sábado, 7 de junio de 2008

Un hombre que lloró mucho a solas




"Ahora soy dichoso cada hora del día".
(Joseph C. Merrick, El Hombre Elefante, en la última etapa de su vida)



Una de las escenas que más me han impresionado de los nuevos clásicos dentro del cine, es aquella en la que el maravilloso actor británico John Hurt, en su papel como Joseph Merrick, El Hombre Elefante, grita, desesperado: "¡No soy un animal, soy un hombre!"

Confieso que en ese momento unas lágrimas de impotencia corrieron por mi rostro. La película fue estrenada en 1980 y yo la vi poco tiempo después, en plena adolescencia. Me impactaban muchas cosas, y, entre ellas, lo hizo conocer a través de la emotiva película de David Lynch la triste historia de este hombre singular. Una película que recomiendo ver a aquellos que, por la circunstancia que sea, no hayan podido aún degustarla. Además intervienen, junto a John Hurt, tres de mis actores favoritos: Sir Anthony Hopkins, Anne Bancroft y John Gielguld.

Hace escasamente una semana, ha salido a la venta la reedición de "La verdadera historia del Hombre Elefante" (Turner, colección Noema), libro aparecido en 1980 con la autoría de Michael Howell y Peter Ford.

En el Londres del siglo XIX, y cuando era habitual que personas deformes, siameses, y mujeres barbudas se mostraran en barracas de feria (barracas, por su sentido y existencia, más monstruosas que los seres que el público veía), Joseph Merrick, repudiado por todos por su monstruosa fealdad, no vio más salida que pedir que le contrataran en una. Pero empiezo por el principio.

Joseph Carey Merrick nació en 1862. Cuando tenía pocos años de vida, su cuerpecillo empezó a deformarse por, probablemente, una de las más graves enfermedades que pueda padecer una persona, tanto por sus secuelas físicas como por las psicológicas que trae consigo: el síndrome de Proteus, que consiste en el desmesurado crecimiento de determinados huesos del cuerpo, especialmente del cráneo, por una serie de tumores, y de una coloración grisácea en la piel, que a su vez también crece de forma desproporcionada.

Desde muy pequeño, fallecida su madre y vuelto a casar el padre -que no lo quería mucho, según parece-, sufrió el rechazo de su nueva familia y sufría las constantes humillaciones y bromas crueles de su madrastra y hermanastros.

Entró a trabajar en una fábrica de cigarrillos, pero su mano derecha había crecido de forma desmesurada y no podía manejarlos. Así que probó suerte como vendedor ambulante para poder ganarse la vida, pero sólo consiguió que le miraran con repulsión y que nadie le comprara su mercancía.

Desesperado al perder su licencia, decidió escribir a un empresario de la zona para que lo contratara en su feria, donde mostraba a seres deformes a la curiosidad y morbo del público. Naturalmente, una vez que se presentó ante el feriante, éste supo que Merrick supondría grandes beneficios para él y para su freak show.

La gente lo miraba con asco, pero era una humillación que el propio Joseph había consentido para poder sobrevivir, lo cual mueve -a mí, al menos-, a la compasión más absoluta.

Frederick Treves era un catedrático de anatomía del Hospital de Londres que se interesó por El Hombre Elefante y al principio sintió el mismo asco que los demás, llegando a decir de él: "Es el espécimen más desagradable de la humanidad entera". Una somera visión de alguien a quien fue descubriendo poco a poco como un hombre muy bueno, educadísimo y honesto, dotado además de una gran inteligencia. Demostró tener además un gran vocabulario y mucha cultura.

Lo que puso más triste al Dr. Treves fue que Joseph no pudo sonreír jamás, pues los nervios y músculos de la cara que favorecen esa función estaban severamente dañados. Por el contrario, sí podía llorar y -aquí viene algo realmente enternecedor-, Joseph Merrick lo hizo cuando una mujer le dio la mano. Era la primera vez en su vida que alguien le ofrecía su mano con cariño. Y Joseph rompió a llorar, huérfano de afecto, amor, y de caricias.

Merrick siguió ganándose la vida dentro del mundillo de la farándula y las variedades, pero la presión de los grupos que estaban en contra de este tipo de humillaciones públicas de los freak shows, hizo que éstos terminaran. Durante una gira por Europa, la feria hubo de cerrar y Joseph fue abandonado en Bélgica. Con parte del dinero que tenía, pudo comprar un pasaje que le llevara de vuelta a Inglaterra, pero fue duramente abucheado por las multitudes. Justo es esa parte de su vida la que yo recordaba al principio, plasmada fantásticamente en la película de Lynch.

Joseph Merrick, enfrentado de nuevo a las críticas inmisericordes de todos, quiso entrar en un asilo para personas ciegas. Así podría vivir de una manera tranquila ante personas que jamás le juzgarían por su apariencia. Su amigo el dr. Treves, el único que le podía proporcionar un poco de afecto, pidió ayuda económica a través de una reseña en la prensa, y finalmente logró que Merrick consiguiera una habitación en el Hospital de Londres.

