miércoles, 15 de agosto de 2007

Mi querido amante


Mi querido amante:

Te escribo esta carta un par de minutos después de haber pensado en ti. Cuando digo esto, no me refiero a un pensamiento casto, desprovisto del deseo que a cada momento me acompaña cuando imagino tu nombre. Pienso en el desbocamiento más salvaje, en el hondo trepanar de la herida, en el dolor punzante de tenerte lejos y saber que jamás degustaré aquellos platos que me prometiste, tomados de tu boca, bebidos de tu piel, deseados hasta las simas más inquebrantables, aquellas que por lejanas nunca llegué a recorrer. Me refiero al orgasmo que jamás compartirás conmigo.

Mi querido amante, aquel que fuiste querido sin llegar a ser acariciado, lamido, besado, pero igualmente querido.

Mi querido, querido amante. Mi amante querido.

Mi despreciado amante.

martes, 14 de agosto de 2007

Enredada


Es muy tarde, y, enredada en mil deseos, mil ilusiones que nunca llegan, sólo les deseo buenas noches.

Sólo eso, ya ven.

Lo hago con estas palabras enredadas. Ni siquiera llegan a la categoría de poesía, pero fue lo que salió en su momento, enredada como estaba en pelearme con los demonios internos que no me dejaban que escribiera.



Enredada en los suspiros
que salen de tus labios,
como el pelo mojado que azota mi rostro;
enredada en tus caricias
que salen de mil dedos,
tus dedos amantes, que acogen,
que tocan, que palpan.

Enredada en tu silencio,
no hay palabras cuando amas,
no hay palabras cuando acoges.


Enredada... no hay palabras.

lunes, 13 de agosto de 2007

Podría...




Pasan cuatro minutos de las tres y media de la tarde. Hace 35 minutos que me has llamado, y aún estoy recordando tu voz. Me recuerda a la de un viejo amigo del cual te contaré la historia algún día, cuando estemos aburridos, cosa que, por otra parte, dudo.


Estaba a punto de desnudarme para darme una ducha, cuando he sentido la tremenda necesidad de mandarte un último correo. Bueno, al fin y al cabo, quizá no sea éste el último de hoy; probablemente, y si las circunstancias son favorables, te mande unas palabras antes de hablar esta noche contigo.


Podría contarte cómo me quitaré con parsimonia la ropa, lentamente, como un amante inexperto,con manos temblorosas, retiraría cada prenda del cuerpo del objeto de su pasión. Podría describirte exactamente el momento de levantar primero una pierna, luego la otra, para introducirlas en la bañera, a la espera de caer el agua sobre mi piel morena. Podría hacer que fueras tú el que me enjabonara el pelo con un suave champú, y formar mucha espuma mientras me masajeas con delicadeza el cuero cabelludo. Podría decirte cómo me enjabonaría de forma teatral con el gel de baño de aceite de almendras que uso siempre. Sí, de forma teatral con el perverso fin de excitarte, dedicándome así tus miradas lascivas en silencio.


Podría hacer también que fueras tú -¡otra vez tú!-, quien, situado detrás de mí y con mis manos debajo de las tuyas, me enjabonaras masajeando cada trocito de piel, mis pechos enormes, mis brazos dorados por el sol y la playa de Cádiz, mi vello rizado, mis piernas largas, largas y tan suaves como las de una ninfa adolescente... aunque sin su lozanía, pero eso sé que no te importa.


Podría contarte cómo me enjuago, con un agua tibia no excesivamente caliente, y cómo veo a mis pies los remolinos de agua, jabón y champú que tristemente abandonan mi cuerpo. Podría hacer de nuevo que fueras tú, como un criado fiel, el que me secara con dulzura y servidumbre, esperando quizá tu recompensa en forma de mis labios gruesos y entreabiertos, pero sin ofrecértelos del todo, tan sólo con el propósito de hacerte sufrir un poquito más.


