lunes, 30 de julio de 2007
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sábado, 28 de julio de 2007
Otra cosa curiosa. Acabo de leer una antigua reseña de El País digital donde también la llaman así. Yo ya venía de la calle con la idea de titular esta entrada de esta manera, y he dudado durante unos segundos si cambiarla por La Dama de Cabo Verde. Pero a pesar de la similitud con el reportaje de El País, he decidido dejar este título: La Dama descalza. Ahora que la he visto majestuosa, grande -por lo gruesa y por lo artista-, sobre el escenario del teatro al aire libre José María Pemán, con ese vestido de dos piezas de aires inconfundiblemente africanos, y unos collares de oro colgando sobre su pecho, no puedo, no deseo imaginármela de otra manera que no sea descalza, mostrando sus anchos tobillos, sus pies gorditos marcando uno, dos, uno, dos, el ritmo que marcaban ocho músicos excepcionales. No me imagino a la señora Évora con zapatos, como no podría imaginarme a Dalí sin Gala o a La joven de la perla, de Vermeer, con su oreja izquierda desnuda. No, no puedo imaginarme a Cesárea pisando fuerte como lo hace con las plantas desnudas de sus pies si tuviera zapatos puestos.
Piano, bajo, guitarra, saxo, violín, batería, timbales, y una especie de guitarra pequeña de la que no entendí bien su nombre cuando Cesárea presentó a aquellos hombres. Todos ellos en conjunción perfecta, alineándose como lo hacen los planetas para extasiar con su música; unos músicos que nos han transportado a momentos fastuosos durante la hora y media que ha durado el concierto -algo más si contamos el bis-.
Cesárea ni siquiera dio las buenas noches y no hizo falta. Bastaba su voz de terciopelo, su maestría a la hora de cantar sin ningún tipo de esfuerzo, su presencia de señora sobre el escenario, sus sesenta y algo años dando lección de fuerza desgarradora y vital.
Dejando aparte la anécdota de la noche -en un momento determinado, la cantante dijo que nos dejaba con música de percusión, porque "iba a fumarse un cigarrito", cosa, que, literalmente, hizo sentada en una silla dispuesta a tal efecto sobre el escenario-, yo me quedaría, por lo que esa deliciosa canción significa para mí, con el Saudade. Magníficamente acompañada por sus músicos, especialmente por un cubano que tocaba el violín y por el delicioso saxofonista, Cesárea evocó con su voz de terciopelo la fragancia de las flores nocturnas en una noche ideal de verano, sin gota de viento desagradable, y también llamó a la soledad, a la melancolía. Voz inconfundible que nos transportó a África en otras de sus canciones, o a un frenético carnaval en la que cerró el concierto. Fue la segunda canción de un bis largamente solicitado por el público, y que se vio precedido por una desgarradora -por lo hermosa- versión del "Bésame mucho".
Yo ya me puedo morir tranquila. He visto a Doña Cesárea Evora, la Dama descalza, en concierto. Algo que ansiaba desde hace unos años, cuando canceló su visita a Cádiz por problemas de salud. Aquella mujer africana, descubierta en Francia en 1988, y fiel exponente de lo que se ha dado en llamar "world music" o música étnica, volvió de nuevo cuando se recuperó y pudo hacer un huequecito en su agenda, pero entonces ya me fue imposible ir a verla y disfrutarla. Ahora, por fin, he podido degustar su voz y soñar con sus canciones que siempre serán eternas. Unas canciones que ofrece bajo el sello del estilo morna, que es el de su tierra, Cabo Verde. Un estilo musical que se asocia a las islas y combina la percusión de África Oeste con los fados portugueses y las modhinas brasileñas.
Doña Cesárea, si me permite el consejo, cuídese y no fume demasiado, por favor. Aún le debe quedar cuerda para rato, y nosotros así lo deseamos para poder seguir disfrutando del terciopelo verde de su voz.
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viernes, 27 de julio de 2007
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miércoles, 25 de julio de 2007
Hace unos veinte años, yo iba a mi trabajo, a la emisora de radio donde era locutora. Era septiembre, muy temprano y aún el día no había aclarado del todo. El tiempo todavía no había refrescado lo suficiente como para ponerse chaqueta o rebeca, y todo parecía indicar que iba a tratarse de un día más de septiembre. Yo tenía 19 años, camino de los 20.
