sábado, 11 de agosto de 2007

Cuarenta grados



Con indolencia, entreabres los ojos. !Qué calor sientes! Coño, si son cuarenta grados. Cuarenta malditos grados. ¿No va a hacer calor? No sabes ni siquiera cómo has podido dormir. El sofocante calor se pegaba anoche a tu cuerpo como el áspid en el brazo de Cleopatra, ávida de sangre y muerte. Sudabas, dabas una vuelta, sudabas, otra vuelta más. ¿Cuándo narices va a venir el tío del aire acondicionado? ¡¡Mierda!! Pero de la mala noche apenas queda un vago recuerdo. Ha sido el postre amargo de unos momentos mágicos, sublimes, ardientes y más cálidos aún que ese calor que subía implacable desde el alquitrán de la calle.


Te incorporas un poco en la cama.


Me observas. Duermo a tu lado, inocente, no consciente de tu mirada dulce.


Te gusta mirarme mientras duermo. Es uno de esos pequeños grandes placeres de la vida de los que jamás te querrías desprender. Miras con curiosidad, como el niño al regalo envuelto en mil colores, como el gato al perro cuando ambos están a punto de enfrentarse. Te paras en mi perfil, en mis labios gruesos y entreabiertos que ultrajaste hace unas horas pero no te importó; ya vendrán más sacudidas en mi boca, y tú encantado. Y yo, más encantada aún. Mi nariz respira con cierta dificultad por el calor; te gusta oír esa respiración desacompasada porque sabes que estoy ahí. Un mechón de cabello pugna por pegarse a mi frente sudada. Mis ojos avellana no puedes verlos; ya te bastó anoche, cuando, suplicantes, te pedían que su dueña quería más y más, y satisfecha, sabía que estabas ahí para dárselo. Pagarías porque durmiera con los ojos abiertos, para así no perder de vista mis iris marrones. Sí, es una locura. Pero es una dulce locura.


Recorres mi cuello con tus ojos. Un largo cuello que besaste anoche, desesperado, dando toquecitos golfos con la punta de tu lengua mientras, tú también golfo, me penetrabas y abrazado a mi espalda me decías lo bonita que era. Uno, dos, tres leves mordisquitos, un estremecimiento mío y vuelta a empezar. Uno, dos, tres...


Te gustó besar mi escote. Y más te gustó lo que lo orlaba. Mi pecho grande, grávido, con esos pezones que te encantó besar y martirizar a pequeños bocaditos, a suaves chupetones, a desesperados lametones. Son mis pechos tan grandes que los subías y me metías mis propios pezones en la boca; aturdido y alucinado gozabas viendo como me daba placer a mí misma, y te unías a la comilona, mezclando tu lengua con la mía. Mientras hacías esto, subías la mirada y ésta se chocaba con mis ojos, que te observaban inmisericordes, traviesos, desafiantes, gozosos, divertidos. Amasabas mis pechos con la delicadeza con la que el panadero lo hace en la artesa, confiado en que el dulce masaje enervaría mis sentidos y haría que te pidiera más aún. Como así fue.


Miras ahora mi ombligo. Te acercas y lo observas sonriendo. Recuerdas algo que hiciste con él, no sé ahora qué, y vuelves tu mirada hacia abajo. El tremendo calor impide que una virginal sábana cubra aquello que tanto te gusta acariciar, chupar, lamer, adorar. Sonríes y acercas suavemente tus dedos, intentando coger un pequeño rizo inexistente. Mi escaso monte no da para más. Me retuerzo dormida, trastabillando en la cama y medio dándome la vuelta. No quieres que me despierte, así que retiras tu mano.


Continúas observándome con una sonrisa. Besaste con adoración esas piernas, esas rodillas, lamiste esos pies, esos deditos, esos talones que luego te rasparían las pantorrillas, los muslos, arriba y abajo, como un ascensor ardiente, mientras me penetrabas y me seguías diciendo lo bonita que era. Subieron a tu cintura, rodeándote como el áspid de Cleopatra, pero ahí ya no pudiste decir nada más. Quedaste en un sordo silencio y sólo me mirabas. Y suspirabas mientras, de soslayo escudriñabas el termómetro de pared. Cuarenta grados.


