sábado, 30 de junio de 2007
El titular de prensa: "Un niño de ocho años alerta a la Ertzaintza de que su madre sufría malos tratos".
Y yo me pregunto: "¿Y quién protege a los niños"
Mis hijos, los hijos de mis amigos, los hijos de aquellos que me leen, son niños privilegiados, niños que apuran sus días de infancia sin más preocupación que las notas del cole o saber qué les habrá metido mami o papi en el bocata del recreo. Pero, independientemente de los niños del Congo, famélicos y sin más que ofrecer que sus enormes ojos taladrándonos nuestras conciencias, independientemente de esos niños de China que acarrean ladrillos ardientes en condiciones inhumanas (el trabajar a ciertas edades, y más en dichas condiciones ya es de por sí inhumano), independientemente de la soledad de las niñas de nueve años en Thailandia esperando a un cerdo seboso que entre por la puerta para seguir arrancándole a jirones la poca inocencia que le queda... independientemente de todo ese horror, están los otros niños.
Niños que podemos ver en cualquier parque, en algún colegio de nuestra ciudad. Niños que, en principio, a simple vista, son tan felices como nuestros hijos, como los hijos de nuestros amigos, como los de nuestros vecinos. Pero si escrutamos más allá de sus ojos, descubriremos que son tan inquietantemente inquisidores como los de las pobres criaturas del Congo, y hallaremos que nos preguntan, lacerantes: "¿Qué hice para que me peguen así? ¿Que pasó para que el amigo de mi padre me toque, él que me dejó confiado a su cuidado y jamás se creería lo que quiero contarle?"
Son las víctimas de abusos igual de escalofriantes que los de las niñas de Thailandia o los niños de China, pero , por ser más cercanos, paradójicamente, nos quedan más lejos. Muchos nos tapamos los ojos y no queremos ver lo que hay detrás de esos ojos tristes, brillantes, marchitos, que, a pesar de todo, aún esconden una cascada de inocencia. Afortunadamente.
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viernes, 29 de junio de 2007
Adoro el perfume de tus manos. Es cálido, pero a la vez inquietante. Es dulce, pero a la vez salado. Cierro los ojos y las huelo después de habérmelas pasado por toda la piel, despacio, como a ti y a mí nos gusta, haciendo remolinos con tus dedos en el vello de mi sexo y dando pequeños tironcitos que me hacen sonreír.
Has pasado tus manos por mis pechos. Ellos casi rebotaron cuando desabrochaste mi sujetador: yo no quise hacerlo y dejé que fueras tú quien los aprisionara de su dulce tortura de encaje y satén. Los tuviste entre ellas. Los sopesaste, con cariño, calibrando una vez más su forma, el color y tamaño de sus pezones, sonriendo a ese lunar que aparece, divertido, como un visitante inesperado. Los acariciaste con dulzura, amasando suavemente sin lastimar, convencido de que el deseo crecería a medida que los ibas tocando. Sin brusquedad, con mesura.
Pasaste tus manos por mis brazos también sin prisa, recreándote en cada centímetro, paladeando con la vista el hueco opuesto al codo, aprovechando para pasar tu lengua por él. Mis hombros, mis brazos, mis antebrazos, mis muñecas que giraste para besar esas venas que pugnan por salir, tan azules bajo una piel fina… Y mis manos. Mis dedos largos, mis uñas sin pintar, mis palmas que abrí para dejar que depositaras besos una y otra vez, de nuevo mis dedos que se meten en tu boca como inesperados huéspedes.
Tus manos pasearon por mi espalda, delicada y lentamente, recreándose en cada curva, y te asemejaste al viajero, que, asombrado, llega por primera vez a una ciudad que sólo existió en sus sueños y comprueba que es más bonita de lo que nunca pensó. Desde el hueco de los riñones, bajas las manos a mis nalgas. Más curvas aún, más voluptuosidad que te va enardeciendo por momentos, hasta hacer que tus dedos también sean visitantes inesperados de oquedades por descubrir.
Y mi sexo… Tus dedos se deslizan por él, que hace rato que te espera, húmedo, cálido, deseando que el sueño de tus manos por mi cuerpo no se rompa como una frágil pompa de jabón; anhelando por momentos que consigan levantar suspiros de amor sin fin; esperando que consigan latigazos inolvidables de uno, dos, tres orgasmos que juntos celebraremos mirándonos a los ojos.
Por eso adoro el olor de tus manos. Porque huelen a mí.
