentamente, recorriendo desde mi cintura hasta la parte final de mi espalda, y llegando hasta mi trasero. De nuevo, amparado por la oscuridad de la sala, y tapado por otras parejas que bailan románticamente, me lo sobas, me lo palpas deseperadamente, como si no quisieras que nunca se te escapara. Cogiéndolo con rotundidad, me aprietas fuerte contra ti, clavando mi pubis contra el tuyo. Son tantas las sensaciones que me inundan, que me empieza a entrar calor. Noto tu sexo bien duro, es algo pétreo que quisiera, como en la escena del autobús, que me traspasara con impunidad en medio de la gente ajena a todo.


Siguen sonando los boleros y la música lenta mientras mi loco corazón sigue alborotado y quisiera escapar de su dulce prisión, para ligarse con el tuyo, en una homogénea mezcla de vísceras y sentimientos.


Notas esa desazón deliciosa y me tomas de la mano, llevándome a unos sillones bastante apartados de miradas indiscretas. Nos sentamos, deseosos de besos y caricias, y, buscándonos y encontrándonos en la oscuridad de la sala, nuestros labios cálidos chocan en una dulce lid. Adoro besarte, sentirte en el interior de mi boca como anticipo de lo que puedes llegar a hacer con tu lengua y dientes en otros rincones de mi cuerpo. Tus manos, ansiosas, buscan y rebuscan bajo mi falda, al abrigo de miradas indiscretas, separando el fino elástico de las braguitas y averiguando, alborozadas, lo que querían saber. Mi sexo húmedo anuncia lo a gusto que se encuentra, y acogen tus dedos que juguetean dócilmente con su vello. Abres despacito mi húmedo interior, buscando aquella perlita que sabes que, engrosándose, me dará sumo placer.



Tocas y aprietas dulce, pero firmemente, con maestría, mientras sigues besándome con pasión, alentado por esos boleros tan románticos que están acompañando nuestro dulce momento de locura. Sigues acariciando, cada vez un poquito más deprisa, de vez en cuando en círculos pequeñitos, de arriba a abajo en otras ocasiones, hasta que logras arrancarme un profundo suspiro que anuncia mi orgasmo. Rítmicamente, mi sexo se abre y cierra con dos dedos tuyos en su interior; la apoteosis está siendo intensa y así lo notas.


Orgulloso, feliz por haberme hecho disfrutar, recompones mi ropa y, guiñándome con malicia, me ayudas a colocarme el abrigo. Terminaremos de bailar boleros en nuestra habitación. Buen plan para esta noche.

viernes, 29 de junio de 2007

De tus manos


Adoro el perfume de tus manos. Es cálido, pero a la vez inquietante. Es dulce, pero a la vez salado. Cierro los ojos y las huelo después de habérmelas pasado por toda la piel, despacio, como a ti y a mí nos gusta, haciendo remolinos con tus dedos en el vello de mi sexo y dando pequeños tironcitos que me hacen sonreír.


Has pasado tus manos por mis pechos. Ellos casi rebotaron cuando desabrochaste mi sujetador: yo no quise hacerlo y dejé que fueras tú quien los aprisionara de su dulce tortura de encaje y satén. Los tuviste entre ellas. Los sopesaste, con cariño, calibrando una vez más su forma, el color y tamaño de sus pezones, sonriendo a ese lunar que aparece, divertido, como un visitante inesperado. Los acariciaste con dulzura, amasando suavemente sin lastimar, convencido de que el deseo crecería a medida que los ibas tocando. Sin brusquedad, con mesura.


Pasaste tus manos por mis brazos también sin prisa, recreándote en cada centímetro, paladeando con la vista el hueco opuesto al codo, aprovechando para pasar tu lengua por él. Mis hombros, mis brazos, mis antebrazos, mis muñecas que giraste para besar esas venas que pugnan por salir, tan azules bajo una piel fina… Y mis manos. Mis dedos largos, mis uñas sin pintar, mis palmas que abrí para dejar que depositaras besos una y otra vez, de nuevo mis dedos que se meten en tu boca como inesperados huéspedes.