Por casualidad, he aterrizado esta noche en uno de tantos miles de blogs que actualmente pululan por el ciberespacio. Se trata de un blog muy personal, intimista, y, como es habitual en ese tipo de bitácoras, es un espacio aderezado de fotos en blanco y negro, con desnudos en su mayoría, textos poéticos y rezumando mucha sensibilidad. Teresa es su autora. Y el blog, que se llama Todo lo que pasa por mi mente, habla de paisajes, del amor, del desamor, de alegrías, de tristezas... Delicioso como otros muchos. Pero si me he quedado más rato enganchado a él ha sido, entre otras cosas, por la preciosa canción que suena una vez que te metes en la página. Ignoro quién es la cantante, no sé cómo se llama esa canción lenta y delicada que estoy oyendo una y otra vez. Qué lástima de esa canción perdida porque no viene el título por ninguna parte, tan sólo el reproductor -aunque le he escrito a Teresa preguntándoselo...-. Y mi ánimo, que no está nada bien, pero lo que se dice nada de nada, me obliga a escucharla una y mil veces.

Y es que... ya sabemos lo masoquistas que somos los humanos: si tenemos una llaga en la boca, nos da por darnos con la punta de la lengua una y mil veces, aunque nos duela, aunque sepamos que así no la curaremos. Pues igual nos pasa con las heridas del alma y las canciones tristes como ésta. Cuanto más melancólicos estamos, más nos apetece encerrarnos en nosotros mismos y refugiarnos en una canción triste y que sea gemela de nuestro estado de ánimo. ¿No les pasa a ustedes? Porque a mí, sí.

Una cosa saco en conclusión de todo esto: soy una incorregible con poquitas ganas de enderezarme. Pareciera que disfrutara cargando mi mochila de piedras y más piedras... Muchas veces no me entiendo.

martes, 7 de agosto de 2007

La sombra del viento


Me lo prestaron hace unos meses, y, contrariamente a mi norma no escrita pero siempre cumplida de devolver enseguida aquello que me prestan -particularmente si se trata de libro, disco o dvd-, el libro, que empezó a ser devorado los primeros días, terminó dormitando en uno de los estantes del mueble del salón, por otro lado, abarrotado de libros. Cualquier día los estantes vuelven a ceder, como ya hicieron hace unos tres años en el lateral izquierdo del mueble, y otra vez los libros caerán, como aquella vez, igual que unas fichas de dominó, pero mucho más pesadas.


Hablo de La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón.


Me lo recomendaron vivamente, y con ese mismo ánimo me lo prestaron. "¿No lo has leído todavía? Es una delicia, es un libro precioso, vaya novela"... Y con esos antecedentes, y con unas ganas increíbles por desentrañar las mil y una historias que prometía me decidí a zambullirme en aquella Barcelona de la posguerra, entre libros olvidados, misterios familiares y policías corruptos y sinvergüenzas, ávidos de sangre gratuita.


Debo decir que me desanimé bastante cuando llevaba leídos varios capítulos y el libro no terminaba de engancharme. Aprendí a leer con tres años, es decir, antes de ir al colegio, donde entré con cuatro y ya sabiendo leer perfectamente. Desde entonces, los libros me han acompañado y a menudo me los he terminado en uno o en dos días a lo sumo. Por eso advertí la misma desazón que me acompañó cuando, con once años, no lograba terminarme aquel libro de tapas y lomo rojo y letras doradas que rezaba en su portada: "La madre. Máximo Gorki". Era un regalo de mis tíos. Comenzaba a leérmelo una y mil veces, y una y mil veces lo dejaba por imposible, aproximadamente por la página cincuenta. En esos momentos me daba rabia y no entendía el por qué no me entraba ese libro y siempre tenía que dejarlo. Me encantaba su comienzo, pero al ir adentrándome en la historia, se me atragantaba. Ahora, con la madurez de mis cuarenta años, comprendo que probablemente no era una lectura demasiado fácil para mis once. Habrá que rescatarlo de su duermevela eterna y de nuevo intentarlo. Sí, porque visto el fracaso en mi infancia, nunca me atreví a cogerlo en mi edad madura, y probablemente se ha reído de esta pobre ignorante desde la estantería donde me observa.