De repente, noté como me atenazaban los brazos y cuatro manos empezaban a sobarme por encima de la ropa: el pecho, el culo. Una de esas manos me intentaba tapar la boca y otra, que logró desabrocharme el botón, bajarme la cremallera del pantalón vaquero. Otra mano cogió mi derecha y me la llevó hasta sus asquerosos huevos por encima de su pantalón. Dos tíos repugnantes se habían propuesto violarme. El miedo me dejó casi paralizada, pero tuve tiempo a reaccionar y el chillido que lancé fue tal, y tan pavoroso y estentóreo, que aquellos miserables salieron huyendo. Nadie fue tras ellos puesto que nadie había en ese momento por la calle, aunque la avenida principal estaba bastante cerca del final de la misma. Yo no denuncié, puesto que aduje que jamás podría dar una descripción. Me atacaron por la espalda y no les logré ver la cara. Ni siquiera podría contar a la policía qué complexión tenían, o qué color de pelo.
Echándole narices, hice mi turno de Los 40 Principales con la alegría de siempre; como si tal cosa. Cuando pasaron las cuatro horas de mi jornada laboral, aún tenía las marcas en las muñecas, y éstas me dolían. Pero más que los brazos y las manos, me dolía el alma, me sentía abatida, impotente porque no podía denunciar puesto que no tenía ni idea de a quién hacerlo. Ahora, con el paso del tiempo,me doy cuenta de que estuve muy confundida y que debía haber ido a comisaría porque aunque no podía dar datos físicos de aquellos tipejos, quizá estaría evitando algún ataque o asalto a otra chica.
Cuando años después, en otra emisora, tuve la oportunidad de entrevistar a Tina Alarcón, fundadora del Centro de Asistencia a Víctimas de Agresiones Sexuales, me di cuenta del verdadero alcance de la historia que existe detrás de cada mujer violada, agredida, ultrajada.
Tina posee en la actualidad cerca de dos mil expedientes abiertos de violaciones consumadas. Son dos mil gritos de desesperación que no tuvieron tanta suerte como yo. Dos mil gritos lanzados a la fuerza por culpa de desalmados que quisieron obtener sexo también a la fuerza.
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martes, 24 de julio de 2007
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lunes, 23 de julio de 2007

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domingo, 22 de julio de 2007
Cierra los ojos.
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sábado, 21 de julio de 2007
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viernes, 20 de julio de 2007
CARTA AL AUSENTE
Mi noche es como un gran corazón que late.
Son las tres y media de la madrugada.
Mi noche no tiene luna. Mi noche tiene grandes ojos que miran fijamente una luz gris que se filtra por las ventanas. Mi noche llora y la almohada se vuelve húmeda y fría. Mi noche es larga y larga y parece estirarse siempre hacia un fin incierto. Mi noche me precipita hacia tu ausencia. Te busco, busco tu cuerpo inmenso a mi lado, tu respiración, tu olor. Mi noche me contesta: vacío; mi noche me da frío y soledad. Busco un punto de contacto: tu piel. ¿ Dónde estás? ¿ Dónde estás? Me vuelvo hacia todos los lados, la almohada húmeda, pego la mejilla a ella, mi pelo mojado contra las sienes. No es posible que no estés aquí. Mi cabeza vagabundea, mis pensamientos van, vienen y se aplastan, mi cuerpo no lo puede comprender. Mi cuerpo te desearía. Mi cuerpo, esa incertidumbre mutilada, desearía olvidarse por un momento en tu calor, mi cuerpo requiere algunas horas de serenidad. Mi noche es un corazón hecho trizas. Mi noche sabe que me gustaría mirarte, seguir con mis manos cada curva de tu cuerpo, reconocer tu rostro y acariciarlo. Mi noche me ahoga por tu ausencia. Mi noche palpita de amor, aquel a quien quisiera contener pero que palpita en la penumbra, en cada una de mis fibras. Mi noche quisiera llamarte, pero no tiene voz. Sin embargo, desearía llamarte y encontrarte, y apretarse contra ti un momento y olvidar ese tiempo que mata. Mi cuerpo no puede comprender. Tiene tanta necesidad de ti como yo, quizás a fin de cuentas él y yo sólo somos uno. Mi cuerpo te necesita, a menudo casi me has curado. Mi noche se hunde hasta casi no sentir la carne y el sentimiento se hace más fuerte, más agudo, desprovisto de la sustancia material. Mi noche me quema de amor.