Podría hacer todo eso... pero simplemente te aviso que voy a ducharme.

domingo, 12 de agosto de 2007

Mucho daño


Le hicieron mucho daño. A ella le hicieron mucho daño, sí. Era vulnerable, frágil, sensible. Le hería emocionalmente un aria de ópera, por su extraordinaria belleza. No soportaba el llanto de un niño, por su crueldad, ni tan siquiera su risa, porque le podía estallar el corazón de tanto gozo, porque imaginaba a sus propios hijos riéndose y tanto amor le dolía. Sangraba su alma cuando sabía de una injusticia, cuando aplastaban al más débil, cuando atacaban al otro por ser diferente. Apretaba los puños porque no se atrevía a gritar y se tragaba miles de lágrimas, hasta que su cuerpo se inundaba de agua y sal y le salían por los lacrimales y recorrían sus mejillas. Todo su cuerpo inundado de pena no podía más.

Alguien se atrevió a hacerle mucho daño. También –y precisamente por eso- a sembrarle un camino de ilusiones, una vereda de ternura, a construirle una torre de sueños donde ella esperaría, como Rapunzel, a que llegara y le ayudara a descender de esa torre de ensoñaciones para trasladarla a otra de las realidades aliñada de un poquito de amor. Porque ya se sabe que el día a día es duro, sí, pero si se adoba con cariño, pasión y besos, sabe mucho mejor.

Le mintieron y le hicieron mucho daño. Se burlaron de ella y le hicieron mucho daño, aunque ella no lo supo hasta bastante tiempo después. La protegieron con brazos fuertes, poderosos. La hicieron partícipe de mil y una historias cotidianas, de deseos, de sueños, de proyectos, de viajes por llegar. La amaron aun en la distancia, la cortejaron con dulces palabras que ella jamás había tenido el placer de degustarlas antes, la coronaron con epítetos maravillosos que la hicieron reina por un día, y por dos, y por tres, y por una semana, y por cinco, y por un mes, y por cuatro, y por siete… Los días pasaban y, a medida que la mentira crecía y crecía, más daño le estaban haciendo. Y ella seguía en su torre, vislumbrando un futuro lleno de amor y de ilusión. Como Rapunzel.

La otra tarde vi que habían crecido unas hierbecitas entre las rendijas del empedrado debajo de un árbol. Habían caído algunas semillas entre aquellas rajitas y, gracias a la acción de la lluvia, tímidamente aparecían unos tallitos que querían crecer, a pesar de las circunstancias adversas. Igualmente, también frente a las circunstancias adversas, creció aquella mentira inmensa que englobó tantos embustes juntos y que le provocaron tanto daño. Tanto que, a fecha de hoy, aun cuando ya todo pasó hace un tiempo, de vez en cuando, al escuchar alguna canción de jazz, ella se pone triste y piensa en cómo puede ser posible que alguien, conscientemente, sea capaz de hacer tanto daño. Mucho daño, sí.

sábado, 11 de agosto de 2007

Cuarenta grados



Con indolencia, entreabres los ojos. !Qué calor sientes! Coño, si son cuarenta grados. Cuarenta malditos grados. ¿No va a hacer calor? No sabes ni siquiera cómo has podido dormir. El sofocante calor se pegaba anoche a tu cuerpo como el áspid en el brazo de Cleopatra, ávida de sangre y muerte. Sudabas, dabas una vuelta, sudabas, otra vuelta más. ¿Cuándo narices va a venir el tío del aire acondicionado? ¡¡Mierda!! Pero de la mala noche apenas queda un vago recuerdo. Ha sido el postre amargo de unos momentos mágicos, sublimes, ardientes y más cálidos aún que ese calor que subía implacable desde el alquitrán de la calle.


Te incorporas un poco en la cama.


Me observas. Duermo a tu lado, inocente, no consciente de tu mirada dulce.


