miércoles, 25 de junio de 2008
Para etiquetar en la cajita como: Prosa en vertical
martes, 24 de junio de 2008
Ven y destapa tus sentidos,
no te ocultes tras las sombras
y manifiéstate como el diablo que escondes.
Huéleme,
y detente en los pliegues de mi piel,
que tu nariz cate mis más íntimos fluidos.
Paladéame;
sé que mi piel sabe a olas,
por favor, no te contengas y
bébeme como a un buen rioja.
Tócame,
con la pericia que te dan los años,
con los dedos tibios de mí,
como si buscaras en el baúl de antaño.
Óyeme,
siente la lírica de mis versos…
O mejor aún, de esos gemidos
que anuncian la llegada de algo bueno.
Mírame,
detente complacido en mis montes,
en el hoyo que mi vientre corona,
en mi sexo que es la orilla de tu noche.
Para etiquetar en la cajita como: Prosa en vertical
lunes, 23 de junio de 2008
Un hasta mañana convertido en murmullo
10 mordiscos a esta cereza Escrito por Belén Peralta a las 0:11
El aleteo suave, casi imperceptible,
de mil mariposas que me acompañan esta noche
me guía con su murmullo
y su música sustituye a mis palabras.
Cierro los ojos,
dejo que ellas hablen
y les deseen las buenas noches.
Hasta mañana,
que volverán a rodearme de su mágica danza.
Me encantaría volverles a ver.
A ustedes, y a ellas.
Para etiquetar en la cajita como: Reflexiones y comentarios
domingo, 22 de junio de 2008
Desde que empezó a escribir, años atrás, David intuía que algo extraordinario le iba a ocurrir. Algo por supuesto relacionado con sus anhelos y ganas por juntar letras. Desde que era pequeño le habían dicho que escribía bastante bien. Si al principio fueron las redacciones en el colegio las que se llevaban los piropos de maestros y algunos compañeros -los menos envidiosos-, luego las cartas y poemas envenenados de torbellinos de amor fueron las protagonistas. David se convirtió en el chico más popular del instituto porque todos sabían que le era imposible negarse, y que siempre se podría contar con él para disponer de una poesía encendida o de un texto arrebatador. El hecho de que prácticamente todos los alumnos imaginaran que, con un noventa y cinco por ciento de probabilidades, aquello tan hermoso lo habría escrito David y no realmente la persona de la que provenían los versos, no le restaba méritos, y seguían siendo unos textos irremediablemente hermosos y que cumplían la función para la que fueron creados: enamorar.
Una vez que empezó la lucha en la jungla del mercado laboral, David se desentendió de sus ganas de escribir y dejó que las palabras bellas y las imágenes oníricas durmieran en un cajón del escritorio. De vez en cuando se sentía culpable por no retomar aquellos versos, que, incompletos como un cojo, lloraban su pena sin el consuelo de las manos de aquel artista. Entonces se ponía a escribir, pero el arrebato creador no le duraba mucho y al cabo de un par de días se desentendía de todo.
Una tarde de compras apresuradas se encontró por la calle con su amigo Alberto. Hacía mucho tiempo que no se veían y que no compartían inquietudes literarias, ya que a Alberto tampoco se le daba nada mal escribir y ambos habían dedicado más de una tarde a compartir textos, siendo uno el mejor y feroz crítico del otro. Al padre de Alberto lo trasladaron de ciudad por motivos laborales, y el resultado fue la separación de los amigos. Comenzaron carteándose, pero poco a poco la realidad de la rutina fue imponiéndose y al cabo del tiempo apenas sabían el uno del otro.
Unos años después, Alberto era un hombre maduro e independiente que había decidido volver a su ciudad para trabajar en ella. La casualidad hizo que se topara con David, y ambos pasaron una tarde deliciosa compartiendo unos cafés y refrescándose mutuamente la memoria sobre todo aquello que parecía que se había quedado anclado en el tiempo, incluso las pocas ganas de David de volver a escribir.
-Pues eso sí que es una pena, chico. Escribías que daba gusto, no deberías haberlo dejado…
-Bah, no sé si mis escritos eran tan buenos. En realidad eran poemillas y cartas de adolescente. No pienso que tuvieran gran calidad.
La tarde transcurrió entre recuerdos de anécdotas pasadas y proyectos venideros, y se rubricó con un sentido abrazo y el ineludible intercambio de números de teléfono.
-Que me llames, ¿eh?
