domingo, 20 de abril de 2008

Victoria





Como cada mañana, Victoria se miró al espejo. En ese gesto automático se escondían la certeza de hallar un rostro cada vez más ajado y, simultáneamente, el terror a hacerlo. Factores que no se excluían y que se entrelazaban en una maraña de sinsabores que martilleaban a la mujer. Habían sido muchos los sufrimientos, los días de incertidumbre, los besos sin vuelta, los desprecios inmisericordes y los momentos de soledad no elegida, los que paulatinamente le habían pasado factura, hasta tal punto que el reflejo del azogue conformaba un patético cuadro, una imagen decadente. Una victoria derrotada. Una Victoria, sí, derrotada.


Aquel día, mientras saboreaba uno de los tantos cafés amargos de su vida –amargos por las circunstancias que lo rodeaban; amargos porque le caían en el estómago como una losa implacable, pero era incapaz de dejarlos, como ella lo fue de dejarlo a él, algún día; amargos, en fin, porque no le agradaba enmascarar su dureza con el dulzor del azúcar- pensó que ya había llegado la hora de hacer algo. Bastante tiempo llevaba ya digiriendo una vida que no la llenaba en absoluto, que la alienaba hasta tal punto que se sentía mucho más vacía de lo que mostraba a los demás. Su matrimonio estaba totalmente acabado desde hacía cualquiera sabía cuando; sus tres hijos habían echado a volar y estudiaban fuera de la ciudad; no le esperaba ninguna madre en la que poder refugiar sus penas y que le alimentara vanidades recordándole a su hija que una vez fue hermosa aunque ahora algunas arrugas recorrieran su cara como los meandros de un río.


A pesar del profundo asco que su aún marido le deparaba, aunque cuando se acostaba en la cama matrimonial era incapaz de acercar un centímetro de su cuerpo al suyo, a pesar de que apenas se dirigían en privado palabra alguna, fustigándose ambos con una dolorosa indeferencia, Victoria se sentía incapaz de cerrar este capítulo de su vida que le había proporcionado tres hijos estupendos y una amalgama de recuerdos inconexos, pues los dichosos y llenos de ilusión se amontonaban, en un abigarrado caos, con los crueles y desesperados. Últimamente, ganaban éstos. A Victoria ya no le quedaban fuerzas para asirse a los coletazos de una unión moribunda, ya que apenas esfuerzos hacía para resistir a los embates de la vida en común, y tampoco se le escapaba que a su marido le ocurría lo mismo. Siempre, eso sí, dentro de casa. De cara a los demás, era una pareja como había millones en el mundo. Quizás menos de lo que ambos pensaban, en realidad, y los millones eran más bien un reflejo de lo que ocurría de puertas para adentro. Eso probablemente hubiera supuesto un consuelo, -débil pero al menos pulsante- para esta mujer desencantada.


La mañana anterior se había encontrado a una vieja amiga del taller de pintura al que asistió hacía varios veranos. Marisa la encontró triste, distraída, y con más arrugas en el alma que en la cara, pero no le dijo nada para no desanimarla. Supo encarrilar la conversación hasta convencerla de que ahora que tenía mucho tiempo libre, con los hijos ya mayores y estudiando fuera, debería animarse a matricularse ella misma en la universidad y sacarse una carrera. "Aunque tardes diez o quince años, da igual. Lo importante es que te pongas a ello", le había dicho Marisa, en esa mezcla de remedio del alma y consejo con aires de medicina. Porque lo que la amiga pretendía en el fondo no era que Victoria adquiriera unos conocimientos que, por diversas circunstancias, no había podido alcanzar en su momento. Nati buscaba que Victoria volviese a vivir, en suma, ya que no llegaba a ver, en ningún momento de la conversación, el brillo en aquellos ojos que un día se enamoraron de la luz y eran capaz de captarla, con unas manos mágicas, en los lienzos de un taller.


