viernes, 12 de octubre de 2007

Besos en nuestras antípodas


Me acerqué sutilmente, casi flotaba sobre el suelo. Él tenía cerrados sus párpados, expectante; intuía que iba a darle más de lo previsible. Lentamente, con una sonrisa traviesa casi imperceptible -por el resto del mundo si hubiéramos tenido espectadores, porque por él era imposible verme-, acerqué mis labios a sus ojos y besé sus párpados.


Advertí el suavísimo e invisible vello de su frente, de sus orejas, erizándose, los labios hinchándose de gozo, su cara dándose a mí. La barba cerrada, recién afeitada, luchaba por salir de los poros de su cara, en un ardid inaudito e imposible: los pelos tardarían al menos tres días en aparecer. Pero a mí no me importaba. Me chiflaba ese tacto suave de la piel, y, por un momento, casi hubiera deseado que la suya fuera como la de una mujer: de melocotón, de merengue...


Inopinadamente, abrió los ojos, y, extasiado ante mis pies desnudos, no le quedó más remedio que besarlos en un ejercicio de sublime adoración.

2 mordiscos a esta cereza:

javierlunaro dijo...

Bienvenida al club de los fetichistas. Siempre.

Guinda de Plata dijo...

Gracias por tu cordial bienvenida. Y te añado un guiño pícaro de los míos, ya sabes por qué.

Siempre, Javi, siempre.

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