Te gusta mirarme mientras duermo. Es uno de esos pequeños grandes placeres de la vida de los que jamás te querrías desprender. Miras con curiosidad, como el niño al regalo envuelto en mil colores, como el gato al perro cuando ambos están a punto de enfrentarse. Te paras en mi perfil, en mis labios gruesos y entreabiertos que ultrajaste hace unas horas pero no te importó; ya vendrán más sacudidas en mi boca, y tú encantado. Y yo, más encantada aún. Mi nariz respira con cierta dificultad por el calor; te gusta oír esa respiración desacompasada porque sabes que estoy ahí. Un mechón de cabello pugna por pegarse a mi frente sudada. Mis ojos avellana no puedes verlos; ya te bastó anoche, cuando, suplicantes, te pedían que su dueña quería más y más, y satisfecha, sabía que estabas ahí para dárselo. Pagarías porque durmiera con los ojos abiertos, para así no perder de vista mis iris marrones. Sí, es una locura. Pero es una dulce locura.


Recorres mi cuello con tus ojos. Un largo cuello que besaste anoche, desesperado, dando toquecitos golfos con la punta de tu lengua mientras, tú también golfo, me penetrabas y abrazado a mi espalda me decías lo bonita que era. Uno, dos, tres leves mordisquitos, un estremecimiento mío y vuelta a empezar. Uno, dos, tres...


Te gustó besar mi escote. Y más te gustó lo que lo orlaba. Mi pecho grande, grávido, con esos pezones que te encantó besar y martirizar a pequeños bocaditos, a suaves chupetones, a desesperados lametones. Son mis pechos tan grandes que los subías y me metías mis propios pezones en la boca; aturdido y alucinado gozabas viendo como me daba placer a mí misma, y te unías a la comilona, mezclando tu lengua con la mía. Mientras hacías esto, subías la mirada y ésta se chocaba con mis ojos, que te observaban inmisericordes, traviesos, desafiantes, gozosos, divertidos. Amasabas mis pechos con la delicadeza con la que el panadero lo hace en la artesa, confiado en que el dulce masaje enervaría mis sentidos y haría que te pidiera más aún. Como así fue.


Miras ahora mi ombligo. Te acercas y lo observas sonriendo. Recuerdas algo que hiciste con él, no sé ahora qué, y vuelves tu mirada hacia abajo. El tremendo calor impide que una virginal sábana cubra aquello que tanto te gusta acariciar, chupar, lamer, adorar. Sonríes y acercas suavemente tus dedos, intentando coger un pequeño rizo inexistente. Mi escaso monte no da para más. Me retuerzo dormida, trastabillando en la cama y medio dándome la vuelta. No quieres que me despierte, así que retiras tu mano.


Continúas observándome con una sonrisa. Besaste con adoración esas piernas, esas rodillas, lamiste esos pies, esos deditos, esos talones que luego te rasparían las pantorrillas, los muslos, arriba y abajo, como un ascensor ardiente, mientras me penetrabas y me seguías diciendo lo bonita que era. Subieron a tu cintura, rodeándote como el áspid de Cleopatra, pero ahí ya no pudiste decir nada más. Quedaste en un sordo silencio y sólo me mirabas. Y suspirabas mientras, de soslayo escudriñabas el termómetro de pared. Cuarenta grados.


Por casualidad, he aterrizado esta noche en uno de tantos miles de blogs que actualmente pululan por el ciberespacio. Se trata de un blog muy personal, intimista, y, como es habitual en ese tipo de bitácoras, es un espacio aderezado de fotos en blanco y negro, con desnudos en su mayoría, textos poéticos y rezumando mucha sensibilidad. Teresa es su autora. Y el blog, que se llama Todo lo que pasa por mi mente, habla de paisajes, del amor, del desamor, de alegrías, de tristezas... Delicioso como otros muchos. Pero si me he quedado más rato enganchado a él ha sido, entre otras cosas, por la preciosa canción que suena una vez que te metes en la página. Ignoro quién es la cantante, no sé cómo se llama esa canción lenta y delicada que estoy oyendo una y otra vez. Qué lástima de esa canción perdida porque no viene el título por ninguna parte, tan sólo el reproductor -aunque le he escrito a Teresa preguntándoselo...-. Y mi ánimo, que no está nada bien, pero lo que se dice nada de nada, me obliga a escucharla una y mil veces.