Son las cuatro y media de la madrugada.
Mi noche me agota. Sabe que te echo de menos y toda su oscuridad no basta para esconder esa evidencia. Esa evidencia brilla como una cuchilla en la noche. Mi noche querría tener alas que volaran hacia ti, te envolvieran en tu sueño y te devolvieran a mí. En tu sueño me sentirías cerca de ti y tus brazos me abrazarían sin que despertases. Mi noche no me aconseja. Mi noche piensa en ti, sueño despierta. Mi noche se entristece y se pierde. Mi noche acentúa mi soledad, todas mis soledades. Su silencio sólo oye mis voces interiores. Mi noche es larga y larga y larga. Mi noche tiene miedo de que el día no aparezca más, nunca jamás, y a la vez teme su aparición, porque el día es un día artificial en que cada hora cuenta el doble y sin ti no es realmente vivida. Mi noche se pregunta si mi día no se parece a mi noche. Lo que le explicaría a mi noche porque temo también el día. Mi noche tiene ganas de vestirme y de empujarme fuera para ir a buscar a mi hombre. Pero mi noche sabe que lo que se llama locura, de cualquier tipo, esparce desorden, está prohibida. Mi noche se pregunta qué es lo que no está prohibido. No está prohibido confundirse con ella, eso lo sabe, pero se ofusca al ver una carne confundirse con ella en el filo de la desesperación. Una carne no está hecha para casarse con la nada. Mi noche te quiere con toda su profundidad, y resuena también de mi profundidad. Mi noche se nutre de ecos imaginarios. Puede hacerlo. Yo fracaso. Mi noche me observa. Su mirada es lisa y se funde en cada cosa. Mi noche desearía que estuvieses aquí para deslizarse en ti con ternura. Mi noche te espera. Mi cuerpo te espera. Mi noche quisiera que tú descansases en el hueco de mi hombro y que yo descansase en el hueco del tuyo. Mi noche quisiera ser el mirón de tu placer y del mío, verte y verme temblar de placer. Mi noche quisiera ver nuestras miradas y tener nuestras miradas cargadas de deseo. Mi noche quisiera tener entre sus manos cada espasmo. Mi noche se volvería suave. Mi noche gime en silencio su soledad al recordarte. Mi noche es larga y larga y larga. Pierde la cabeza pero no puede alejar tu imagen de mí, no puede tragarse mi deseo. Se muere al saber que no estás aquí y me mata. Mi noche te busca sin cesar. Mi cuerpo no consigue concebir que algunas calles o cualquier geografía nos separan. Mi cuerpo se vuelve loco de dolor al no poder reconocer en medio de mi noche tu silueta o tu sombra. Mi cuerpo quisiera besarte en tu sueño. Mi cuerpo quisiera dormir en plena noche y en esas tinieblas ser despertado porque tú lo besabas. Mi noche no conoce sueño más hermoso y cruel hoy que éste. Mi noche grita y desgarra sus velos, mi noche choca con su propio silencio, pero tu cuerpo permanece inencontrable. Te echo tanto de menos. Y tus palabras. Y tu color.
Pronto va a amanecer.
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sábado, 14 de julio de 2007
Para Elisa y Jesús, con todo mi amor.
Un nombre poderoso, estentóreo, que significa luchador y guerrero y que supondrá su tarjeta de presentación en una vida árida a veces, esperemos que dulces las más, pero sobre todo preñada de cariño por sus padres y toda su familia.
Germán crecerá feliz, arropado por aquellos que le quieren y aquellos que habrán de quererle, por aquellos a los que la vida puso en su camino y a los que la misma vida arrancó de su lado incluso antes de nacer. Todos estarán con él. Hasta él. Su abuelo Germán.
