martes, 12 de junio de 2007

Clara


El hombre se sirvió una taza de café. Se dispuso a revolver aquellas fotos en una caja grande de cartón, que consecutivamente había servido como almacén de galletas con nueces, contenedor de documentos, y, finalmente, habitación de viejas imágenes, unas en color desvaído, otras en blanco y negro, pero todas, evocadoras de tiempos más o menos felices. Y entonces, la encontró. Encontró lo que estaba buscando.



Aquella tarde se había levantado de la siesta con poco que hacer. Su jubilación estaba dando para mucho: para largos paseos, para ir a pescar con su mejor amigo, para recuperar la ilusión de vivir junto al nietecillo de cinco años, para aburrirse como una ostra en las largas tardes de verano.



Se sentía solo. Desde que Clara decidió irse una puñetera mañana de mayo, así, sin avisar, tan desconsiderada ella, que lo tuvieron que llamar al trabajo y él ni se puso la chaqueta y lo llevaron casi sin darse cuenta, así, a trompicones, se sentía muy solo. Qué puñetera también Clara, por hacerle eso. Rellenita, de muslos de melocotón y canela en su juventud y adornado con estrías de regalíz en la madurez. De pechos pequeños pero firmes, desacostumbradamente erguidos en una mujer de su figura, Clara había alegrado con sus risas los despertares de siestas y acompañado con suspiros los duermevelas eternos del invierno. Había sido una buena compañera, también en la cama, y el hombre sonrió con gratitud frente a su taza de café, que seguía frente a él, sin ser movida de su sitio, con su interior oscuro y amargo dispuesto a desaparecer. Pero la bebida, cada vez más fría por momentos, siguió allí.



El hombre, sí, encontró lo que estaba buscando. Una foto de juventud de Clara. Ella posaba divertida, con un bañador que claramente se veía anticuado, con una faldita pudorosa cubriendo la unión de las piernas de melocotón y canela, esa unión que poco después descubriría el hombre como el cáliz más suculento que imaginar se pueda. Cuántas veces le comió su sexo y cuántas veces quedó por comer. Cuántas jornadas deliciosas de savia jugosa resbalando por su barbilla y cuántas noches relamiendo las consecuencias líquidas y transparentes de su arrebato.



El hombre sintió que la sangre le ardía por dentro, especialmente en su sexo dormido, y que pocas veces era portador de buenas noticias. Se sintió algo incómodo, por lo inhabitual de la erección, pero sonrió feliz, porque algo así había que celebrarlo. Internamente, le agradeció a Clara que aquel día de agosto se dejara hacer la foto.



No quiso masturbarse. Dejó que lentamente la serenidad de la vejez recién estrenada se antepusiera a la energía del calor que Clara, desde dónde puñetas sabía nadie, le estaba mandando con su faldita de lycra azul petróleo y sus muslos de melocotón y canela.

5 mordiscos a esta cereza:

javierlunaro dijo...

Siempre. Siempre. Siempre

Guinda de Plata dijo...

Siempre.

Sé que te ha gustado. Y mucho.

Un beso.

B.

Guinda de Plata dijo...

Por cierto, moltes gracies por incluirme en tu blog, amigo mío.

Siempre.

B.

Suso Pena dijo...

Sorprendente relato...
Voy leyendo, tranquilamente, con cierto relax, y cuando llega el final, cuando llega, vaya.... que maravilla.

Plácido

Guinda de Plata dijo...

Gracias, Plácido.

Ese fue el primer post que me nominaron en el Café. Era de La Ley del Deseo, de ahí su final que tanto te ha sorprendido.

Muchas gracias por entrar y leerme.

Un beso,

B.

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