-Que sí, no te preocupes, nos vemos…
Al llegar a casa, lo primero que hizo David fue mirar hacia el cajón donde lloraban su soledad aquellos versos que dejó inacabados, aquellas historias que quedaron por tejer, y presumiblemente aquellas frases que aún estaban por nacer. No se atrevía a abrirlo: sabía que escribir es un ejercicio diario y que, al igual que el físico, si no se ejercitaba, todo se atrofiaba. Se preguntaba si sería capaz de retomar aquel vigor, aquella energía que se le posaba en los dedos y le hacía teclear frenéticamente, mientras las ideas le surgían a borbotones. Ahora se veía incapaz de atravesar el desierto por el que voluntariamente estaba pasando, y decidió pasar de largo y no responder a los cantos de sirena de sus historias y versos.
A medianoche, David se encontró sentado en el suelo, revolviendo aquellas hojas y releyendo todo lo que había escrito. La mayoría le pareció sencillamente nefasto, y sintió el impulso de arrugar los folios y tirarlos directamente a la basura, pero como era un nostálgico irreductible, sabía que se arrepentiría al día siguiente, y decidió conservarlo todo. De todas formas, supo encontrar el brillo de la calidad en algunos textos y comenzó a trabajar en ellos. Así, noche tras noche. Tras la rutina de la ducha y la cena, se embarcaba en sus historias y, entre columnas de humo y tragos de ron miel, lograba darles forma.
Se asombró de la facilidad con la que se reencontró con las Musas a la madurez. Bien es cierto que aunque no había vuelto a escribir, excepción hecha de algunos versos esporádicos, no había dejado el formidable hábito de la lectura diaria, y supuso que esto le sirvió de mucha ayuda para volver a hacerse amigo del folio en blanco.
Pero David no retomó sólo la costumbre de escribir. Lo de quedar con Alberto no se había quedado simplemente en una intención, sino que a partir de aquel encuentro, lo hicieron con cierta regularidad. Una de aquellas tardes, Alberto le propuso que fuera a su casa al día siguiente, ya que daba una especie de fiesta, que más que fiesta era un encuentro literario de amigos a los que les gustaba escribir y leer sus textos en voz alta. David primero se opuso, ya que no le gustaba hablar en público, pero sobre todo porque consideraba que sus escritos no tenían la calidad suficiente como para formar parte de una tertulia literaria, aunque fuera a nivel de amigos. Y además, él no conocía a nadie, sólo a Alberto.
A la tarde siguiente, influido por el portentoso poder de convicción de aquel amigo perdido y reencontrado, David se vio leyendo en voz alta sus versos ante un público que le escuchaba en un respetuoso silencio. Numerosos aplausos rubricaron su intervención y él se sintió avergonzado, pero orgulloso. Jamás imaginó que tras un período tan largo sin escribir, iba a estar leyendo sus escritos ante un público desconocido, que en principio y aunque sólo fuera por educación, iban a aplaudirle cortésmente, aunque luego averiguó, por los comentarios y las caras de satisfacción, que habían sido aplausos sinceros.
Entre los amigos de Alberto, David se fijó en Sara. Menuda, morena, de intensos ojos claros ideales para navegar en ellos, al chico le había gustado desde que entró en la casa de Alberto y la vio sentada en el sofá, con las piernas cruzadas como un faquir hindú, y comiendo pipas esperando al resto de invitados. Le sorprendió su naturalidad, su frescura, e interpretó esa familiaridad de estar comiendo pipas como que la muchacha ya conocía de sobra al resto de contertulios. Sara, a lo largo de la tarde, leyó unos versos suyos que obtuvieron la aprobación general. David no los había entendido muy bien, pero se emocionó con aquellas palabras que no habían sido lanzadas al aire de forma aleatoria, sino con una gran intensidad, y aplaudió con admiración.
Años después, David y Sara se entretenían revolviendo en la caja de las fotos y se veían como jóvenes contertulios en reuniones de poetas: las piernas cruzadas sobre el sofá, los abrazos fraternales, los protagonistas con sus bocas abiertas declamando al aire. La poesía los había unido y fue entonces cuando David se dio cuenta de lo afortunado que había sido aquel encuentro fortuito con Alberto, que le devolvió de nuevo las ganas de escribir. Había recuperado a sus Musas y había descubierto a una musa mucho más terrena, más cercana, y con unos ojos claros ideales para navegar en ellos.
Para etiquetar en la cajita como: Cerezas y guindas dulces
no me arañes más el corazón.
Guárdate tus conjuros
y no me aceches con tu inquina.
Déjame en paz,
no revolotees más a mi alrededor;
ya ves que no te necesito.