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jueves, 28 de junio de 2007

Escribí María hace un par de meses. Arreciaba el mes de marzo, la primavera estaba a punto de estallar pero aún aguardaba, agazapada, como esperando dar una sorpresa de cumpleaños, quizá regodeándose en saberse regaladora de próximos cielos claros y flores reventando colores. No sé. El caso es que aún tardaría unos días por llegar la primavera en su plenitud. Recuerdo que cuando escribí María -y los otros relatos- aún hacía frío, pero no importaba, porque estaba embriagada de amor, de un sentimiento tan puro, tan pleno, que yo me asustaba, porque no quería ni creerme cuánto quería, cuánta cantidad de amor era capaz de atesorar y regalar. Estaba absolutamente borracha de amor. Y no me importaba el frío, pues era tanto el amor que sentía, que notaba en mi piel su aliento cálido y sus abrazos ardientes a pesar de la distancia.
Fue esa, la época de septiembre a abril, la más fructífera de mi vida en cuanto a inspiración, excepción hecha de aquellas tardes de agosto de 2001, recién separada, con una herida abierta en lo más profundo de mi alma pero con la ilusión de tener alguien a quien poder contarle mis cuentos eróticos, como una moderna Sherezade, a pesar de que sabía que lo nuestro no pasaría de una bonita amistad. Y en realidad, era lo que quería. Ni más, ni menos.
Esta ocasión, fue diferente. Porque estaba enamorada, muy enamorada, exacerbadamente enamorada; porque las Musas bajaban cada día, cada tarde, cada noche y cada madrugada, y me rondaban las entrañas, y el cerebro, y el corazón, y el alma, y me taladraban sin piedad, obligándome a escribir hermosas historias y delicados textos de amor. Arañaban mis entresijos, mis interioridades, hacían que esos jirones salieran a la luz en forma de prosa poética, de poesía sin rima, de ardientes relatos eróticos, de delicadas historias sobre la vida y la muerte. Pero daba igual, esos arañazos no me dolían: me daban la vida. Los textos, mis escritos, rezumaban amor por todas las letras que componían el cuerpo de los mismos, ya que poros no poseían.
Y me sentía orgullosa, plena, feliz, satisfecha, porque un día y otro, apenas agotada mi capacidad de asombro, veía complacida como las Musas me regalaban con su presencia. Una visita, la más deseada para alguien, como yo, que gusta de juntar letras. Me daba miedo despertar, porque sabía que, cuando así lo hiciera, mis Musas me dejarían, abandonada a mi suerte, lamentándome como una pobre tontita porque no me acordaría de escribir, de plasmar sentimientos, de contar historias. Si es que algún día supe hacerlo. Si es que algún día tuve esa maravillosa capacidad de saber escribir y de saber contar historias.
Creo que no, que nunca la tuve. Que fue el amor, el que sentí un día, tan grande, tan implacable, tan absorbente, tan esplendoroso, tan irreal, tan cercano y tan lejano, sí, aquel que sentí un día por él, el que se ató entre mis dedos y obligó a que yo, escribiendo, contando historias, lo fuera desenredando poco a poco y lo liberara de mi ser.
Ahora, mis dedos, mi ser, completamente libres de ese amor, -muy a su pesar-, no saben tejer historias. Mis Musas, tan amantes y espléndidas en otros tiempos, son ahora rácanas y aparecen yermas. Mis dedos, muertos de amor, se han quedado quietos y mudos. Tan mudos como él se ha quedado.
Definitivamente, ya no sé tejer historias.
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Para mi Dead, porque con este relato me dijo que le devolví el gusto por la lectura. Y me enorgullezco de ello.
Para Daniel, el chico que pone ojos de soñar con libros, porque me inspiré en él para el Daniel de mi historia.
Cada día, al salir del trabajo, María se apostaba detrás del tronco. No de uno cualquiera, no. Siempre detrás del mismo, poderoso y fuerte. Y tenía sus motivos para la rutinaria elección. La anchura del tronco trufado de verdín, y, sobre todo su bendita posición, cercana a aquel banco azul, le permitía pasar tarde a tarde completamente desapercibida.