Igual me estaba pasando con La sombra del viento. Es indudable que no es siempre posible coincidir en gustos y que no siempre te agrada lo que le gusta al vecino. Pero si comprendí en su momento cuando me leí el insoportable El código Da Vinci -que me lo terminé para así poder opinar, pero no porque me atrayera, me pareció un auténtico ladrillo-, que a pesar de ser un best seller -o quizá por eso- y gustarle a mucha gente, si comprendí digo que hubiera muchos que lo dejaran a la mitad, no podía entender que me estuviera pasando lo mismo con La sombra del viento. Es normal que haya gente a la que no le haya agradado esta historia embutida en otras mil, pero hay muchas otras que alaban extraordinariamente el libro, que de hecho ya va por su nosecuánta edición. Por eso estaba picada con él y sabía que algún día acabaría cogiéndolo de nuevo y retomando su lectura. Como así hice, hace un par de noches. En dos días le cogí el gusto y me lo he terminado.


He de decir que finalmente me ha gustado mucho más de lo que pensaba iba a hacerlo, visto lo visto con aquellas primeras páginas que se me atravesaron, y que paulatinamente he ido enganchándome en la historia, aunque a veces me liaba con tantos personajes. No sabía que había muchos que habían criticado errores de sintaxis o frases anacrónicas -"me meto ahora en el sobre"-, como he ido leyendo en algunas críticas posteriores, pero es cierto que he hallado algunos, así como algún que otro error gramatical -el plural de maniquí, por ejemplo, es maniquíes, no maniquís, como figura en la historia-, pero considero que estos errores son pecata minuta al lado de la enorme complejidad de estructurar y redactar una novela que, por otro lado, contiene bellísimas metáforas, comparaciones, y una prosa poética de bella factura en muchas de sus líneas.


Dicen que Amenábar va a realizar su adaptación al cine y por supuesto iré a verla. Me apetece mucho volver a ver esa historia reconvertida en escenas digamos "reales". Para mí, un perfecto Daniel sería Daniel Brühl -brillante en Salvador Puig Antich-; Fumero lo interpretaría soberbiamente el excelente secundario Antonio Denchent -de quien me declaro ferviente admiradora-, y a Carmelo Gómez lo veo en la piel de Fermín Romero de Torres. Imanol Arias estaría muy bien en el papel del señor Sempere, padre de Daniel. Visto el excelente trabajo de Maribel Verdú en El laberinto del fauno, la veo como una sobria Nuria Monfort.


Volviendo al libro en sí, no sé si volveré a releérmelo algún día, pero La sombra del viento, en líneas generales, me ha gustado bastante y me alegro de que por fin me decidiera a retomarla y a zambullirme en esa Barcelona de la posguerra.


Ahora, a por La madre. Me espera el señor Gorki.


sábado, 4 de agosto de 2007


Anoche acudí con mi hija Laura al concierto "Gitanos de Rajasthan", organizado por el Ayuntamiento de Cádiz dentro del ciclo que ha programado de músicas del mundo en el Castillo de Santa Catalina. Lo que vivimos anoche fue impresionante, y difícil de contar. Y hablo en plural porque, si dudé un poco antes de llevar a mi hija de ocho años al concierto, me alegré muchísimo cuando salíamos, más que satisfechas, y ella, espontáneamente, me dijo: "¡Qué bonito, mamá, me ha encantado!". Su carita lo decía todo.