Y es que... ya sabemos lo masoquistas que somos los humanos: si tenemos una llaga en la boca, nos da por darnos con la punta de la lengua una y mil veces, aunque nos duela, aunque sepamos que así no la curaremos. Pues igual nos pasa con las heridas del alma y las canciones tristes como ésta. Cuanto más melancólicos estamos, más nos apetece encerrarnos en nosotros mismos y refugiarnos en una canción triste y que sea gemela de nuestro estado de ánimo. ¿No les pasa a ustedes? Porque a mí, sí.

Una cosa saco en conclusión de todo esto: soy una incorregible con poquitas ganas de enderezarme. Pareciera que disfrutara cargando mi mochila de piedras y más piedras... Muchas veces no me entiendo.

martes, 7 de agosto de 2007

La sombra del viento


Me lo prestaron hace unos meses, y, contrariamente a mi norma no escrita pero siempre cumplida de devolver enseguida aquello que me prestan -particularmente si se trata de libro, disco o dvd-, el libro, que empezó a ser devorado los primeros días, terminó dormitando en uno de los estantes del mueble del salón, por otro lado, abarrotado de libros. Cualquier día los estantes vuelven a ceder, como ya hicieron hace unos tres años en el lateral izquierdo del mueble, y otra vez los libros caerán, como aquella vez, igual que unas fichas de dominó, pero mucho más pesadas.


Hablo de La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón.


Me lo recomendaron vivamente, y con ese mismo ánimo me lo prestaron. "¿No lo has leído todavía? Es una delicia, es un libro precioso, vaya novela"... Y con esos antecedentes, y con unas ganas increíbles por desentrañar las mil y una historias que prometía me decidí a zambullirme en aquella Barcelona de la posguerra, entre libros olvidados, misterios familiares y policías corruptos y sinvergüenzas, ávidos de sangre gratuita.


Debo decir que me desanimé bastante cuando llevaba leídos varios capítulos y el libro no terminaba de engancharme. Aprendí a leer con tres años, es decir, antes de ir al colegio, donde entré con cuatro y ya sabiendo leer perfectamente. Desde entonces, los libros me han acompañado y a menudo me los he terminado en uno o en dos días a lo sumo. Por eso advertí la misma desazón que me acompañó cuando, con once años, no lograba terminarme aquel libro de tapas y lomo rojo y letras doradas que rezaba en su portada: "La madre. Máximo Gorki". Era un regalo de mis tíos. Comenzaba a leérmelo una y mil veces, y una y mil veces lo dejaba por imposible, aproximadamente por la página cincuenta. En esos momentos me daba rabia y no entendía el por qué no me entraba ese libro y siempre tenía que dejarlo. Me encantaba su comienzo, pero al ir adentrándome en la historia, se me atragantaba. Ahora, con la madurez de mis cuarenta años, comprendo que probablemente no era una lectura demasiado fácil para mis once. Habrá que rescatarlo de su duermevela eterna y de nuevo intentarlo. Sí, porque visto el fracaso en mi infancia, nunca me atreví a cogerlo en mi edad madura, y probablemente se ha reído de esta pobre ignorante desde la estantería donde me observa.


Igual me estaba pasando con La sombra del viento. Es indudable que no es siempre posible coincidir en gustos y que no siempre te agrada lo que le gusta al vecino. Pero si comprendí en su momento cuando me leí el insoportable El código Da Vinci -que me lo terminé para así poder opinar, pero no porque me atrayera, me pareció un auténtico ladrillo-, que a pesar de ser un best seller -o quizá por eso- y gustarle a mucha gente, si comprendí digo que hubiera muchos que lo dejaran a la mitad, no podía entender que me estuviera pasando lo mismo con La sombra del viento. Es normal que haya gente a la que no le haya agradado esta historia embutida en otras mil, pero hay muchas otras que alaban extraordinariamente el libro, que de hecho ya va por su nosecuánta edición. Por eso estaba picada con él y sabía que algún día acabaría cogiéndolo de nuevo y retomando su lectura. Como así hice, hace un par de noches. En dos días le cogí el gusto y me lo he terminado.