Soledad,
cuando quiera estar sola,
no temas,
que invocaré tu nombre.
Y entonces,
sólo entonces,
charlaremos de libros,
y, juntas, tomaremos café.
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sábado, 21 de junio de 2008
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viernes, 20 de junio de 2008
si nunca me dejo ver?
Si cuando intentas tocarme
me diluyo en las sombras,
y en mis muslos,
aunque quieras,
no te puedes guarecer .
Antes refugio, ahora recuerdo;
antes fortín, ahora campo abierto.
¿Acaso desfalleces, amor?
Sigue en tu busca loca,
acorrálame sin pausas
en este juego cruel y maldito,
y aunque, altiva, te ofrezca
mi peor cara por no dejarme vencer,
que yo en las noches de luna
en la trabazón de mis sueños,
en mi cama desnuda de ti,
desafío de todo mi ser.
Para etiquetar en la cajita como: Prosa en vertical
jueves, 19 de junio de 2008
Me prometí con decisión que sería la última vez. Que mis ojos no volverían a mirarte con arrobo, que mis labios dejarían de pronunciar tu nombre, que mis manos cesarían pronto en su danza infame buscando las tuyas. Imaginé por un momento que no era yo la que te estaba acariciando, que era mentira lo de mis susurros a tu oído, que los besos fugaces no estaban sucediendo de verdad. No estábamos a punto de hacer el amor, eran falsos mis abrazos, no estaba pasando aquello, porque precisamente yo no quería que ocurriera...
No pude –no puedo- creer que fuera -que sea- tan asquerosamente débil.
Para etiquetar en la cajita como: Cerezas y guindas dulces
miércoles, 18 de junio de 2008
Juego: A la búsqueda del autor perdido
10 mordiscos a esta cereza Escrito por Belén Peralta a las 0:21Pues parece que ha surgido así la cosa, por casualidad o quizás por todo lo contrario. En la entrada de los marcapáginas, tanto Guinda de Plata como Dr. Krapp, han apuntado la posibilidad de un juego en el que lo básico sea adivinar el autor de un texto, un texto del tamaño aproximado de un párrafo, no más. Puede ser difícil, pero no imposible. Se me ocurre que podríamos hacerlo de la siguiente manera: deberíamos jugarlo personas que llevásemos blogs, ¿por qué digo "que llevásemos blogs"? Por la sencilla razón de que a aquel que acertara el texto, le tocaría a su vez poner en su blog otro texto diferente, con lo cual el juego sería un juego "entre blogs". Un juego que no sería terreno o tema de un único blog, sino de blogs que irían rotando, a medida que los propietarios de dichos blogs acertaran el texto anterior.
Los textos, opino yo, deberían ser de autores lo suficientemente conocidos, aunque cuidándonos de que los párrafos elegidos no estuvieran ya en internet y de esa manera se los pudiese localizar fácilmente a través de un buscador, que es justo lo que creo que no debe ser el juego, para evitar lo fácil. Valdría -eso sí- dar todas las pistas que hicieran falta, por iniciativa propia o por medio de preguntas que se hicieran en los comentarios en cada entrada correspondiente, con lo cual creo que la experiencia sería enriquecedora para todos, porque nos podría hacer pensar a la vez que apasionarnos por una "investigación" literaria. No sé si deberíamos ponerle, si la cosa cuaja, un nombre al juego. A ver qué se nos ocurre. Por lo pronto, si resulta que sí, y hay alguien que quiera empezar, que empiece. Si no hay ningún voluntario, yo mismo. Puede participar todo el que quiera, lo que sí creo que debería ser un requisito es el hecho de que el que acierte lleve algún blog, para así posibilitar la "rotación" de los textos en un nuevo blog cada vez.
Para etiquetar en la cajita como: Juego A la búsqueda del autor perdido
martes, 17 de junio de 2008
Nadie me dijo que amar era tan difícil
6 mordiscos a esta cereza Escrito por Belén Peralta a las 22:24Al principio creí que todo era cuestión de calma,
de sonrisas tontas y miradas estudiadas,
de encuentros fortuitos y frases calladas.
Pronto me di cuenta de que no,
de que no era así.
De que las cosas son mucho más complicadas
de lo que primero creemos.
Que lo que pareció una sonrisa,
era una mueca a otra.
Que esa galante poesía
no era para mi persona.
Que esa caricia leve
lo fue sin querer haber nacido.
Nadie me dijo que amar era tan difícil.
Nadie, nadie, amor, me lo dijo.
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