Victoria terminó su café -amargo, negro, sin azúcar, como a ella le gustaba aunque le sentara como esa losa implacable y que lo era cada día más-, y se dio una ducha. Mientras el agua caliente y el jabón resbalaban por su cuerpo, pensaba en el paso que estaba a punto de dar. Por un lado tenía miedo, pero por otro, curiosidad. Por uno, le aterraba la perspectiva de acudir a clase junto a chavales que serían de la edad de sus hijos, pero por otro, el orgullo que sentía por sobrepasar ese miedo lo exudaba por todos los poros y ni siquiera la espuma era capaz de parar. Por uno, sabía que a su marido no le iba a hacer gracia que se matriculara, pero por otro... le daba igual.


La primera vez que le vio fue en la ventanilla de secretaría, cuando ya estaban metidos de lleno en el primer cuatrimestre. Alto, espigado, era un chico moreno de "veintidós o veintitrés, no creo que tenga más", con ademanes resueltos y toda la vida concentrada en una sonrisa perfecta. No era especialmente guapo, aunque la percepción de la belleza cambie tanto entre unos y otros, a pesar de ser todos humanos. Pero no, no era especialmente guapo, aunque a Victoria le pareció que si ella hubiera tenido treinta y tantos años menos, lo hubiera abordado sin reservas ya que se le antojó un capricho de dioses, una ambrosía hecha hombre. Un gusto para sus sentidos, abotargados y adormilados desde hacía tanto tiempo.


Alberto volvió a coincidir con ella en un curso que concluiría a la par que las clases, cuando junio estuviera llamando a los exámenes finales y a los primeros paseos por la playa. Victoria se apuntó a él, más que para subir la nota y conseguir créditos, para comprobar si las hadas del destino, en las que ella confiaba desde muy niña, eran más picaruelas que el hado del mismo y dichoso destino y las harían coincidir con el chico en un encuentro algo más que académico, como amantes más que como meros compañeros.


Lo que Victoria no se podía ni imaginar es que Alberto estaba loco por quedarse a solas con aquella mujer madura y hermosa que había alimentado muchas de sus noches febriles y tardes burbujeantes de hormonas. Se le disparaba la imaginación inventándose senderos de dedos por filos de encaje, de manos abarcando pechos algo caídos por el tiempo y la lactancia, de uñas cortas arañando sin lastimar, de vello de su pecho aplastado contra el vientre femenino. Le bullía la mente intentando adivinar cuánto costaría aquel perfume caro, esa ropa que le sentaba como un guante, aquellas botas de amazona con tacones como puñales. Ropa, perfume y calzado a los que adorar de forma irreverente en un altar imaginario de virgen que ya hacía mucho que perdió la inocencia.


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La noche en que, Victoria, una vez junto al veinteañero Alberto y riéndose de todo y de todos, descubrió caminos nuevos, rutas vírgenes y mapas ignotos hasta ese momento, dio por buenas las horas y horas y horas y horas frente a esos libros de la Facultad que, además de proporcionarle una carrera, le hicieron descubrirse como una mujer nueva, diferente, y, sobre todo, llena de vida a los mucho más de los cincuenta.

12 mordiscos a esta cereza:

Anónimo dijo...

Como siempre un lujo tu blog para los sentidos.
Un muy fuerte abrazo.
Sun.

Neander dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Neander dijo...

Los libros le había enseñado a disfrutar de aquello sin remordimientos? Se lo tengo que contar a mi tía Carmen, pa que lea más jajajaja
Bella historia.
El comentario suprimido era mío de nuevo.

Dr. Krapp dijo...

Una auténtica resolución feliz para esas hondonadas de la vida en que lo de atrás no nos sirve y lo de delante está envuelto en una insondable bruma.

Guinda de Plata dijo...

Querida Sun: esta vez te equivocas, puesto que el lujo es para mí: que os asoméis a esta cajita de cerezas. Te juro que para mí es un gran honor y una enorme satisfacción que os guste lo que escribo. Me encanta que te asomes por aquí. Te mando un enorme beso.