Fascinante la música de este grupo de India, de una zona muy cercana a Pakistán, compuesto por seis hombres liderados por Karun Goyal, que estaban acompañados por una bailarina y otro chico, mitad bailarín, mitad fakir. Todo un espectáculo que aunaba la música tradicional de la zona, con bailes preciosistas, llenos de color y salpicados de belleza gracias a los espejitos, volantes y aderezos de los vestidos. Ricos ropajes para unos bailes hipnóticos, llenos de ritmo y sensualidad, e incluso acrobacias. En una de ellas, por ejemplo, la bailarina depositaba en lo que parecía un baile ritual de bodas, dos anillos en el suelo, y, puesta en pie y echándose hacia atrás, lograba capturar los anillos con los músculos de los ojos, en un increíble alarde de habilidad y flexibilidad. Por otro lado, el bailarín se movía como volando por el escenario, con una muestra impresionante de equilibrio, al tener en su cabeza un cilindro, -luego dos y posteriormente tres-, y, sobre él -y ellos-, un cántaro de barro lleno de agua. Se movía endiabladamente sin que se cayeran ni el cántaro, ni el agua que había depositado dentro. También bailó con una rueda de carro sobre la cabeza, o hizo de tragafuegos y se pasaba teas por su pecho y sus brazos desnudos.


Una preciosa música la de anoche, que en muchas de las canciones se asemejaba a nuestro flamenco, y que fue degustada por el numeroso público que abarrotó la zona de conciertos del Castillo. Incluso mucha gente se quedó de pie y sin asiento, aunque ésto no les importó: libres de las sillas, bailaron y se movieron fréneticamente al ritmo endiablado del grupo.


Una pena que al final de la actuación, en la que tuvieron muchísima conexión con el público, no ofrecieran ningún bis, sino que se limitaran a vender sus cd's. Se echó de menos alguna canción más o alguna otra muestra de aquellos habilidosos bailarines. Cádiz, que fue Rajasthan durante un par de horas, lo hubiera agradecido, sin duda.

jueves, 2 de agosto de 2007

Silje






(Lo escribí uno de los primeros días de enero y me apetecía hoy recuperarlo mientras oigo de fondo a Silje)







Es martes, y fuera hace frío.

He estado leyendo un rato. Quedan miles de cosas por hacer: envolver paquetes, planchar camisas, pedir disculpas, darle un beso a mi madre, seguir leyendo. Que se queden arrinconadas. Prefiero escribirte, mudo y marchito mi corazón, silente y huérfana de tus besos mi piel.
Suena cadencioso mi último descubrimiento:

Be still my heart,
my heart be still...

La voz serena de Silje Nergaard envuelve mi corazón mientras crece y crece y crece otra vez mi melancolía. La estufa calienta la habitación. Mis dedos, ateridos, buscan y encuentran a trompicones una ‘s’, una ‘f’... una ‘a’ de amor. Me siento protagonista de esta hermosa canción preñada de jazz. Soy fea, pero soy hermosa. Soy ignorante, pero soy curiosa y observadora. Soy terca, pero soy capaz de doblegarme si es necesario. Fuera hace frío, pero estoy en el paraíso.

Si estuvieras a mi lado, abrazándome desde detrás y regalando besos en el cuello, aún lo estaría más.


My heart's not lonely or broken
Is not of ice or of gold
Not has my heart ever spoken
To me when a love has grown cold
I felt not the faintest flutter
When you brushed my cheek as you passed
Not will I willingly clutter
My life with these things that don't last

Be still my heart
My heart be still

If our eyes should meet then so-be-it
No need to trouble a heart that's hidden
Where no-one can free it
Only to tear it apart

Be still my heart
My heart be still

Beware, beware, beware
Take care, take care
Be still my heart
My heart be still...




miércoles, 1 de agosto de 2007

Los fantasmas


Los fantasmas es el nombre de una gran chirigota gaditana de las que por estos lares conocemos como "ilegales". No es que se muevan al margen de la ley: simplemente se trata de que aquí en mi tierra se les llama así a las agrupaciones que no participan en el Concurso Oficial que todos los años se celebra por Febrero. No siguen normas; su forma de participar en la calle es bastante anárquica en relación a las agrupaciones oficiales y, si bien es verdad que algunas son bastante malas y dan ganas de darles una palmadita en la espalda y mandarlas a su casa cuando cantan, también es cierto que durante todos estos carnavales hemos tenido la ocasión de degustar verdaderas maravillas que si hubieran ido al Teatro Falla probablemente se hubieran llevado algún premio que otro.



