viernes, 20 de julio de 2007

Carta al ausente


En 1985, la escritora Rauda Jamís publicó la biografía de Frida Kahlo. Admiro profundamente a esta mujer, extraordinaria luchadora a pesar de sus limitaciones por el terrible accidente que sufrió en la adolescencia, y desconcertante pintora que me atrae por la calidez de los colores usados y, sobre todo, por el significado de sus obras, muchas veces bastante más profundas de lo que parecen a simple vista.


Frida, rota, absolutamente rota en una cama con un corsé de yeso que le cubría todo el cuerpo, tenía un espejo en el techo de su habitación y de ahí salieron sus espléndidos autorretratos: comenzó a pintar para no aburrirse y como se miraba durante muchas horas, decidió dibujarse de mil maneras. A mí me fascina especialmente cuando lo hace como una emperatriz azteca, cuajada de joyas de oro y adornado su pelo de artísticas trenzas. De esa guisa también ordenó que la fotografiaran. Quería verse inmortalizada como una auténtica princesa.


Ahora que se cumplen cien años del nacimiento de la gran pintora, que ha logrado superponer su trabajo como artista a la simple (y a la vez paradójicamente compleja) etiqueta de amante de Diego Rivera, el gran muralista, traigo a este rinconcito un pasaje que me encanta de la biografía de Rauda Jamís. Aunque el texto del libro es bastante objetivo, la escritora de vez en cuando introduce partes íntimas y subjetivas, poniéndolo en boca de Frida, y esto que pongo es algo realmente brillante, que quiere plasmar el horror al vacío febril, frenético, que sentía Frida cuando se enfadaba con Diego y éste la dejaba sola por las noches, largándose con otras mujeres.


Les aseguro que, hoy por hoy, yo siento lo mismo, dedicándole este trocito de desazón a aquel que nunca llegó a estar conmigo. Quizá por ello me guste tanto, porque me identifico con este espléndido texto desenfrenado y caótico dentro su rígida estructura de horas. Tic, tac. Tic, tac. Tic, tac. Quién no habrá sentido esto alguna vez...


Me hubiera encantado escribirlo. Bellísimo. Es también, ¿por qué no?... una carta a mi ausente particular.



CARTA AL AUSENTE


Mi noche es como un gran corazón que late.


Son las tres y media de la madrugada.


Mi noche no tiene luna. Mi noche tiene grandes ojos que miran fijamente una luz gris que se filtra por las ventanas. Mi noche llora y la almohada se vuelve húmeda y fría. Mi noche es larga y larga y parece estirarse siempre hacia un fin incierto. Mi noche me precipita hacia tu ausencia. Te busco, busco tu cuerpo inmenso a mi lado, tu respiración, tu olor. Mi noche me contesta: vacío; mi noche me da frío y soledad. Busco un punto de contacto: tu piel. ¿ Dónde estás? ¿ Dónde estás? Me vuelvo hacia todos los lados, la almohada húmeda, pego la mejilla a ella, mi pelo mojado contra las sienes. No es posible que no estés aquí. Mi cabeza vagabundea, mis pensamientos van, vienen y se aplastan, mi cuerpo no lo puede comprender. Mi cuerpo te desearía. Mi cuerpo, esa incertidumbre mutilada, desearía olvidarse por un momento en tu calor, mi cuerpo requiere algunas horas de serenidad. Mi noche es un corazón hecho trizas. Mi noche sabe que me gustaría mirarte, seguir con mis manos cada curva de tu cuerpo, reconocer tu rostro y acariciarlo. Mi noche me ahoga por tu ausencia. Mi noche palpita de amor, aquel a quien quisiera contener pero que palpita en la penumbra, en cada una de mis fibras. Mi noche quisiera llamarte, pero no tiene voz. Sin embargo, desearía llamarte y encontrarte, y apretarse contra ti un momento y olvidar ese tiempo que mata. Mi cuerpo no puede comprender. Tiene tanta necesidad de ti como yo, quizás a fin de cuentas él y yo sólo somos uno. Mi cuerpo te necesita, a menudo casi me has curado. Mi noche se hunde hasta casi no sentir la carne y el sentimiento se hace más fuerte, más agudo, desprovisto de la sustancia material. Mi noche me quema de amor.


Son las cuatro y media de la madrugada.