¡Hola, Neander! Me encanta verte por aquí de nuevo y cada día. Invita a tu tía Carmen a que se asome y que lea la historia :-))

Querido doctorcito: Sé que tus palabras hablan de la historia de Victoria... pero creo que tú también lo dices por mí, o al menos así me gustaría interpretarlo, en un momento de mi vida en que lo necesito. Un beso sincero y fuerte.

Gracias a los tres por estar ahí.

B.

Neander dijo...

Mi tía Carmen nada sabe de Internés, por suerte para ella

Ego dijo...

Sucedió – o empezó a suceder – hace ya mucho tiempo. En ese país que no se puede colocar en ningún mapa, que está simplemente más allá, allí, la Luna Llena y la Felicidad se pusieron a discutir:
- ¡Tú siempre votas por lo difícil! – le reprochaba la Felicidad a su compatriota – Estás encaprichada en las empresas más ilógicas, más absurdas. Te gusta embrollarlo todo… ¡¡pues no te voy a ayudar!! Con lo bonito que es estar tranquila… ¡¡ cómo éstos, miras, como éstos!!
Y al hablar, señalaba la Felicidad a una pareja de novios corriente que paseaba por el parque:
- ¡¿Ves?! A ésos los tengo yo dominados – se fanfarroneaba – Ya se conocen las familias, pasan las 24 horas del día juntos y…
- Y no hay chispa – sentenció la Luna Llena, que hasta entonces había optado por mantener la boca cerrada – Están tan empachados de ti que ya no te conocen, ¡¡no te valoran!! Están como anestesiados, ¿no los ves? ¿Eso es lo que te gusta hacer con tus criaturas? …¿Atontarlas?
- Al menos no son como esos dos… ésos que te caen tan bien a ti… Ese par de locos…
- Ese par de locos que te levantan un altar cada vez que te ven. No me seas hipócrita, Felicidad.
- Sí, si ya sé que en el fondo son buenas personas, sólo que… Ay, no sé, mucho jaleo. Yo no puedo vivir agusto con el batiburrillo de vida que tienen montado.
- Pero vives, y lo sabes.
- Hombre… Me gusta asomar la cabeza de vez en cuando, no te digo que no. Pero, ay, Luna Llena, me traen un trajín…
- De su trajín me ocupo yo, no desesperes. Sólo te estoy pidiendo que les hagas una visitita esta noche. Anda…
- Cómo te han gustado siempre las cosas imposibles…
- Creía que tú tenías prohibidísima esa palabreja, Felicidad.
- Ay, qué despiste…
-Supongo que te la habrán pegado tus “amigos ejemplares”. Tanto besito, tanto paseito… ¡¡ Da asco!!
- ¿Dan asco los besos? Luna Llena, por Dios, tú has visto muchos…
- Los besos merecen ser excepciones, momentos especiales, no inercia mecánica, como hacen tus amiguitos. Es un pecado convertir en rutina los besos.
- Eso lo pondrá en tu manual.
- Y en el de los que te digo, también.
- En fin… Qué remedio. Esta noche me pasaré y…
- Y porque dejes solos a tus “protegidos” unas horas no les va a pasar nada. Están tan alelados que no distinguen si estás o no estás… ¿No te sientes frustrada?
- No, vieja amiga, no… Por si no lo sabías, no son sólo ellos los que “protejo”. No tengo nada en contra de los tuyos, pero… son tan liantes…
- Que no, mujer, que no es para tanto, Feli. Anda, anda y corre. Yo me voy pintado a Campoamor. Tengo que brillarle a un par de cabecitas locas que están en la playa.
- ¿Y me dejas sola con ellos, Luna Llena?
- Je… No te asustes, que no te van a secuestrar ni a hacer nada ilegal. Sólo van a darse besos…
- Se la están siempre jugando…
- ¡¡ Se la juegan por ti, Felicidad!! Eres tan cambiante como dicen los mortales… Bueno, un par de besos y en paz. Son cerca de las once, es casi la hora. Casiopea me está haciendo el turno, tengo que relevarla.
- Venga, Luna Llena, nos vemos. A ver cuando coincidimos.
- Pues está misma noche, ya tarde, te podrías pasar por la playita…
- No es plan, Luna Llena, que acaban de conocerse y son unos críos…
- Pero, aunque te sorprenda, tienen corazón.
- Venga, susceptible, más que susceptible, ya hablaremos. Y no vuelvas a esos chavales demasiado locos, a ver si acaban como tus protegidos.
- No caerá esa breva, Feli, no caerá.
La Felicidad se tornó invisible y se bajó a la Tierra. Les alcanzó en una parada que acababan de hacer en un semáforo en rojo. Hacía calor, pero, nada más sentir la invisible presencia, ella experimentó un escalofrío. Él le agarró la mano y la miró con una ternura infinita. La Felicidad, sonriente, se agazapó en sus rodillas.
Muchos les vieron pasar y no se percataron de nada raro. Muchas personas anónimas que no les conocían, sin embargo, recibieron una ráfaga excitante cuando se cruzaron en su camino. Entraron en un bar. La Felicidad no pidió nada, pero se fumó nerviosa un cigarro hasta ver el momento de abalanzarse al beso. Los camareros, sin saber razón, sonreían. Mientras, la Luna Llena se hacía con un par más de dementes para su colección. Y los protegidos de la Felicidad subsistían en su tranquila ataraxia, en los besos suyos de cada día.