Fantasmas famosos los ha habido tanto en la historia de la literatura como en las creencias populares. Uno de mis favoritos es El fantasma de Canterville, de mi admirado Oscar Wilde. Nunca se ha demostrado que existan, pero muchas personas no pueden evitar un escalofrío cuando se habla de ellos o visitan algún sitio donde se suponen que vagan purgando sus faltas.



Fantasmas son también esos que alardean de lo que carecen. Generalmente se les ve venir a legua y su fama es conocida entre el círculo de amistades. Éstos conocen de sobra sus batallitas y su chafarderío y ya hasta les resultan entrañables. Se dirían que no podrían pasar sin conocer sus nuevas fantasmadas a nivel monetario, sexual o social.



Y fantasmas son aquellos que gustan de rondar en casas ajenas, agazapados tras una sábana blanca en otros tiempos, pero que se ha ido ennegreciendo con el hollín que desprenden, como si de una locomotora vieja se tratara. Menos mal que una servidora no cree en ellos y en sus aullidos ululantes, si se me permite la redundancia. Si no, apañados íbamos (lo digo por lo de creer o no en estos seres).


Al revés, me encanta reírme de ellos. Y no temo al dicho de "Quien ríe el último... ríe mejor": ya bastante se han reído de una... y llegó mi turno. Ahora que se callen, que me toca a mí.

lunes, 30 de julio de 2007

¿Adicta al blog?


Empecé con la idea de abrir este blog cuando era una cosa que jamás me había llamado la atención. Me gustaba mucho leerlos e ir descubriendo nuevos día a día, pero no me animaba a abrir ninguno. Al final, tal y como expliqué en la presentación del mismo, quería encontrar un espacio donde recopilar muchas de las cosas que he ido escribiendo, como así mismo poder ir plasmando mis pensamientos, comentarios, y aquellos relatos nuevos que fueran surgiendo.

En esta curiosa página, encontramos un test con aire divertido en el que te muestran si eres o no un adicto a los blogs. Mi resultado -un 62 %- me preocupa ligeramente: ¿me estaré convirtiendo en adicta?

Bueno, si se trata de que lo soy por visitar los blogs de mis amigos... sinceramente este supuesto enganche no me molesta en absoluto... ;-))))http://mingle2.com/blog-addiction

sábado, 28 de julio de 2007

La Dama descalza



“Mis canciones tratan de cosas perdidas y nostalgia, amor, política, inmigración, y realidad. Nosotros cantamos sobre nuestra tierra, sobre el sol, sobre la lluvia que nunca llega, sobre la pobreza y problemas, y sobre cómo vive la gente en Cabo Verde.” (Cesárea Évora, nacida el 27 de agosto de 1941 en Mindelo, Cabo Verde.)




Es curioso. Son las cinco menos veintinco de la madrugada, acabo de entrar en casa, y lo que menos deseo en este momento es meterme en la cama. Lo que más, escribir mi crónica particular sobre el fascinante -no por esperado lo ha sido menos- concierto que he vivido hace escasas horas. Sobre el escenario, la maravillosa Cesárea Évora: la Dama descalza. Canta sin zapatos en solidaridad con los niños y mujeres pobres de su país y los sin techo.

Otra cosa curiosa. Acabo de leer una antigua reseña de El País digital donde también la llaman así. Yo ya venía de la calle con la idea de titular esta entrada de esta manera, y he dudado durante unos segundos si cambiarla por La Dama de Cabo Verde. Pero a pesar de la similitud con el reportaje de El País, he decidido dejar este título: La Dama descalza. Ahora que la he visto majestuosa, grande -por lo gruesa y por lo artista-, sobre el escenario del teatro al aire libre José María Pemán, con ese vestido de dos piezas de aires inconfundiblemente africanos, y unos collares de oro colgando sobre su pecho, no puedo, no deseo imaginármela de otra manera que no sea descalza, mostrando sus anchos tobillos, sus pies gorditos marcando uno, dos, uno, dos, el ritmo que marcaban ocho músicos excepcionales. No me imagino a la señora Évora con zapatos, como no podría imaginarme a Dalí sin Gala o a La joven de la perla, de Vermeer, con su oreja izquierda desnuda. No, no puedo imaginarme a Cesárea pisando fuerte como lo hace con las plantas desnudas de sus pies si tuviera zapatos puestos.