He de decir que finalmente me ha gustado mucho más de lo que pensaba iba a hacerlo, visto lo visto con aquellas primeras páginas que se me atravesaron, y que paulatinamente he ido enganchándome en la historia, aunque a veces me liaba con tantos personajes. No sabía que había muchos que habían criticado errores de sintaxis o frases anacrónicas -"me meto ahora en el sobre"-, como he ido leyendo en algunas críticas posteriores, pero es cierto que he hallado algunos, así como algún que otro error gramatical -el plural de maniquí, por ejemplo, es maniquíes, no maniquís, como figura en la historia-, pero considero que estos errores son pecata minuta al lado de la enorme complejidad de estructurar y redactar una novela que, por otro lado, contiene bellísimas metáforas, comparaciones, y una prosa poética de bella factura en muchas de sus líneas.


Dicen que Amenábar va a realizar su adaptación al cine y por supuesto iré a verla. Me apetece mucho volver a ver esa historia reconvertida en escenas digamos "reales". Para mí, un perfecto Daniel sería Daniel Brühl -brillante en Salvador Puig Antich-; Fumero lo interpretaría soberbiamente el excelente secundario Antonio Denchent -de quien me declaro ferviente admiradora-, y a Carmelo Gómez lo veo en la piel de Fermín Romero de Torres. Imanol Arias estaría muy bien en el papel del señor Sempere, padre de Daniel. Visto el excelente trabajo de Maribel Verdú en El laberinto del fauno, la veo como una sobria Nuria Monfort.


Volviendo al libro en sí, no sé si volveré a releérmelo algún día, pero La sombra del viento, en líneas generales, me ha gustado bastante y me alegro de que por fin me decidiera a retomarla y a zambullirme en esa Barcelona de la posguerra.


Ahora, a por La madre. Me espera el señor Gorki.


sábado, 4 de agosto de 2007


Anoche acudí con mi hija Laura al concierto "Gitanos de Rajasthan", organizado por el Ayuntamiento de Cádiz dentro del ciclo que ha programado de músicas del mundo en el Castillo de Santa Catalina. Lo que vivimos anoche fue impresionante, y difícil de contar. Y hablo en plural porque, si dudé un poco antes de llevar a mi hija de ocho años al concierto, me alegré muchísimo cuando salíamos, más que satisfechas, y ella, espontáneamente, me dijo: "¡Qué bonito, mamá, me ha encantado!". Su carita lo decía todo.


Fascinante la música de este grupo de India, de una zona muy cercana a Pakistán, compuesto por seis hombres liderados por Karun Goyal, que estaban acompañados por una bailarina y otro chico, mitad bailarín, mitad fakir. Todo un espectáculo que aunaba la música tradicional de la zona, con bailes preciosistas, llenos de color y salpicados de belleza gracias a los espejitos, volantes y aderezos de los vestidos. Ricos ropajes para unos bailes hipnóticos, llenos de ritmo y sensualidad, e incluso acrobacias. En una de ellas, por ejemplo, la bailarina depositaba en lo que parecía un baile ritual de bodas, dos anillos en el suelo, y, puesta en pie y echándose hacia atrás, lograba capturar los anillos con los músculos de los ojos, en un increíble alarde de habilidad y flexibilidad. Por otro lado, el bailarín se movía como volando por el escenario, con una muestra impresionante de equilibrio, al tener en su cabeza un cilindro, -luego dos y posteriormente tres-, y, sobre él -y ellos-, un cántaro de barro lleno de agua. Se movía endiabladamente sin que se cayeran ni el cántaro, ni el agua que había depositado dentro. También bailó con una rueda de carro sobre la cabeza, o hizo de tragafuegos y se pasaba teas por su pecho y sus brazos desnudos.


Una preciosa música la de anoche, que en muchas de las canciones se asemejaba a nuestro flamenco, y que fue degustada por el numeroso público que abarrotó la zona de conciertos del Castillo. Incluso mucha gente se quedó de pie y sin asiento, aunque ésto no les importó: libres de las sillas, bailaron y se movieron fréneticamente al ritmo endiablado del grupo.