Se llamará Germán, y se sentirá feliz de que un día decidieras (decidiérais) llamarlo igual que aquél que, orgulloso, lo tomaría entre sus brazos y sonreiría porque el minúsculo ser que germinó en tu vientre será en breve una bendita realidad.
Sí, decididamente, se llamará Germán.
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jueves, 12 de julio de 2007
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miércoles, 4 de julio de 2007

Esta foto dio la vuelta al mundo. Violeta, de 11 años, regresaba de una mañana de compras en las rebajas con su madre, Mary Carmen, de 43. Violeta llevaba años haciendo gimnasia rítmica y estaba (aún lo está, afortunadamente) siendo considerada una verdadera promesa, ya que acumulaba muchos trofeos. Bastantes temieron cuando la vieron en brazos de César, un policía de 33 años que se convirtió en su ángel salvador, que quizá tendría dañadas las piernas y no podría nunca más a saltar al tapiz. Pero por desgracia, lo que más daño sufrió fue su tierno corazón, pues su madre falleció en aquel fatal accidente.
Hace un año, mientras las lágrimas me corrían por las mejillas, escribí esto, que colgué en el foro en el cual participaba por aquel entonces.
Ha pasado, Violeta, querida Violeta, un año sin mamá. Créeme que lo siento, aunque siga sin conocerte.
Querida Violeta:
Tú no me conoces, y, probablemente, no lo harás nunca. Yo, hasta hace unos días, tampoco te conocía. Pero te ví, con tus piececitos descalzos, negros de hollín y salpicados de sangre, propia y ajena, llevada en volandas por un voluntario que miraba para abajo para no verte la carita de sufrimiento y susto.
Esos piececitos han calzado miles de veces unas medias puntas, ese calzado mitad bailarina, mitad elástico, que las niñas que practicáis gimnasia rítmica, como tú, desde muy chiquititas, rompéis y gastáis cientos de veces, de tantas horas de entrenamiento. Como mi hija Laura, que también es gimnasta y tiene, como tú, algunas medallas y diplomas. Tú tienes once años y varios trofeos y campeonatos a tus espaldas. Laura aún es pequeñita y le llevas ventaja.
Maravillabas a todo el pueblo de Torrent, y, especialmente, a tus padres. Y tu madre se sentía tan orgullosa de ti, como yo me siento cuando veo competir a Laura, y abrazar a sus compañeras aunque no haya ganado, que seguro que no le importaba haberse dejado la vista en coser cientos de pequeñas y fastidiosas lentejuelas a tu maillot. Ese maillot que seguro preparábais juntas, con mimo, junto a las redecillas invisibles de moño, junto a los pasadores brillantes para el pelo, junto a la laca para que cada cabello se mantuviera en su sitio en cada pirueta fantásticamente imposible que elaborabas con maravillosa perfección. Como yo hago con Laura, cada noche antes del día del torneo. Por algo Mary Carmen, tu mami, también practicó rítmica cuando era pequeña.
Por eso me alegro tanto de que te vayan a dar el alta, porque significa que podrás seguir compitiendo, dando perfectos giros de 360º, o dando zancadas con las piernas abiertas hasta el límite. Aunque me angustia saber que pronto te darán la fatal noticia.
Querida Violeta: siempre estarás triste porque entraste con tu mami en ese vagón de metro un maldito tres de Julio que nadie te arrancará del alma, pero sé siempre feliz porque un ángel maravilloso hará que desde el cielo tu aro no se caiga o el extremo de tu cinta multicolor no toque el suelo.
No te conozco, Violeta, pero te quiero.
Belén.
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domingo, 1 de julio de 2007
Vamos corriendo por la calle, cogidos de la mano. Los dos sonreímos como niños pequeños, porque nos está mojando una lluvia fina que traspasa nuestras ropas y nos llega hasta el corazón. Incluso en nuestro loco deambular, pisamos de vez en cuando diminutos charcos, lo cual hace que retornemos, en unas milésimas de segundo, a nuestra infancia, cuando nos advertían de que no saltáramos sobre los charquitos de lluvia, y, al revés, cuanto más grandes, más nos atraían.
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