Piano, bajo, guitarra, saxo, violín, batería, timbales, y una especie de guitarra pequeña de la que no entendí bien su nombre cuando Cesárea presentó a aquellos hombres. Todos ellos en conjunción perfecta, alineándose como lo hacen los planetas para extasiar con su música; unos músicos que nos han transportado a momentos fastuosos durante la hora y media que ha durado el concierto -algo más si contamos el bis-.

Cesárea ni siquiera dio las buenas noches y no hizo falta. Bastaba su voz de terciopelo, su maestría a la hora de cantar sin ningún tipo de esfuerzo, su presencia de señora sobre el escenario, sus sesenta y algo años dando lección de fuerza desgarradora y vital.

Dejando aparte la anécdota de la noche -en un momento determinado, la cantante dijo que nos dejaba con música de percusión, porque "iba a fumarse un cigarrito", cosa, que, literalmente, hizo sentada en una silla dispuesta a tal efecto sobre el escenario-, yo me quedaría, por lo que esa deliciosa canción significa para mí, con el Saudade. Magníficamente acompañada por sus músicos, especialmente por un cubano que tocaba el violín y por el delicioso saxofonista, Cesárea evocó con su voz de terciopelo la fragancia de las flores nocturnas en una noche ideal de verano, sin gota de viento desagradable, y también llamó a la soledad, a la melancolía. Voz inconfundible que nos transportó a África en otras de sus canciones, o a un frenético carnaval en la que cerró el concierto. Fue la segunda canción de un bis largamente solicitado por el público, y que se vio precedido por una desgarradora -por lo hermosa- versión del "Bésame mucho".

Yo ya me puedo morir tranquila. He visto a Doña Cesárea Evora, la Dama descalza, en concierto. Algo que ansiaba desde hace unos años, cuando canceló su visita a Cádiz por problemas de salud. Aquella mujer africana, descubierta en Francia en 1988, y fiel exponente de lo que se ha dado en llamar "world music" o música étnica, volvió de nuevo cuando se recuperó y pudo hacer un huequecito en su agenda, pero entonces ya me fue imposible ir a verla y disfrutarla. Ahora, por fin, he podido degustar su voz y soñar con sus canciones que siempre serán eternas. Unas canciones que ofrece bajo el sello del estilo morna, que es el de su tierra, Cabo Verde. Un estilo musical que se asocia a las islas y combina la percusión de África Oeste con los fados portugueses y las modhinas brasileñas.

Doña Cesárea, si me permite el consejo, cuídese y no fume demasiado, por favor. Aún le debe quedar cuerda para rato, y nosotros así lo deseamos para poder seguir disfrutando del terciopelo verde de su voz.

viernes, 27 de julio de 2007


Estoy haciendo limpieza de papeles -decenas, cientos de papeles; no hay nada peor para una casa que ser su propietaria una recopiladora compulsiva y para colmo desordenada crónica-, y he encontrado incluso todos los comentarios que abrían mi magacine en Radio Puerto desde septiembre de 1999 a septiembre de 2001, fecha en la que entré en Onda Cero -en una primera etapa, porque luego volví a entrar-. Increíble la cantidad de cosas que se pueden escribir, la de temas que se pueden tocar. Hay textos de los que guardo memoria. De otros, poseo fe escrita en forma de columnas publicadas en el Diario de Cádiz. Pero algunos de esos escritos pasaron fugazmente entre mis dedos y murieron lentamente, marchitándose, en carpetas y cajones, ocupando sitio en muebles diseminados por mi casa, que no en mi corazón, porque apenas los recuerdo.


Revolviendo esos papeles, y desechando con dolor muchos de ellos, porque ya cumplieron su función en su momento y hoy por hoy estorban, he encontrado esta delicada poesía de la académica Carmen Conde, y deseaba compartirla con todos ustedes, sobre todo por la poco extendida faceta como poetisa de esta escritora cartagenera, fallecida en Madrid a los pocos días de nacer 1996. Fue por cierto la primera mujer aceptada en la Real Academia Española de la Lengua, siendo pronunciado su discurso de ingreso en 1979.