La recompensa a largos y exasperantes minutos de espera, tomaba los rasgos de un chico joven, moreno, de aire distraído y ojos de soñar con libros. Sobre las seis y cuarto, Julián tomaba asiento en su trono particular, construido de madera sencilla y metal coloreado, pero para él, un valioso reducto para abrazar historias. Todas las tardes, en vez de recrearse en los escotes de las chicas que pasaban, Julián prefería pasear sus ojos por las faldas de la reina Ginevra o por las manos níveas de Marguerite Gautier, entre las de otras muchas heroínas.
María salía a las seis de la fábrica donde, cada día, alimentaba su cartera y aburría su vida con un fastidioso trabajo en cadena. Colocaba cada jornada unos tornillos idénticos en unas piezas también idénticas, en un proceso alienante y aburrido que le amargaba la vida. Su única ilusión, cada tarde, desde que descubriera a aquel chico por vez primera en su trono de fantasía, era esperar, con el corazón alborotado saliéndosele por la boca, que sonara la maldita sirena, anunciadora de algún que otro suspiro aliviado y de apresuradas salidas.
Cada tarde, se escondía detrás del tronco y, simultáneamente, en una sincronización perfecta que a María maravillaba, Julián se le aparecía como el bálsamo reparador que curaba su monotonía diaria. Le gustaba observarlo, intentando imaginar qué sería aquello que captaba el interés desmedido de Julián por sus libros.
Y es que a María no le gustaba leer, y no entendía qué placer escondían aquellas negras sobre blanco, y esas ilustraciones que atrapaban al muchacho. Lo poco que había leído en su vida vino dado por obligaciones escolares, pero en cuanto el destino le obsequió demasiado pronto con un precioso bebé y un malnacido que se desatendió de todo, dejó cuadernos y lápices por biberones y un trabajo gris.
Una tarde de otoño, mientras el cielo amarilleaba empezando a dar coletazos en su claridad para dar paso a la negrura de la noche, María, con su aguzada vista y gracias a su privilegiada atalaya del parque, observó como Julián apuraba las últimas hojas del libro que tenía entre las manos y lo cerró. Una sutil lágrima se le escapaba al chico de uno de sus profundos ojos azules.
María, conmovida, decidió en ese momento que ya era hora de ser mera espectadora de sentimientos y abanderada de la ignorancia. Se prometió que a partir del día siguiente también compartiría momentos con héroes y trasgos, damas y bestias extraordinarias. Había que pasar a la acción y conquistar aquel mundo de redondas y dibujos, por mucho esfuerzo que le costara.
Quizá Daniel nunca supo que sirvió de catapulta a las ansias de María por beberse esas historias, desde aquella esclarecedora tarde de otoño. La muchacha jamás se lo diría.
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Si las lágrimas tuvieran precio material... ¿cuánto costarían?
Porque valor sentimental tienen, claro, y demasiado.
Pero a veces me entra la vena derrochadora y las dejo caer y caer y caer y caer, malgastándolas.
No me gusta nada ser derrochadora en esas circunstancias, no me gusta derramar lágrimas. Sólo me encanta repartir besos y amor. Lo malo es que a veces, las lágrimas no entienden de gustos. Y entonces me olvido de regalar caricias y besos y anego al que me escucha, empapándole, sin pretenderlo, de mi tristeza.
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miércoles, 27 de junio de 2007
Hoy sólo quiero aovillarme, arrebujarme, hacerme una pelota tan minúscula en medio de este inmenso universo, que ni yo misma me vea, ni yo ni siquiera me advierta, ni yo misma detecte mi propio calor aunque me funda en un abrazo, los muslos contra el pecho, las piernas bien cogidas, el rostro tapado entre ellas.
Hoy sólo quiero recordar sus palabras, esas que tanto bien me hicieron y que tanto daño me procuraron; sus atenciones y sonrisas, sus encantos y requiebros, sus suspiros y poesías, tan cerca, tan lejos...
Hoy sólo quiero embriagarme de mi pena, sentirme desdichada, regocijarme en mi soledad infinita y decirme que me quiero muy poquito.
Porque así me siento, hoy sólo quiero eso.
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martes, 26 de junio de 2007

A menudo oímos voces que no querríamos escuchar. Son voces incómodas, inoportunas, voces que rompen la armonía de una noche tranquila en nuestro hogar apacible, en la tranquilidad mil veces buscada y mil veces hallada del salón familiar. Los niños ya duermen hace rato, y ella o él, con la cabeza apoyada sobre nuestras rodillas, nos acompaña mientras vemos la película pertinente y, quizá, saboreamos una copa. La dura jornada quedó atrás y ahora nos esperan un par de horas de relajo delante de la caja idiota -cada día más idiota-, quizá un rato de hacer el amor -salvaje o relajadamente, según toque-, y unas horas de plácido -es de desear- descanso hasta que suene, inmisericorde, el maldito despertador a las siete.
