martes, 5 de agosto de 2008

Los ojos de Li Mei





Li Mei observó, de soslayo, aterrorizada, a aquel turista gordo y seboso, de carnes fofas y blandas, que la miraba con codicia. Probablemente hacía sólo un par de horas que había bajado del avión y no le había dado ni tiempo a ir a la playa. Su piel aparecía blanca y lechosa y no mostraba signos de rojez alguna. El muy vicioso sólo tenía pensamiento para atrapar a una de esas pequeñas mariposas del Mekong en sus zarpas como redes. Ni siquiera se había podido concentrar en la película que proyectaban en el avión, ni, por supuesto, recrearse en la belleza del paisaje a través de la ventanilla, a medida que iban descendiendo. El turista -excelente padre de familia con intachable currículum profesional y personal-, un ávido buscador de carne fresca, sólo pensaba en las mariposas que tenía en el estómago evocando aquellas otras mariposas que encontraría nada más tocar tierra. No tenía que buscar muy lejos: un par de contactos por internet, igual de viciosos y desgraciados que él, ya le habían dado las mejores coordenadas para hallar los sitios idóneos donde extender su red y clavar sus impíos alfileres.

Y allí se encontraba, frente a Li Mei, una bellísima púber, linda mariposa de colores hechos de viento y sol, forzada a vender su cuerpo a aquellos depravados que buscaban dóciles animalillos que no profirieran ninguna queja.

El turista examinó aquellos ojos aterrorizados -nunca, ni en su edad adulta, llegó ella a acostumbrarse- que rasgaban una carita de luna, esas manos que habían acariciado en más ocasiones hombres que muñecas, los pies que, fatigados, ansiaban un jergón donde descansar, aunque fuera sucio e infame. Lo importante era tender las piernas, cerrar los ojos, e intentar soñar con otro mundo. No el de las babas y salivas despiadadas, no el de los dedos desagradables y rudos, no el de los miembros varoniles penetrando en sus valles aún de niña.

Los ojos de Li Mei, si hubieran sido los de una mariposa clavada en el cuadro del coleccionista, quizá no hubieran dicho mucho. Pero Li Mei no era -sólo- una mariposa. Los ojos de Li Mei eran los de una niña. Eran los ojos del terror más absoluto. Eran los ojos de Li Mei.

6 mordiscos a esta cereza:

Guinda de Plata dijo...

Escribo este pequeño relato en homenaje a tantas niñas que se prostituyen en el mundo, y, particularmente, en el Sudeste asiático. El espléndido documental "Mariposas del Mekong" es imprescindible para saber más del tema, y ha sido el que me ha inspirado para escribirlo. Espero que les guste.

Dolores Serrano Cueto (Lola) dijo...

Un buen homenaje, sobre todo para recordar que sigue pasando (y mucho) Triste realidad que algunos ignoran mientrás otros la demandan; algunos quieren ignorarlo mientrás otros negocian. Ojalá un rayo les......mejón no lo menciono.

Un saludo
Pd: !que humedad pa la playa hace hoy! haber si abre el día

Rocío dijo...

¡Qué duro, pero qué bonito está escrito!

Besos.

Anónimo dijo...

Un relato sobrecogedor sobre la lacra del turismo sexual que, por una parte, algunos gobiernos de países asiáticos, sudamericanos y caribeños continuan promoviendo como una fuente de ingreso para sus respectivas economías sin tener en cuenta los derechos más imprescindibles de los niños. Es una desgracia pero mucho nos tememos que, con tanta corrupción en las altas esferas y seres tan aborrecibles y grotescos como el protagonista de tu relato, continuarán existiendo muchas pequeñas como Li Mei.

Javier Castro dijo...

Perdón, el anonimo era yo, Javier Castro que, una vez más, y no sé cuantas van, me he vuelto a equivocar de botón, (I´m sorry, please) Paciencia...por Dios...

Guinda de Plata dijo...

Muchas gracias a todos por vuestros comentarios.

Sí, la verdad es que es un tema sangrante y lo quería tratar con la máxima sensibilidad posible. Espero haberlo conseguido.

Por todas las criaturas, varones y chicas, que pasan este calvario atroz.

Besos de buenas noches,

B.

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