Corrían nuevos aires en la sociedad y la cultura españolas, sin duda y afortunadamente.




Es igual que reír dentro de una campana:

sin el aire, ni oírte, ni saber a qué hueles.

Con gesto vas gastando la noche de tu cuerpo

y yo te transparento: soy tú para la vida.


No se acaban tus ojos; son los otros los ciegos.

No te juntan a mí, nadie sabe que es tuya esta mortal ausencia

que se duerme en mi boca.


Cuando clama la voz en desiertos de llanto,

brotan tiernos laureles en las frentes ajenas,

y el amor se consuela prodigando su alma.

Todo es luz y desmayo donde nacen los hijos,

y la tierra es de flor y en la flor hay un cielo.


Solamente tú y yo (una mujer al fondo

de ese cristal sin brillo que es campana caliente),

vamos considerando que la vida... la vida

puede ser el amor, cuando el amor embriaga;

es sin duda sufrir, cuando se está dichosa;

pero, ¿reír, cantar, estremecernos libres

de desear y ser mucho más que la vida...?


No. Ya lo sé. Todo es algo que supe

y por ello, por ti, permanezco en el mundo.


miércoles, 25 de julio de 2007

A la fuerza


"Nadie duda si dices que te han robado. Pero cuando te han violado, tienes que demostrarlo. Y eso es muy duro". (Julia, 26 años, violada hace tres en Madrid).


Hace unos veinte años, yo iba a mi trabajo, a la emisora de radio donde era locutora. Era septiembre, muy temprano y aún el día no había aclarado del todo. El tiempo todavía no había refrescado lo suficiente como para ponerse chaqueta o rebeca, y todo parecía indicar que iba a tratarse de un día más de septiembre. Yo tenía 19 años, camino de los 20.


De repente, noté como me atenazaban los brazos y cuatro manos empezaban a sobarme por encima de la ropa: el pecho, el culo. Una de esas manos me intentaba tapar la boca y otra, que logró desabrocharme el botón, bajarme la cremallera del pantalón vaquero. Otra mano cogió mi derecha y me la llevó hasta sus asquerosos huevos por encima de su pantalón. Dos tíos repugnantes se habían propuesto violarme. El miedo me dejó casi paralizada, pero tuve tiempo a reaccionar y el chillido que lancé fue tal, y tan pavoroso y estentóreo, que aquellos miserables salieron huyendo. Nadie fue tras ellos puesto que nadie había en ese momento por la calle, aunque la avenida principal estaba bastante cerca del final de la misma. Yo no denuncié, puesto que aduje que jamás podría dar una descripción. Me atacaron por la espalda y no les logré ver la cara. Ni siquiera podría contar a la policía qué complexión tenían, o qué color de pelo.


Echándole narices, hice mi turno de Los 40 Principales con la alegría de siempre; como si tal cosa. Cuando pasaron las cuatro horas de mi jornada laboral, aún tenía las marcas en las muñecas, y éstas me dolían. Pero más que los brazos y las manos, me dolía el alma, me sentía abatida, impotente porque no podía denunciar puesto que no tenía ni idea de a quién hacerlo. Ahora, con el paso del tiempo,me doy cuenta de que estuve muy confundida y que debía haber ido a comisaría porque aunque no podía dar datos físicos de aquellos tipejos, quizá estaría evitando algún ataque o asalto a otra chica.


Cuando años después, en otra emisora, tuve la oportunidad de entrevistar a Tina Alarcón, fundadora del Centro de Asistencia a Víctimas de Agresiones Sexuales, me di cuenta del verdadero alcance de la historia que existe detrás de cada mujer violada, agredida, ultrajada.


Tina posee en la actualidad cerca de dos mil expedientes abiertos de violaciones consumadas. Son dos mil gritos de desesperación que no tuvieron tanta suerte como yo. Dos mil gritos lanzados a la fuerza por culpa de desalmados que quisieron obtener sexo también a la fuerza.




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