Para entonces, las voces ya habrán callado. Los gritos, los llantos, las súplicas de ella mientras su pareja le atizaba también inmisericorde, ya han callado. Hasta otra noche más que vuelvan a ser inoportunas e incómodas. Voces que rompen nuestra monotonía familiar de tele y sofá, y que no querríamos oír.
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lunes, 25 de junio de 2007

...Y hoy sólo puedo decir buenas noches. No quería irme a la cama antes de pasarme por aquí y ver las nuevas guindas que han ido cayendo en la cajita. Me he encontrado con una agradable sorpresa, Inés, que dice que lleva días leyendo. Ojalá sean muchos más días los que estés por aquí, conmigo. Y falta gente que tú y yo sabemos están por llegar.
Todos los que arriben serán bienvenidos, pues esta cajita de cerezas y guindas sigue abierta, sin tapadera. Abierta a todos, a sus palabras, a sus ojos y a sus olfatos, para que escruten cada rincón de la misma, y se embriaguen con el olor de las cerezas y guindas que en ella duermen.
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domingo, 24 de junio de 2007
Mi hermano -uno de ellos- se llama Juan. Juan Carlos.
Lleva conduciendo 27 años. Es la persona más prudente del mundo a la hora de ponerse al volante, lo cual no quiere decir que sea una tortuga y entorpezca a los demás. Conduce de categoría. Jamás ha tenido un accidente, ni siquiera un encontronazo verbal con nadie. Es pacífico, sereno, sosegado.
Mi hermano Juan -Juan Carlos- tuvo su primer accidente hace tres días. En una rotonda, un camión se le echó literalmente encima y le ha destrozado toda la parte delantera a su Seat Toledo, incluso tocándole el motor. El camionero, posteriormente, asumió su culpa.
Mi hermano no sufrió ni un simple rasguño, ni una contractura. Nada. Nada. El camionero, tampoco.
Le han dicho los peritos que si hubiera sido un coche de chapa menos resistente, probablemente no hubiera podido contarlo.
Aún con el susto en el cuerpo, le dedico desde aquí mis pensamientos de hoy y le doy las gracias a ese ángel que tenía la otra tarde como copiloto y que se adelantó un par de noches a la mágica de hogueras y fuego, deseos y esperanzas.
Felicidades en el día de San Juan, hermano.
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sábado, 23 de junio de 2007
Hoy, especialmente, para el Filósofo Cordobés
Llega el verano, concluye el curso, y los peques se enfrentan, alborozados, ilusionados, a algo más de dos meses de calor y juegos, de repaso para algunos, de largas tardes calurosas para otros, en las que incluso el aburrimiento llama a la puerta, de tantos días que son.
Suplen, amorosos, los brazos de papá y mamá porque ellos todavía no disfrutarán de vacaciones y el deber les llama en forma de trabajo. Son los abuelos.
Hay muchos tipos de abuelos. El jovial, eternamente joven, que está deseando que le llegue la prejubilación para apuntarse con su pareja a los viajes del IMSERSO y conocer Palma o Alicante por un módico precio. Hay otro, el que no tiene nietecillos que llevar al parque o a los que llevar a la peluquería para que le recorten las puntitas y el flequillo, y se quedan mirando a los otros con sana envidia preguntándose qué pasó, dónde están aquellos nietos que nunca conocerán porque nunca existieron.
Existe otra clase de abuelo: el que está por desgracia bastante pachucho y apenas puede con su alma, así que díganme qué no será con su cuerpo maltrecho, ahíto de trabajar y darlo todo y ahora contando las horas para que cuando llegue la de la verdad, le coja con dos narices y sepa enfrentarse con valor a la parca.
Y hay, finalmente, otro tipo, compendio de todos ellos. El abuelo jovial, a pesar de los dolores, de los achaques y sufrimientos, que no realiza ese viaje soñado a Palma o Alicante, y que precisamente se muestra así, eternamente joven, porque sólo tiene la bendita opción de alegrar a sus nietecillos llevándoles al parque o a la peluquería, para, con ojos soñadores de abuelo embobado, observar a su nieta, como una prematura señorita, muy quietecita en el sillón del peluquero mientras las puntitas caen al suelo.
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