Tus manos pasearon por mi espalda, delicada y lentamente, recreándose en cada curva, y te asemejaste al viajero, que, asombrado, llega por primera vez a una ciudad que sólo existió en sus sueños y comprueba que es más bonita de lo que nunca pensó. Desde el hueco de los riñones, bajas las manos a mis nalgas. Más curvas aún, más voluptuosidad que te va enardeciendo por momentos, hasta hacer que tus dedos también sean visitantes inesperados de oquedades por descubrir.


Y mi sexo… Tus dedos se deslizan por él, que hace rato que te espera, húmedo, cálido, deseando que el sueño de tus manos por mi cuerpo no se rompa como una frágil pompa de jabón; anhelando por momentos que consigan levantar suspiros de amor sin fin; esperando que consigan latigazos inolvidables de uno, dos, tres orgasmos que juntos celebraremos mirándonos a los ojos.


Por eso adoro el olor de tus manos. Porque huelen a mí.

viernes, 22 de junio de 2007

La Cuentacuentos




Allí estaba ella, sentada sobre un cojín marroquí de penetrante olor a cuero y labrado con letras diminutas y perfectas formas geométricas. La pelirroja no tendría más de veintitrés años. Pelo rizado, estatura media, complexión delgada. Nada fuera de lo normal. Ni curvas de vértigo ni cuello de alabastro. Pero su sonrisa… Y sus ojos, tan soñadores…


Pablo continuaba absorto, escuchándola en la tetería que solía frecuentar, mientras la muchacha se dedicaba a deleitar los oídos de un puñado de gente. De vez en cuando él se escapaba del hilo de la historia y se dedicaba a contarle las pecas de la nariz. La pelirroja sabía narrar a la perfección su cuento y se detenía en el instante justo, en el momento apropiado, manteniendo un enconado pulso entre las ganas de acabar pronto porque esa noche no se encontraba demasiado bien, y el orgullo de saber que podía atraer a la gente con su voz y su palabra como el flautista atrajo a las ratas.


Una de las veces, se quedó mirando a Pablo y se sintió desnuda, como si el chico estuviera diseccionando uno a uno todos sus gestos, como si no le quisiera dar la bienvenida por ser una nueva cuentacuentos, sustituta del chaval que solía ir por aquellos lares, sino analizándola como el científico a la rana en el laboratorio. Se sintió mal, y le clavó con cierta furia su mirada. Porque aquel chico no la observaba como el resto. Al fin y al cabo estaba acostumbrada a ser el blanco de varios pares de ojos; era su trabajo, le gustaba y lo apreciaba. Pero lo que ya no le hacía tanta gracia es que este idiota la machacara con su mirada absorta, que provocaba que incluso algún escalofrío recorriera su piel pecosa. Estaba cansada y de mal humor, aunque a la hora de lanzar el cuento al aire no se le advirtiera.


Eva terminó de contar su historia y recibió agradecida los aplausos que le brindaron. Poco a poco, el público comenzó a acomodarse unos, a levantarse para irse otros, a darse besos tres o cuatro que estaban, por lo visto, muy enamorados. Pablo se levantó del suelo, donde había estado sentado como un viejo profeta, con las piernas cruzadas, y le espetó:


-Tú te llamas Blanca, estoy seguro.


Eva torció el gesto ante lo que le parecía un truco demasiado viejo y vulgar para ligar. No estaba dispuesta a decirle su nombre, eso lo tenía claro.


-No, no me llamo Blanca y estoy cansada. Tengo ganas de irme ya. ¿Te ha gustado el cuento?


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Le acarició el pelo de color zanahoria con delicadeza, mientras atrapaba uno de sus rizos y se lo acercaba a la nariz, extasiado. La chica olía realmente bien a un perfume indefinido pero que no le recordaba al de ninguna novia anterior, lo cual le gustó mucho. Le cogió las manos y le besó las palmas, galante, volviéndolas del revés para también hacerlo con el dorso de ambas. Hacía un par de meses que no hacía el amor y esta chiquilla delgada y de pelo de fuego le atraía mucho, sobre todo esperando romper esa época de sequía que tanto le disgustaba.


Eva se dejó hacer. Martilleó los oídos de Pablo con un "oye, pero si tú estás muy bien", que denotaba sorpresa, y que le sonó a música, poco acostumbrado el chico a piropos y menos aún en esas circunstancias. La chica comenzó a besarle, primero con toques suaves como si sus labios quisieran atrapar pompas de jabón sin quebrarlas, y ya luego con alevosía, como si temiera que la boca de aquel chico se le fuera a escapar sin decir adiós.


