miércoles, 15 de agosto de 2007

Geografía y uso de una mano



Para el único doctor que hace que me resulten agradables las visitas al médico: mi admirado y cinéfilo Dr. Krapp.





Una sola palabra bastó para detener su mano. Ésta se disponía, como una curiosa entrometida, a intentar arrancar los mismos suspiros que la mano de ella se autoprovocaba en su cuerpo de mujer.

Una sola palabra de ella hizo que él se detuviera. Su mano quedó en el aire, inmóvil, pobre apéndice que de haber tenido color como color tenían las mejillas de la mujer, se hubiera tornado cerúlea. Las venas habrían simulado frescos riachuelos, las palmas, áridos llanos nevados. La cálida piel se hubiese transformado en frígido mapa, y su ya inexistente calor no hubiera podido llegar a donde pretendía. Pero nada de eso pasó. La mano sólo se quedó inmóvil, a la espera de que su dueño la devolviera junto a sus muslos, en reposo, o se convirtiera en torbellino lujurioso, capaz de arrancar los más exacerbados gemidos al pulsar la cuerda apropiada. La mano esperaba, en fin, órdenes.

- Párate. No sigas –añadió tras un segundo de interminable silencio.

Una sonrisa maliciosa acompañaba estas palabras. La mujer amagaba el gesto sin enseñar sus dientes, dotados de tal perfección que un bocado con ellos se asemejaría más al dulce mordisqueo de un lactante clavando sus primeros dientes en el pezón, que a un doloroso recuerdo, quizá fruto de una apasionada batalla campal en la cama.

La mujer prefería observar esa mano, ese dorso salpicado de pequeños vellos, esas uñas inmaculadamente limpias y cortas, esos dedos que tantos placeres había procurado en otros tantos cuerpos femeninos, esa palma grande que se ofrecía poderosa sin saber aún qué iba a abarcar en los próximos minutos.

La mujer eligió acercarse, curiosa, a esa mano que se le ofrecía y degustar lentamente, con una lengua parecida a un látigo de dominatrix, el sabor salado y varonil que tanto conocía. Chupó dedos, besó yemas, mordisqueó cantos de las palmas, lamió sin medida. Su lengua dibujaba senderos de saliva caliente, sus labios acogían los dedos que se introducían, traviesos, en la boca. Uno, dos, tres… simulando ser el sexo de aquel que estaba siendo protagonista de tamaño sacrificio. Una diosa devoraba su mano. ¡Qué no haría con su sexo! Estando en este pensamiento, el hombre, ese hombre dueño de una mano libidinosa que en ese momento era el juguete de ambos amantes, soltó un profundo suspiro y se estremeció.

6 mordiscos a esta cereza:

corsario sin patente dijo...

Me recuerda, querida Guinda, a unos versos de Quevedo:

Unos ojos, una risa, unas manos...,
todo mi corazón y mis sentidos
saquearon hermosos y tiranos.

Guinda de Plata dijo...

Y tú, mi querido Corsario, mi navegante de mil mares, mi amigo de sensibilidad exquisita, como siempre regalándome versos...

Tú, mi querido Corsario, siempre tan pendiente de esta Guinda...

Gracias por traerme estos versos tan hermosos. Gracias por acompañarme en mi rinconcito. Gracias por ser como eres. Gracias por ser tú.

Gracias, mi Corsario.

B.

corsario sin patente dijo...

Sé de que te gustan los versos y por eso te he dejado en mi blog unos de Ruben Darío que espero te ayuden un poco.

Dr. Krapp dijo...

Querida, Guinda:
Muchas, muchas gracias por su dedicatoria.
Me ha metido usted en medio de la vorágine de las viejas pasiones ancestrales. Un buen sitio para quedarse si no fuera por esa maldita racionalidad a la que está atado este doctorcito demasiado acostumbrado a ser un pobre esclavo de la ciencia.

Guinda de Plata dijo...

Pero no me negará, mi querido doctorcito Krapp que hasta los científicos tienen sexo (y no son como los ángeles...) ;-)))

Reciba mil guiños, besos, abrazos y afectos, mi querido doctor de las terapias del alma.

Guinda de Plata dijo...

Corsario, muchísimas gracias por ese regalo en forma de versos. Gracias de verdad, son preciosos. También me he pasado por allí para darte las gracias en tu trocito de mar.

Bicos y apertas,

B.

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