Guinda de Plata dijo...

Neander, ya va siendo hora de que le vayas enseñando a tita Carmen... ;-))

Ego, muchas gracias por pasarse por aquí y por su comentario.

Un beso a ambos... aunque tantos besos den asco y sea un pecado convertirlos en rutina. Me encanta besar, y si saben a guinda dulce, más aún.

Luis Antonio dijo...

El recorrido por tus escritos confirma mi buena impresión inicial. Me gusta el fondo y la forma. Me agrdaría tener más información del libro que vas a publicar. Otro cordial saludo

Te adjunto la dirección de mi blog pero, te anticipo, son un tanto aburridos...

http://lperezcerra.blogspot.com/

Guinda de Plata dijo...

Luis Antonio, muchísimas gracias por tus halagos, en serio. Es para mí una gran alegría porque he estado varias veces a punto de dejar el tema del blog ya que no tenía demasiadas ganas de escribir. Pero comentarios así ayudan, y mucho.

Con respecto al libro, como aún no se ha presentado oficialmente, todavía no he querido dedicar una entrada del blog, pero encontrarás información en la columna de la izquierda y también en la web www.edicionesabsalon.com

Eso sí, comentarte que no es un libro de relatos, ni digamos literario, sino más bien una especie de ensayo pero no con un tono árido ni academicista. Se trata de un recorrido por el Cádiz de la segunda mitad del siglo XIX y primera mitad del XX, ahondando en sus calles y plazas más emblemáticas.

Muchísimas gracias por ofrecerme la dirección de tu blog y por supuesto me pasaré por allí.

Muchos besos y gracias por leerme y por tus comentarios.

Belén.

Luis Antonio dijo...

Belén: No me sorprende que tengas muchos amigos porque los tratas con dedicación, generosidad y afecto.
Respecto al libro que has escrito, no tengo la menor duda de que será un auténtico placer leerlo porque los escritos de tu blog son una garantía indiscutible.
Me ha parecido muy enternecedor la muestra de tus escritos infantiles y no me sorprende que ganaras premios tan precoz. Por cierto, tu madre te vestía con mucha gracia y es cierto que estabas mona. De hortera, nada de nada...
También colocaré la dirección de tu blog en el mío con tu permiso.
Otra vez, gracias y no dedsfallezcas porque vale la pena lo que estás haciendo.
Un abrazo

Guinda de Plata dijo...

Querido Luis Antonio:

Por supuesto que es un placer que incluyas mi blog en el tuyo.

Muchísimas gracias por tus ánimos y halagos, porque con los tuyos y los de los demás amigos voy cogiendo cada día más fuerzas para seguir escribiendo. De verdad y de corazón que muchas gracias por tus palabras.

Un beso sincero.

Belén.

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