Pablo siguió besándola con delectación, y mientras la tomaba por la cintura, comenzó a bajar por el cuello de la chica. Eva se estremecía con cada besito, con cada pequeña dentellada que, fugazmente, mostraba las señales que atestiguaban la pasión que Pablo sentía en esos momentos. El chico desabrochó despacio la blusa y bajó las mangas, despojando de la camisa a su propietaria. Dos magníficos pechos, algo más grandes de lo que él había calculado, se dejaron ver bajo un sujetador de encaje orlado de florecitas. Pablo pasó el dedo por debajo del tirante izquierdo, luego del derecho, y a la vez que bajaba a ambos por los níveos brazos de la chica, bajó su cabeza para besar lentamente el pecoso escote. Cientos de puntitos de color naranja le saludaban. Diminutas lentejas dispuestas a ser devoradas.


Pablo cogió los pechos de la chica mientras el sujetador se alojaba en la cintura de Eva. Los broches seguían en su sitio, y esta circunstancia provocó que la prenda atenazara el talle de la pecosa pelirroja como una boa aprieta a su presa. Pablo empezó a besar con arrebato los pechos firmes y casi perfectos de la mujer, que, cerrados los ojos, comenzaba a estremecerse. Los pezones rosados se volvieron granito entre los dientes del chico, que, encantando, los lamía como quien chupa un polo de limón. Sostuvo uno de ellos con su índice y su pulgar y los movió un poquito, igual que si manejara el botón del dial de una radio antigua. Sin duda, buscaba la melodía de unos suspiros de placer. Algo que no tardó en encontrar.


Pablo era muy delicado en sus movimientos, y Eva lo agradecía. Le tomó la mano derecha y se la colocó entre sus piernas, que ahora destilaban deseo en forma de una ambrosía transparente. Los dedos fueron hábilmente precisos, y lograron arrancar en poco tiempo otra melodía, en este caso de la garganta de la pelirroja. Eva lo tiró sobre un pequeño sofá moruno que había en la tetería, y le desabrochó el pantalón al chico. Aquel bulto que pugnaba por salir, prometía y no defraudó. Tomó el sexo del chico y empezó a darle besitos chiquitines, hasta que el mismo ritmo de las caderas de Pablo guió a la chica cómo debía lamer y chupar para proporcionar el placer máximo.


Las velas sobre el mostrador terminaron por consumirse, y Eva y Pablo seguían haciendo el amor. Hacía tiempo que la música devino en silencio, y Eva y Pablo continuaban devorándose. La gente -público y empleados- se había marchado, y Eva y Pablo eran los únicos testigos de sus propios actos. El tiempo no quería detenerse y así seguir su curso natural, y Eva y Pablo no estaban conformes con ello. Eva seguía cabalgando cadenciosamente encima de Pablo, jadeando casi sin hacer ruido, apoyadas las palmas de sus manos sobre el torso del chico, clavando sus uñitas pero sin hacer daño alguno. Y Pablo cerraba los ojos de puro placer…


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-Que digo que si te ha gustado el cuento… y que no me llamo Blanca, pesadito…


La argéntea voz de Eva le devolvió a la realidad. La gente continuaba sentada, degustando entre risas pastelitos de miel y bebiendo té a la hierbabuena. Eva le miraba con desgana, tomando su bolso de bandolera y dispuesta a deshacerse cuanto antes de aquel pesado.


-Ciao. Me largo. Pásate otro día por aquí, que tengo más cuentos que contar. Mira… -Eva bajó, avergonzada, sus ojos verdes de traviesa pelirroja-. Siento si he sido borde, es que estoy algo cansada…


-No, no te preocupes. Sí, vendré más veces. Me gusta cómo has narrado el cuento. Y seguro que tienes muchos más por descubrir…


Pablo le dedicó la mejor de sus sonrisas mientras la volvió a imaginar con el sujetador rodeando su cintura blanca, y las lentejas de su escote prestas a ser devoradas por él. Las prefería mil veces a los pastelitos de miel.

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