Una pena que al final de la actuación, en la que tuvieron muchísima conexión con el público, no ofrecieran ningún bis, sino que se limitaran a vender sus cd's. Se echó de menos alguna canción más o alguna otra muestra de aquellos habilidosos bailarines. Cádiz, que fue Rajasthan durante un par de horas, lo hubiera agradecido, sin duda.

jueves, 2 de agosto de 2007

Silje






(Lo escribí uno de los primeros días de enero y me apetecía hoy recuperarlo mientras oigo de fondo a Silje)







Es martes, y fuera hace frío.

He estado leyendo un rato. Quedan miles de cosas por hacer: envolver paquetes, planchar camisas, pedir disculpas, darle un beso a mi madre, seguir leyendo. Que se queden arrinconadas. Prefiero escribirte, mudo y marchito mi corazón, silente y huérfana de tus besos mi piel.
Suena cadencioso mi último descubrimiento:

Be still my heart,
my heart be still...

La voz serena de Silje Nergaard envuelve mi corazón mientras crece y crece y crece otra vez mi melancolía. La estufa calienta la habitación. Mis dedos, ateridos, buscan y encuentran a trompicones una ‘s’, una ‘f’... una ‘a’ de amor. Me siento protagonista de esta hermosa canción preñada de jazz. Soy fea, pero soy hermosa. Soy ignorante, pero soy curiosa y observadora. Soy terca, pero soy capaz de doblegarme si es necesario. Fuera hace frío, pero estoy en el paraíso.

Si estuvieras a mi lado, abrazándome desde detrás y regalando besos en el cuello, aún lo estaría más.


My heart's not lonely or broken
Is not of ice or of gold
Not has my heart ever spoken
To me when a love has grown cold
I felt not the faintest flutter
When you brushed my cheek as you passed
Not will I willingly clutter
My life with these things that don't last

Be still my heart
My heart be still

If our eyes should meet then so-be-it
No need to trouble a heart that's hidden
Where no-one can free it
Only to tear it apart

Be still my heart
My heart be still

Beware, beware, beware
Take care, take care
Be still my heart
My heart be still...




miércoles, 1 de agosto de 2007

Los fantasmas


Los fantasmas es el nombre de una gran chirigota gaditana de las que por estos lares conocemos como "ilegales". No es que se muevan al margen de la ley: simplemente se trata de que aquí en mi tierra se les llama así a las agrupaciones que no participan en el Concurso Oficial que todos los años se celebra por Febrero. No siguen normas; su forma de participar en la calle es bastante anárquica en relación a las agrupaciones oficiales y, si bien es verdad que algunas son bastante malas y dan ganas de darles una palmadita en la espalda y mandarlas a su casa cuando cantan, también es cierto que durante todos estos carnavales hemos tenido la ocasión de degustar verdaderas maravillas que si hubieran ido al Teatro Falla probablemente se hubieran llevado algún premio que otro.



Fantasmas famosos los ha habido tanto en la historia de la literatura como en las creencias populares. Uno de mis favoritos es El fantasma de Canterville, de mi admirado Oscar Wilde. Nunca se ha demostrado que existan, pero muchas personas no pueden evitar un escalofrío cuando se habla de ellos o visitan algún sitio donde se suponen que vagan purgando sus faltas.



Fantasmas son también esos que alardean de lo que carecen. Generalmente se les ve venir a legua y su fama es conocida entre el círculo de amistades. Éstos conocen de sobra sus batallitas y su chafarderío y ya hasta les resultan entrañables. Se dirían que no podrían pasar sin conocer sus nuevas fantasmadas a nivel monetario, sexual o social.



Y fantasmas son aquellos que gustan de rondar en casas ajenas, agazapados tras una sábana blanca en otros tiempos, pero que se ha ido ennegreciendo con el hollín que desprenden, como si de una locomotora vieja se tratara. Menos mal que una servidora no cree en ellos y en sus aullidos ululantes, si se me permite la redundancia. Si no, apañados íbamos (lo digo por lo de creer o no en estos seres).


Al revés, me encanta reírme de ellos. Y no temo al dicho de "Quien ríe el último... ríe mejor": ya bastante se han reído de una... y llegó mi turno. Ahora que se callen, que me toca a mí.

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