Mi noche me agota. Sabe que te echo de menos y toda su oscuridad no basta para esconder esa evidencia. Esa evidencia brilla como una cuchilla en la noche. Mi noche querría tener alas que volaran hacia ti, te envolvieran en tu sueño y te devolvieran a mí. En tu sueño me sentirías cerca de ti y tus brazos me abrazarían sin que despertases. Mi noche no me aconseja. Mi noche piensa en ti, sueño despierta. Mi noche se entristece y se pierde. Mi noche acentúa mi soledad, todas mis soledades. Su silencio sólo oye mis voces interiores. Mi noche es larga y larga y larga. Mi noche tiene miedo de que el día no aparezca más, nunca jamás, y a la vez teme su aparición, porque el día es un día artificial en que cada hora cuenta el doble y sin ti no es realmente vivida. Mi noche se pregunta si mi día no se parece a mi noche. Lo que le explicaría a mi noche porque temo también el día. Mi noche tiene ganas de vestirme y de empujarme fuera para ir a buscar a mi hombre. Pero mi noche sabe que lo que se llama locura, de cualquier tipo, esparce desorden, está prohibida. Mi noche se pregunta qué es lo que no está prohibido. No está prohibido confundirse con ella, eso lo sabe, pero se ofusca al ver una carne confundirse con ella en el filo de la desesperación. Una carne no está hecha para casarse con la nada. Mi noche te quiere con toda su profundidad, y resuena también de mi profundidad. Mi noche se nutre de ecos imaginarios. Puede hacerlo. Yo fracaso. Mi noche me observa. Su mirada es lisa y se funde en cada cosa. Mi noche desearía que estuvieses aquí para deslizarse en ti con ternura. Mi noche te espera. Mi cuerpo te espera. Mi noche quisiera que tú descansases en el hueco de mi hombro y que yo descansase en el hueco del tuyo. Mi noche quisiera ser el mirón de tu placer y del mío, verte y verme temblar de placer. Mi noche quisiera ver nuestras miradas y tener nuestras miradas cargadas de deseo. Mi noche quisiera tener entre sus manos cada espasmo. Mi noche se volvería suave. Mi noche gime en silencio su soledad al recordarte. Mi noche es larga y larga y larga. Pierde la cabeza pero no puede alejar tu imagen de mí, no puede tragarse mi deseo. Se muere al saber que no estás aquí y me mata. Mi noche te busca sin cesar. Mi cuerpo no consigue concebir que algunas calles o cualquier geografía nos separan. Mi cuerpo se vuelve loco de dolor al no poder reconocer en medio de mi noche tu silueta o tu sombra. Mi cuerpo quisiera besarte en tu sueño. Mi cuerpo quisiera dormir en plena noche y en esas tinieblas ser despertado porque tú lo besabas. Mi noche no conoce sueño más hermoso y cruel hoy que éste. Mi noche grita y desgarra sus velos, mi noche choca con su propio silencio, pero tu cuerpo permanece inencontrable. Te echo tanto de menos. Y tus palabras. Y tu color.


Pronto va a amanecer.




4 mordiscos a esta cereza:

Anónimo dijo...

A veces no nos dan a escoger entre las lágrimas y la risa, sino sólo entre las lágrimas, y entonces hay que saberse decidir por las más hermosas.

Maurice Maeterlinck

Guinda de Plata dijo...

Preciosa cita que desconocía.

Y paradójica hasta cierto punto, porque a primera vista no hay lágrimas hermosas. Si se escarba un poquito,claro que las encontramos. Son las lágrimas de felicidad, de emoción... de enamoramiento.

Y sí, está bien decidirse por éstas últimas.

Gracias por acompañarme, anónimo.

Dr. Krapp dijo...

No quiero pecar de aguafiestas pero si algo tenía la buena de Frida era sentido del humor, empuje y si me lo permiten: un poco de mala hostia. Diego Rivera, siendo un hombre de un talento excepcional, era un tipo bastante sinvergüenza tanto en su vida sentimental como en otras facetas, ya que por ejemplo como estalinista acérrimo celebró el asesinato de Trotsky. Frente a un personaje así, Frida, todo coraje, hizo lo que pudo y claro, también tuvo sus momentos de decaimiento sentimental.

Guinda de Plata dijo...

Jajaja... Doctorcito, créame que usted nunca pecará de aguafiestas aunque se lo proponga. Sabe que siempre es para mí un placer leerle.

Sí, a pesar de mi admiración, reconozco que la gran Frida tendría que tener su punto (o puntazo) de mala hostia.

Pero con todo lo que pasó a consecuencia de su dolencia, unido a los abortos naturales que padeció, cuando tenía tan arraigado el deseo de la maternidad, y también unido a los dolorosos cuernos que le ponía el sr. Rivera, no me extraña nada, pero nada, que de vez en cuando emergiera esa mala leche de la que usted habla. Pero nada de nada, doctor.

Me ha encantado lo de aguafiestas, jeje. :-))

Siempre un placer,

B.

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