Pero, una vez que alcanzó una relativa felicidad, logrando incluso que la Princesa Alexandra de Gales se interesara por su caso, Joseph Carey Merrick falleció en 1890, desnucado por el desmesurado peso de su cabeza deforme.

Tenía tan sólo 27 años. Era aún muy joven, vivió muy poco, pero al menos su corazón pudo llorar de emoción una vez al sentir sobre la suya, deforme, la mano suave de una mujer. Yo creo que esa única vez pudo compensar el hecho de que jamás lograra sonreír.

Termino ya con un hermoso poema, el único que escribió Joseph Merrick. Conmovedor.

Es cierto que mi forma es muy extraña,
pero culparme por ello es culpar a Dios;
si yo pudiese crearme a mí mismo de nuevo
me haría de modo que te gustase a ti.
Si yo fuera tan alto
que pudiese alcanzar el polo
o abarcar el océano con mis brazos,
pediría que se me midiese por mi alma,
porque la verdadera medida del hombre es su mente.

Qué lástima que siendo al parecer una persona tan dulce, educada e inteligente, no consiguiera el afecto y cariño de los demás por su aspecto monstruoso. Joseph debió llorar mucho a solas.

8 mordiscos a esta cereza:

Monica Alvarez dijo...

Hola amiga:
bien triste la vida de un hombre castigado por su fisonomía.¡cómo sería!Si hasta por menos problemas físicos,la discriminación humana es lapidaria.De igual forma hubo seres que apreciaron su interioridad traspasando lo externo y visible.
Un abrazo desde Chile y felicitaciones por tu libro sobre Cádiz

FERMÍN GÁMEZ dijo...

Triste mundo en que sólo se perciben las deformidades físicas.
El poema de Merrick es desolador.
Y comparto contigo esa admiración por Hurt y por los otros actores que mencionas al principio.

Dr. Krapp dijo...

Desde casi el estreno de la película de Lynch tengo obsesión por el personaje de Merrick y de alguna forma me parece alguien muy cercano, quizás sin motivo. La idea del hombre frente al mundo, del hombre que no puede ofrecer a los demás su verdadera imagen y por lo tanto vive en una tortuosa incomunicación con los demás me ha parecido siempre espantosamente terrorífica. En ese sentido no puedo dejar de recordara aquella película tan tristde Dalton Trumbo, que recomiendo a todos a pesar de su dureza, Johnny cogió su fusil.

Noray dijo...

Recuerdo que esa película me hizo llorar, hasta entonces no conocía ni la vida ni el poema de Merrick. Esta noche, tú me has revivido aquel año,1980, tan importante en mi vida.

Un beso.

Luis Antonio PÉREZ CERRA dijo...

Yo la tenía olvidada, pero tu reseña, pródiga en detalles, me ha hecho revivir aquel desasosiego angustioso. Y como bien señala el Dr. Krapp, el filme "Johnny cogió su fusil" también viene a colación

Guinda de Plata dijo...

Querida Mónica:

Yo también te doy un abrazo fuerte desde Cádiz y mil gracias por tus felicitaciones por la publicación de mi libro. Sigues siendo, por lo que veo en tu página, una magnífica poetisa.

A ti y a todos, ¿qué puedo deciros acerca de la triste, tristísima vida de Joseph Merrick? Porque yo sólo he plasmado una mínima parte de lo que el pobre sufrió en tan pocos años que pudo vivir.

Imagino su interior hermoso y cultivado, desolado como bien dice Fermín, sin poder abrirlo a los demás por la repulsión que causaba. Una verdadera lástima.

Y la reseña cinematográfica del doctor y de Luis Antonio es de lo más acertada: Johnny cogió su fusil es, efectivamente, una película durísima y muy, muy fuerte, pero muy recomendable.

Muchas gracias por acercaros a este perfil que he escrito sobre una personalidad que me fascina... y me pone muy triste.

Besos,

B.

Martín G. Ramis dijo...

después de lerme tu estupendo blog, te recomiendo otro que seguro te gusta: Martín Garrido entre el centeno.

Music and me dijo...

Querida Belén.
Esta historia es especialmente triste.Pero no dista mucho de las relaciones humanas que hay en la actualidad.
Niños que son insultados e incluso víctimas de palizas por sus propios compañeros de clase solo por ser diferentes,por ser obesos,usar gafas o algo tan normal como tener falta de atención,ser tímidos o simplemente ser diferentes a los demás.
También los adultos somos crueles con los que no siguen las reglas y no se comportan según lo establecido por los cánones que dicta la sociedad.
Muchas veces,al ver los informativos nos llevamos las manos a la cabeza,pero tendríamos que "Mirarnos en el espejo" y "Empezar el cambio por nosotros mismos".
Ya sabes de lo que te estoy hablando.

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